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miércoles, 28 de abril de 2021

LOS ARRIEROS Y EL SOMBRERO CELENDINO

 Por Tito Zegarra Marín.

    Desde los primeros años del siglo pasado hasta mediados del mismo, la actividad artesanal del sombrero de paja bombonaje en Celendín alcanzó un relativo éxito: se incrementó la producción, su producto (el sombrero) fue usado masivamente y la venta se expandió a otras provincias. Pero poco sabemos que la paja para tejer fue traída por algunos ciudadanos desde la lejana provincia de Rioja, pasando por Chachapoyas.

    Esos ciudadanos fueron los arrieros, nombre que hace referencia a las personas que se dedicaban al transporte de mercancías por tracción animal. Ellos, precisamente, tuvieron la responsabilidad de conducir recuas de acémilas abarrotadas de carga, tanto en los viajes de ida como de vuelta a las provincias mencionadas, siguiendo por las huellas del Qhapaq Ñan y sus ramales.

    En los viajes de ida, partiendo de Sucre y Celendín, las acémilas iban cargadas de mercancías, comestibles y herramientas procedentes de Cajamarca y Pacasmayo. La ruta seguida fue: valle El Limón, Balsas en el río Marañón, Wilca y Saullamur cerca a la cima del Calla-Calla, Pomacochas, Leymebamba, Levanto y Chachapoyas.

    Y en los viajes de regreso, partiendo primero de Rioja después de Chachapoyas las acémilas venían cargadas de fardos de paja para tejer sombreros, además de algunos trozos de sal “chacha” para el ganado extraída de las minas de Yambrasbamba, Bongará (Amazonas). El camino y los pueblos por los que pasaron fueron los mismos del viaje de ida, pero a la inversa.

      Estos viajes no tenían un cronograma de salida o regreso definidos, por lo general, entre la ida, quedada y vuelta, se requería de 20 a 30 días y cada viaje de ida o vuelta, demoraba entre 6 a 8 días. Razón por la cual se proveían de alimentos para cocer, ropa y carpas para el abrigo, la infaltable coca y utensilios básicos. Un poco de aguardiente, adquirían en el camino.

    Cada arriero era responsable de conducir no más 4 o 5 acémilas para evitar se entreveren y generen dificultades al desplazarse. Con ese mismo fin, cada grupo salía con no menos de una hora de diferencia, pero necesariamente se encontraban en los puntos de “parada” o pascana. Reposar y alimentar a las acémilas era ineludible.

    En algunos casos, fueron los propios dueños del negocio quienes cumplían la función de arrieros, en otros, eran personas contratadas para tal fin; pero ambos cumplieron con la tarea de facilitar y garantizar el transporte del insumo paja desde los lugares indicados hasta Celendín.

       Los arrieros contratados fueron gente sencilla, de baja condición económica, tratables y fuertes físicamente, no se hicieron de dinero ni bienes económicos. Se estima que alrededor de medio centenar en Sucre y otros más del entorno provincial se dedicaron a ese oficio: trajinar por caminos inciertos hasta hacer llegar los manojos de paja, en buenas condiciones y a tiempo, a manos de las tejedoras.  

    En Celendín, destacaron los arrieros-comerciantes: Salomón Morí Sánchez y Buenaventura Ortiz Zárate (este último dueño de 50 mulas); en Sucre: Escolástico Díaz, y José Leovigildo Rojas, entre otros. 



Publicado en el Nuevo Diario de Cajamarca 27-04-2021

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