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martes, 10 de julio de 2018

La señorita Rebeca




Las viejas cuentan cosas increíbles
Por: Jorge Díaz Herrera

La señorita Rebeca, voz enronquecida y dura, de largos pasos y vestido gris, transcurría sus días entre la puntualidad impecable del horario de oficina y una que otra función cinematográfica. También solía, a veces, ir a misa de domingo. Habitaba un departamento alquilado en el cuarto piso de un edificio que en algún tiempo debió tener tonos encendidos, que los años y la dejadez de los inquilinos, más aún del propietario, había descolorido y descascarado las paredes y carcomido el borde de las gradas. Disponía de tres habitaciones, donde la limpieza y el orden severísimos acrecentaban el silencio y la soledad.

La señorita Rebeca celebraba cada 24 de febrero, y desde la noche anterior, su cumpleaños. Se festejaba a sí misma, en el dormitorio, sentada en la butaca frente al espejo del tocador. La luz anaranjada de la lámpara daba a la habitación la discreta penumbra de las celebraciones íntimas. Ella y su imagen brindaban entre sonrisas sin alegría, hasta ser derrotadas por la borrachera.

-Salud, Rebeca.
-Rebeca, salud.

En la sequedad de su rostro moría cualquier afecto que intentara colarse en su corazón. Le bastaba con no querer a nadie y le importaba un bledo que nadie la quisiese. Más que una mujer, era un clima, una estación imprecisa. Sus compañeros de oficina la percibían como una tarde entoldada, turbia, aplastante. Era también a veces una ola de viento sofocante, un vaho ardiente de desierto, un ramalazo de arenal. El traqueteo incesante de su máquina de escribir estiraba el tiempo. Sin embargo, nadie podía acusarla de una maldad concreta. Solo era eso: una monotonía, un pozo seco. Así como daba la impresión de no abrigar ningunas ganas de querer, igualmente parecía no saber odiar. Simplemente era eso. Y, por ello, quizá resultaba ser esa especie de bostezo que contagia.

-Salud, Rebeca.
-Rebeca, salud.

Se puso de pie tambaleante y encendió la música antigua de un toca cassete. Se deshizo de algunas prendas de vestir y dio varios pasos de baile, con el mismo desdén con el que traqueteaba su máquina de escribir. Trastabilló y, en la ansiedad de lograr algún apoyo del cual asirse, sus manos únicamente hallaron el vacío y abrieron con el golpe numerosas rajaduras en el espejo. La señorita Rebeca, brazos abiertos, cayó de vientre contra el suelo y se levantó con la brusquedad propia de quien teme ser sorprendido en una situación ridícula. Tendida sobre la cama, no pudo evitar, no obstante el gran esfuerzo por evitarlo, que el sueño le cerrara los ojos. El toca cassete siguió cantando hasta extinguirse en el silencio. La señorita Rebeca dormía.

-Feliz cumpleaños- se dijo simulando fugaz alegría y desconcierto al despertar.

El agudo escozor que sintió en una aleta de la nariz la llevó ante el espejo. Aproximó el rostro al vidrio lo más que pudo para observarse bien. Apartó hiriente los cabellos que le cubrían parte de la cara, y sus ojos enrojecidos se abrieron, enormes, espantados. El escozor era una escama de pescado, o al menos algo semejante a una escama. La arrancó con las uñas. Sintió el dolor de una desgarradura. En el lugar de la escama desprendida se abrió una llaga sangrante. La señorita Rebeca la cubrió con el dorso de una mano, y fue a sentarse en el borde de la cama.

El escozor seguía ahí, creciendo, extendiéndose hasta la punta de la nariz. Pensó en la borrachera y esto no puede ser sino cosas de la borrachera. Pero no pudo evitar que sus uñas fueran a rasquetear el escozor. Y ya no fue una sino dos las escamas la escamas que desprendió. Se quedó lívida contemplándolas aterrada. Corrió a meterse bajo el chorro de la ducha. Ni siquiera temperó el agua. Dejó que le cayera, no supo precisar si fría o caliente, sobre el cuerpo. Luego, distorsionadas por las venas del espejo roto, vio su imagen y nuevamente las dos escamas en la aleta de la nariz.

Ese día era su cumpleaños y bien podía tenderse a descansar sin horario alguno y no ir a la oficina, como era costumbre en la fecha de los onomásticos. Pero no. Se le agolparon en las entrañas los religiosos miedos de su infancia y, tras cubrirse las heridas con minúsculas rodajas de gasa aseguradas con esparadrapo, trotó apresurada hacia la máquina de escribir de su centro de trabajo.

-Feliz cumpleaños- la saludaron, sin que nadie se atreviera a preguntarle qué le había sucedido en la nariz.
-Gracias- respondió, y sus dedos empezaron a correr indetenibles sobre las teclas de la máquina.
-Qué raro olor- exclamó el del escritorio vecino.

Pues, por momentos, perturbadoras oleadas de olor a mar detenido invadían la oficina. La señorita Rebeca se estremeció al oír esas palabras. Y por primera vez la vieron llevarse el pañuelo a la frente: el sudor le brotaba como perlas de aceite.

-Hay que abrir las ventanas- vociferó una mujer.
-Al contrario- replicó alguien-. Esa pestilencia viene de afuera.

La señorita Rebeca empezaba a percibir que los puntos de escozor le brotaban también en las rodillas. Tuvo miedo llevarse las uñas hacia ellas. Los escozores se multiplicaban a lo largo del espinazo. El rostro se le endurecía más y más por el esfuerzo de evitar que las manos se le escaparan para aplastar esos malditos aguijones que la iban inundando. Temblaba ante el pánico de hallar nuevas escamas.

-Es insoportable- volvió a quejarse, apretándose la nariz, el del escritorio contiguo.

Las horas se empantanaban. Apenas sonó el timbre de fin de jornada, se abalanzaron atropellándose hacia el reloj tarjetero de la salida.

La señorita Rebeca llegó a su departamento. Frente al espejo se desprendió las vendas de la nariz y se aligeró de ropas. Las escamas se habían multiplicado. Primero soltó un llanto largo, largo. Luego un bramido atroz. Sus manos recorrieron enloquecidas todo el cuerpo en el afán de aplastar los escozores y arrancar las escamas. El olor a mar estancado crecía inundándolo todo. Cogió la escobilla de restregar ropa y se enfrascó en la desesperación de desescamarse, bajo el chorro hirviendo de la ducha. Sus manos carecían de la velocidad con la que renacían las escamas. La señorita Rebeca ya no pudo diferenciar cuál era el agua humeante de la ducha y cuál el agua de sus ojos.

-Es una pesadilla, una pesadilla —se repetía extenuada.

Se dejó arrastrar por los recuerdos. Tal vez en algún rincón de su vida pudiera dar con el motivo de esa maldición, y entonces pudiera despertar: Sí despertar de este infierno.

Pero todo era un vacío sin término, un mundo de ceniza. Quizá aquella fuga de la casa. Pero de eso hacía ya tanto tiempo que únicamente le pareció distinguir, tras una larguísimo y nublada distancia, las pálidas figuras de una pareja de viejos evangelistas que no le reprochaban nada, que no la culpaban de nada: Porque es tu vida, hija, tu voluntad. Ni siquiera se sintió huérfana después de que ellos murieron. El duelo pareció extinguirse incluso antes de que ellos se fueran de este mundo. Los achaques de la vejez de ambos me tenían preparada, se dijo. Vivir les era peo, también para mí. Además, ya hacía tiempo que había dejado la casa y ellos jamás le enrostraron queja alguna. ¿Por qué entonces todo esto?

-Es una pesadilla- repetía y volvía a repetir con el ansia de que sus palabras se hicieran realidad.

Ya con la luz de la madrugada, no supo decirse si había podido dormir siquiera unos minutos durante toda la noche de escozores. Era domingo. Las grietas del espejo le mostraron, al dejar la cama, un espectro escamado que de ninguna manera podía ser ella. Yo no soy esa máscara. Pero era ella. De esa verdad no podía escapar. Únicamente quedaban sus cabellos largos, negros aún, sin contar esas mínimas canas escondidas.

No volvió jamás a la oficina, donde ni siquiera se convirtió en una ausencia.

Los vecinos del edificio, alarmados por el hedor y el encierro tan prolongado de la señorita Rebeca, llamaron a la policía. Tuvieron que derrumbar la puerta. En el departamento no hallaron a nadie. En la tina de baño rebalsando de agua, un pez enorme y solitario giraba colendo de un extremo a otro.


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