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miércoles, 19 de enero de 2022

¡Nos robaron el caldo de gallina y las papas paradas! (anécdota)

Por Palujo

No solo los duendes y los espíritus celestiales han hecho de las suyas en nuestro pueblo y, por ello, fueron tema de velorios y de aquellos que no pueden dormir; hubieron hombres y mujeres de carne y hueso que poblaron anécdotas y cuentos en estas emocionantes y muy entretenidas reuniones.

 Cuentan que, por los 50's, más o menos, los jóvenes de aquel tiempo, que, cuando mayores, fueron nuestros profesores, como nos pasó y pasa, se aburrían de las tardes y noches que les tocó vivir en el pueblo. Su aburrimiento era mucho más aburrido que el nuestro, no había Internet ni "redes sociales", por lo que tuvieron que acudir a lo que todos cometimos y combatimos, de acuerdo a la edad, alguna vez.

 ¿Conocen a doña Escolástica? ¿No? Les cuento: Vivía en la última cuadra del ahora Jr. Clodomiro Chávez, frente a doña Rosa Chávez, la señora que todas las navidades presentaba el baile de pastorcitas por navidad. Era muy conocida por la élite social sucreña. Organizaba fiestas y comelonas a las que concurría lo mejor de lo mejor.

 Era este un fin de sábado de Todos los Santos, día de Poncio Pilatos. Un raro ajetreo se movía en el barrio. Oscar, observaba todo con disimulo. No era necesario que estirara el cuello ni que alzará la cabeza, bastaba que mirara de reojo para comprender lo que pasaba. Era vecino. Las mujeres entraban y salían a la casa que un tiempo cobijó a la empresa de transportes Diaz. En Sucre y, seguramente, en otros lugares, se estilaba que la noche de los sábados de Semana Santa sea una verdadera fiesta, y, doña Escolástica, se preparaba para ello.

 Oscar aguardaba algo para comprobar lo que sospechaba. Efectivamente. Al rato, una de las amigas de doña Escolástica, ingresaba con una más que mediana olla y su respectivo cucharón.

— ¡Les juro, muchachos, hoy nos corresponde gallina! —les dijo a sus amigos. Oscar jugaba en casa con ellos. Esta vez, parecían muy concentrados en el juego de rocambor. Habían llegado Mariano, también estaba Onésimo y, por supuesto, Neptalí.

El plan se puso en marcha.

 Los invitados, el alcalde, el Juez de Paz, el Tnte. Gobernador, el jefe de Línea, etc., llegaban a la casa vecina, uno por uno, luciendo su mejor traje. Los muchachos, que jugaban en la sala (el que hacía de alcalde en el juego repartía las barajas) los veían pasar sin darles mayor importancia; parecían viejos jugadores que no movían ceja alguna de puro concentrados.

Ustedes saben que en nuestro Sucre las casas tienen su patio, alrededor de éste, su comedor; después sus dormitorios y sala principal y, en la parte de atrás, en el corral, la cocina. Además, conocen también, los corrales tienen la particularidad de conectarse entre sí con los de los vecinos. No había divisiones entre casa y casa.

 Los minutos para los jóvenes eran largos e interminables, esperaban; en cambio, para los invitados, eran cortos y no querían que terminen. Estaban de fiesta. Y, como sucede en toda fiesta, llegó la hora esperada. Doña Escolástica dijo: — Chicas, vayan repartiendo los cubiertos.

 Ni cortas ni perezosas las amigas cumplieron con el mandado.

De pronto, desde la cocina, escucharon un grito. Todos miraron al patio por el que apareció doña Escolástica gritando y agitando los brazos:

 — ¡Nos robaron el caldo de gallina y las papas paradas! ¡Nos robaron el caldo de gallina y las papas paradas!

 — ¿Estás segura de haber cocinado pue' Colita? —preguntó uno de los invitados, bromeando con la anfitriona.

 — ¡No! ¡Cómo ya pue' se te ocurre! ¡Nos robaron hasta las ollas!

 Oscar, Onésimo, Mariano y Neptalí continuaban su juego imperturbables. El ajetreo que observaron era otro. Pasaban las mujeres y los hombres sin premura, como si estuvieran esperando una respuesta, una llamada que no llegaba, ni tampoco iba a llegar. Al final, se retiraron a sus casas.

 Al día siguiente, olla y tapa, aparecieron colgadas en las palmeras de la plaza mayor del pueblo, con el siguiente letrero:

 COLITA, TU GALLINA A ESTAU MUY DURA, PA' LA PRÓXIMA: ¡COCINALO BIEN!

 Por Palujo, versión contada por KMRA.

Foto: Plaza Sucre, Pepe Sancho.

sábado, 15 de junio de 2019

¡Ruge!, ¡Ruge Marañón!



Por: José Luis Aliaga Pereira

"Toma mi bravura —nos dijo El Marañón—, toma mi sangre y calma tu miedo"
Y tragamos parte de la ola que a más de cien metros del puente de Balsas, en el primer RÁPIDO, como lo llaman los profesionales que navegan sus aguas a los lugares en los que "La Serpiente de Oro" se embravece y trata al bote como el aire a una insignificante veleta.

El río sabía que se trataba de nosotros que navegábamos sus aguas para conocerlo y amarlo más; para defenderlo de los depredadores y, por ello, nos saludaba eufórico a su manera; a solo minutos del momento en que bajáramos en los botes desde el lugar denominado Chacanto.

Todos, lugareños y extraños, lo respetan; escuchan atentos su invencible rugido y bajan seguros, si es que ya los abraza con sus aguas, porque sienten su cariño de hermano o padre, alimentador de la Mamapacha.

Enormes montañas, cual chirimoyas gigantes, acompañan nuestro viaje. El río no se queja de este encierro, al contrario, se desliza tranquilo en su hábitat, sin resignación, alegre, ondulante, tentador, humilde.

Las risas de los que conducen los botes son francas, abiertas, nos dan seguridad; su conversación nos presenta al río como un verdadero amigo. Al Marañón —afirman—gózalo, respétalo y defiéndelo; y, al mismo tiempo, liberan de su radio grabadora música suave que acaricia cual mirada inteligente de un saltamontes que contempla agradecido la inmensidad.

De pronto un ruido se acerca, o, perdón, al revés, los botes y nosotros nos acercamos a un lugar que con su rugido rompe el silencio que te transporta con infinidad de pensamientos. Wilfredo, el que dirige el bote, nos habla del próximo RÁPIDO y nosotros tocamos el agua helada, mojamos la cara y el pecho para que no nos sorprenda el corazón que, ante el vaivén del bote y el cambio de temperatura, suspira. Mientras el río carcajea al ver nuestras caras de susto con sus mil ojos, pequeñas gotas de agua que nos rodean como las peñas y el sol.

No se preocupen —nos dice, hipnotizado, el conductor del bote, como sí hablara en nombre del río —acamparemos aquí.

El Marañón, en una curva, se explaya cual bienvenida a nuestra primera noche de viento, arena, belleza, admiración, respeto y conversa.

Un olor, a creación, a mundo nuevo, nos invade el alma.

Ya en la orilla, bajamos del bote, las bolsas, herméticamente cerradas, contienen alimentos, carpas y abrigo.

Árboles curiosos y un colorido de piedras parecieran esperar nuestra visita.

Estamos en la "Playa del Cura" —grita Wilfredo.

Sin que nos diéramos cuenta, desde la rama de un árbol, un niño nos observa, sigiloso, con sus ojos negros y la cara sucia. Después, nos enteramos que se trataba de Royer.

A la altura de "La Playa del Cura" o Atuen Chico, el río forma una especie de recodo, los árboles en su orilla nos cubren parcialmente del viento de norte a sur.

Luego de acomodar lo necesario, llamamos a Royer para que nos acompañe mientras alistamos las carpas y la cocina. Se acercó despacio, sin temor, parecía acostumbrado a esta clase de encuentros.

—Me llamo Royer —nos cuenta—. Mi padre se llama Isaías y le dicen Isha y mi mamá se llama Isabel y le dicen Chabela.

Sus ojos negros y grandes nos miran y auscultan directamente y con franqueza; después, se pasean por cada cosa que colocamos sobre la arena.

— ¿Y tu papá? —le pregunta Anselmo, el otro conductor de botes.

—Ahistá —responde señalando su casa detrás de los árboles—. Ya sabe que han llegau. Seguro que aurita viene.

En efecto, como si hubiese escuchado nuestras palabras, apareció don Isaías, con su machete al cinto. Al igual que hicimos con su hijo, todos nos presentamos saludándolo con un apretón de manos.

—Yo pensaba que eran gringos —nos dice sonriendo.
Luego de las presentaciones, Melitón pregunta:
— ¿Cómo está la salud y cómo van las chacras, don Isaías?
—Acá, tenemos de todo. No nos podemos quejar. Agua hay, gracias al Taitito que nos a dau nuestro río. Todo lo tenemos a la mano. De lo único que sufremos es pa' llevar nuestros productos a la ciudá. Eso nos falta. ¡Si bajaran los botes más seguido sería buena ayuda! —Afirma don Isha — ¡Otro gallo nos cantara! Las balsas llegan de vez en cuando. Nues igual. El Marañón con sus aguas limpias, ahista, esa es la solución.
—Eso sería muy bueno —responde Melitón —En estos días ¿cómo está la crecida?
—Nuay. Está bueno. El tiempo y el río saben lo que hacen. Se ponen de acuerdo.
—Cierto, cierto —dice Melitón—. Nosotros somos amigos.

Esa noche degustamos con don Isaías y Royer, después de una sencillísima cena, un tazón con chocolate, pan y palta. Nos contaron que, al día siguiente, llegaría la balsa para llevar algunas cosas, pero nues seguro —dijeron.
—Cuéntenos algo del río, ¿usted sabrá muchos secretos? —inquiere Ula, compañero nuestro, todos paramos las orejas.
—Fijiusté. Le contaré pue' lo que pasó con mi Royer. Cruce y cruce el río paraba, de allá pacá —se pone de pie y habla señalando al lugar que llaman "Playa del Cura"—. Diaorilla a orilla paraba. No quería ir a la escuela. Lo mandábamos y otra vez luencontrábay braciando en el río. Cuántos chicotazos li dau. ¡Y nada! Y en uno desos días le digo, su mamá llanto y llanto: Cholo, cualquier rato te traga el río. Y este —dice señalando a Royer—. Risa y risa nomá. Esa esqués su cualidá.

Don Isaías se calla, parece no querer contarnos de las travesuras de su hijo; pero, después, mirando el río, como con orgullo, continúa su relato:

—Un día —nos habla a medio reír—. Yo estaba, ya pue por irme a ver mis sembríos puarriba por la falda y escucho la voz de mi Chabela: ¡ Ishaaa! ¡Ishaaa! ¡Al Royer lo lleva la correntada! ¡ Ishaaaa! Ishaaaa! Clarito lo escuché. Bajé corriendo puahí —nos dice señalando el lugar donde colocamos una banderola, a la orilla del río—. El río lo jalaba como a cualquier grajo. Braciando, braciando llegué hasta él. En un monte, que siabía atrapau en una piedra, se sujetaba fuerte mi cholo.

Don Isaías se emociona, y se soba con la mano derecha la frente y toda la cara.

—Agarradazo, sujetau estaba. Apenitas lo saqué. Ya no le di su maja. Estaba asustadazo. De ahí, nunca más falta al colegio. Fíjiusté. Parece mentira, siacurau. El Marañón sabe. Tiayuda.
—¿Y sigue cruzándolo o ya no? —le preguntamos en coro.
—De vez en cuando. ¡Fuiiiiuu! Hoy lo respeta. Santo remedio.

Don Isaías se queda mirando el río, medio triste, pensativo, como filosofando. De pronto, avanzando unos pasos nos dice:

—Por eso digo Taitito: gracias por darnos este nuestro río. Ahora, con esto de que los demonios quieren matarlo, recién nos hemos dau cuenta que las muertes en su nombre alimentan más sus rugidos. ¡Ruge! ¡Ruge! ¡Marañón! ¡Ruge por nosotros!

Un viento fuerte pasa silbando, arrastrando arena y sacudiendo las carpas.

—Es él, así es —nos dice—. Te dice quién es el que manda aquí. Te advierte. Tienes que saber ¡interpretarlo.

Al siguiente día no llegó la canoa. Los comuneros que llegaron trayendo sus productos tuvieron que esperar otro día más. Nosotros juntamos las carpas en las bolsas. Las cerramos herméticamente y, partimos río abajo.

Los compas nos despidieron agitando los brazos. El rugido del Marañón llegaba a nuestros oídos, débil primero y después fuerte: El próximo RÁPIDO estaba cerca.

Las palabras, los gritos, de don Isha quedaron grabados en nuestras mentes:
¡Ruge! ¡Ruge! ¡Marañón! ¡Ruge por nosotros!


Revista EL LABRADOR, Sucre mayo 2019.

martes, 5 de junio de 2018

ENTRE REZOS Y PECADOS




Por José Luis Aliaga Pereira.

QUE EL SANTO AGRICULTOR MUCHAS VECES ha bajado de su altar, ya todos lo sabemos. Bastaría con agudizar los oídos en los velorios, para poder comprobarlo; allí se podrán escuchar sucesos increíbles que hasta parecieran, pecaminosos. Hay quienes afirman, como los que juegan naipes en las noches, que nuestro venerado agricultor milagroso y el Toñito de las pencas, arman tremendas jaranas cuando visitan la cueva de la virgen patrona de un vecino distrito, acompañándose además por la dulce virgen del Caramelo, santa patrona de la provincia.

Otros, los más trasnochadores y audaces, aseguran que sonámbulas devotas, luego de adormilar a sus maridos con poderosos somníferos, ingresan en las madrugadas a la iglesia y aunque no saben la hora en que salen, dicen que al aclarar el día, los feligreses, ya en la primera misa de las seis de la mañana, observan sorprendidos que el Santo amanece pálido, ojeroso, con la ropa desaliñada y el pelo todo revuelto.

En la tarde, cuando subrepticiamente preguntan a las sonámbulas; éstas, por supuesto, como les pasa a los borrachos malcriados cuando ya están sobrios, dicen no acordarse nada. Bueno; eso, cuando no había curita en el pueblo; porque desde que el Episcopado envió uno, ya nadie señala al santo del arado y los bueyes.

Pero la historia que más se acerca a la verdad, es la que ha dejado testigos y de la que no cabe ninguna duda; como diría don Tulio Boreira "si quieren pregúntele a mi compadrito Samuel", cuando este viejito, había estirado la pata hace más de veinte años.

Una semana antes, los brujos, dos forasteros que vivían ya muchos años en el pueblo, habían anunciado lo que ocurriría. Como era de esperarse, todos se burlaron de ellos e incluso casi los sacan en burro; en especial a la bruja Tarcila que era la más mala y la que —dicen— se convertía, del cuello para abajo, en pava negra que pesadamente volaba por las noches.

El viejo Crisóstomo, que tenía su casita de paja al comienzo del ascenso al cerro Lanchepata, bordeando la quebrada de la Quintilla, dijo que los vio pasar volando sobre dos escobas de chamiza, de esas con que nuestras abuelas limpiaban sus hornos para hornear el pan. El anciano juró, rejuró y perjuró pero nadie creyó en sus palabras y ese mismo día murió. Su cuerpo fue encontrado negro, carbonizado y sólo sus ojos permanecían blancos e intactos, pero desorbitados, como si los brujos hubiesen querido demostrar su poder para que, en otra oportunidad, no abriesen la boca los que vieran semejantes pájaros voladores.

Ni Tarcila la bruja, ni el brujo Edmundo explicaron por qué Satanás subiría de los infiernos al pueblo. Lo único que dijeron, gritando desde la acequia madre, es que Satán lo tomaría el día menos pensado; luego desaparecieron. La rara muerte del viejo Crisóstomo, antes que se cumpliera la amenaza de los brujos, no fue la única desgracia que tuvo que soportar el pueblo. Un anciano que fue a cortar un eucalipto para tener leña resultó muerto, aplastado por el pesado árbol. Don Alcibíades Sánchez fue sepultado por un "cerro" de arena cuando trabajaba por el Oratorio, cincuenta metros arriba del cementerio, De "Oxford", atravesado sobre la montura de una mula, trajeron a un policía que se había suicidado en un arrebato de desamor. Varios malos hijos dieron muerte a su propio hermano por un miserable plato de lentejas o un pedazo de tierra, herencia de su padre.

Así podríamos enumerar muchas muertes a cual más extrañas; pero, creo, que con éstas bastan para formarnos una idea del ambiente de angustia y desesperación en que se encontraban los habitantes de nuestro pequeño distrito. Todos desconfiaban de todos, y el curita en cada una de las misas de difuntos de cuerpo presente que tuvo que oficiar, había invocado a los asistentes a caminar por el sendero del bien, a cumplir con los mandamientos de la Ley de Dios; porque, dijo, había advertido en la mayoría de los pobladores un desprecio por el prójimo, un desprecio por el sufrimiento de los más humildes, de los que padecen hambre y miseria; burlándose año tras año de ellos, al celebrar las fiestas "religiosas" despilfarrando miles de dólares en castillos y corridas de toros, sin darse cuenta que el verdadero pueblo ya no goza de estos espectáculos estériles, porque en su famélico estómago hace estragos el hambre y por su cerebro revolotea un futuro incierto.

¡Cambiad hermanos míos!, invocaba el párroco, ¡no se dejen tentar por el demonio! Pero el pueblo, como siempre, después de las misas, olvidaba todo, a pesar de las advertencias de los brujos, del clamor del curita y de las continuas y trágicas muertes. El único que no desviaba su camino y andaba con el corazón en la mano y con los sentidos siempre alerta, era el sacerdote; porque estaba seguro que los últimos sucesos no eran simples coincidencias.

No pasaron muchos días hasta que el preocupado hombre de la iglesia, al medio día de un viernes de sol, descubriera al demonio: lo delataron sus huidizos ojos, su cuchichear permanente con las gentes, su actitud corruptora y divisionista de enfrentar, vía chismes y el dinero sucio, un barrio contra otro, una familia contra otra, un hermano contra otro y hasta un amigo contra otro. Se miraron por unos segundos y Satán ya no pudo por más tiempo ocultar su careta de buen vecino. El curita, con rapidez increíble, tomó en sus manos el crucifijo de madera que llevaba colgado en el pecho. Satanás con sus ojos llenos de odio soltó una estentórea carcajada y gritó:

— ¡Ahora que sabes quién soy anda ve y arrodíllate ante tu Dios y dile que acá en éste pueblo el que manda soy yo!, ¡... nada ni nadie podrá oponerse a mis deseos!

Las fuertes carcajadas de Satanás se retumbaron con eco por todo el pueblo. Una especie de energía eléctrica sacudió las columnas vertebrales de los poblanos, poniéndoles la piel como el pellejo de gallina y, cuando llegaron todos corriendo a la plaza mayor, quedáronse boquiabiertos. Satán... era el alcaide del pueblo y llevaba puesto un impecable terno azul noche y su cabeza, que antes era la cabeza de un hombre de bondadosa apariencia, se transformó en una masa de color rojo con ojos, nariz y boca deformes que se movía en círculos y que miraba a los cuatro costados, sin dejar de reír a carcajadas, sacando de rato en rato una finísima lengua rodeada por largas llamaradas de fuego y humo negro y pestilente que brotaba por lo que antes fue su nariz.

Por un momento reinó un silencio desesperante, para dar paso a ensordecedores conjuros, maldiciones y condenas de Satán; mientras con sus garras, que en fracciones de segundos brotaron de sus dedos, arrancaba su saco convirtiéndolo en una capa roja para después agitarla con dirección al párroco que se encontraba en la vereda, sobre las gradas de la puerta principal de la iglesia. Luego se produjo un remolino que elevaba y bajaba al curita, haciéndolo rebotar cual pelota de jebe contra el suelo. Las maldiciones y los conjuros también hicieron su efecto paralizando a todas las personas que asustados miraban de las esquinas de la plaza. Hombres, mujeres y niños quedaron convertidos en estatuas en posiciones diversas y, aunque veían y escuchaban todo lo que sucedía, no podían mover un solo dedo para auxiliar al buen pastor de su pueblo. No obstante, el curita, orando, muy concentrado, logró detenerse y levantar la cabeza sin soltar, ni por un segundo, el crucifijo de la mano.

  ¡Atrás rey de los infiernos, Dios todopoderoso te lo ordena! —exclamó con la cara temerosa y compungida.

Satán, con más fuerza que la primera vez, movió la capa roja y la luz del día se tornó en lo más oscuro de la noche, siendo el demonio el único que brillaba como fierro caldeado, el único que saltaba entre risas y carcajadas de banca en banca.

  ¡Yo te puedo hacer el hombre más rico y poderoso del universo —gritó de repente—, pero si te arrodillas, si me respetas y entregas tu alma!

— ¡Calla maldito y lárgate de mi pueblo santo! —respondió el cura haciendo un esfuerzo extraordinario. Otra vez la manta roja se puso en movimiento y el ventarrón volvió más fuerte, llevando como una insignificante hojita seca al párroco, golpeándolo una y otra vez contra el portón de la iglesia, hasta que soltó el crucifijo y cayó sangrante sobre el frío cemento.

Satán saltó, mejor dicho voló, desde la pileta de la plaza hasta donde se hallaba el cura y se dispuso a cortarle el cuello con sus filudas garras de hocino. El párroco lo miraba indefenso, resignado a morir sin poder salvar a su pueblo, sin poder salvarse ni siquiera el mismo. Cuando, de pronto, el portón de la iglesia se abrió de par en par y del fondo de la casa santa, una luz blanca y poderosísima iluminó el ambiente y en medio de ella apareció el Santo agricultor con los brazos levantados y mirando al cielo, sin dar mayor importancia al demonio.

Satán temblando salió disparado, como si hubiese recibido una fortísima patada en el trasero. Se escuchó después un alarido estremecedor que se perdió por entre los cerros, repitiéndose una y otra vez como un eco interminable. Los habitantes y el curita quedaron atontados y el Santo, luego de mirarlos con ternura y cariño, ¡zaaasss!, como por ensalmo, les hizo olvidar todo, todo para que no sufrieran con ese recuerdo. Es por eso que la gente hoy camina despreocupada, como antes, entre rezos y pecados, entre pecados y rezos.

¡¡¡ Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, j aja, ja, ja, ja ja…!!!   

GLOSARIO:
         Coquear.- Masticar coca.
         Curita.- Párroco.

Revista El Labrador, mayo 2017.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Grama arisca: A LA ORILLA DE LOS CAMINOS

Por Jorge Horna.
Entregado a los beneficios de la lectura y con ánimo hurgonero, cada vez que nos encontramos para conversar buscando los lugares menos bulliciosos del centro de Lima, José Luis Aliaga Pereira, constante –con una lumbre de alegría en su mirada- me alcanza libros de segunda mano que suele hallar en esos rincones casi ocultos donde se ejerce aquel marginal negocio que abona a la ampliación de la cultura.

Uno de sus recientes hallazgos ha sido Vallejo en la encrucijada del drama peruano, libro del erudito puneño Ernesto More, impreso en 1988. En su revista electrónica Chungo y batán con tenacidad ha publicado diligente varios capítulos del testimonial libro que alude a la estancia en París del autor de España aparta de mí este cáliz.

Desde hace tiempo José Luis hace campo para escribir en sus entrelecturas. En mayo de este año, como pan artesanal recién horneado, puso en nuestras mesas el libro Grama arisca.

Si el título anuncia una innovación, un modo de sentir y asumir la escritura, los textos narrativos que lo conforman, sin ser exóticos o forzados, recogen la fibra vital del ser humano en su cotidiano y duro trajín.
Historias escritas con un estilo irónico y no en pocos casos con sarcasmo, descubren los puntos interiores del alma para mostrarnos lo superfluo y la insustancialidad del proceder personal y social en contraparte a la nobleza y espontaneidad de la gente sencilla que sobrevive su existencia.

El autor de Grama arisca nos convoca al reto de forjar una real conciencia colectiva en el trayecto de reivindicar a los anónimos, a los marginados y desamparados que abundan en nuestro suelo nacional. Así, universaliza el devenir de un pueblo enclavado en los Andes, su aldea, Sucre.

Hay en los cuentos (“El condenau”, “El preso”, “Grama arisca”) la muestra de un estrato social amplio que con sutilidad y actos mínimos y naturales desnuda la fragilidad moral de quienes desde posiciones de privilegio y ventaja mancillan a los más débiles y hacen del abuso y prepotencia su modo de vida.

Han pasado seis meses desde la publicación del libro y en ese lapso hemos visto las muestras valorativas que varios escritores han otorgado a Grama arisca.

JLA se ha propuesto arar una y otra vez el surco literario que ha elegido, hasta alcanzar mejorados frutos, pues la semilla que ha echado está brotando robusta.


Noviembre del 2013

viernes, 25 de octubre de 2013

Remembranza: EL BESO DE LOS OJOS NEGROS

Por Palujo.

Cuando, por coincidencias de la vida, se encuentran; ella lo esquiva. En cualquier reunión cuida de ubicarse a cuatro metros de distancia, y, desde allí, lo mira. Él sonríe, como siempre, encerrando los dientes entre sus cachetes gordos.

El día en que, por la misma calle, estuvieron frente a frente, ella, con el corazón de pajarita atrapada, le dio la espalda y desapareció al doblar la esquina. Él sonrió. Habían pasado más de treinta años. El primer beso que recibieron sus labios llegó en los de ella. Cómo le temblaba el cuerpo, de pies a cabeza, mientras sus ojos negros lo miraban con ternura...


lunes, 13 de mayo de 2013

GRAMA ARISCA Cuentos, relatos y anécdotas


Con la materia prima inagotable que es la sabiduría del pueblo, esa que los expoliadores de los recursos naturales no pueden hurtar, y con el combustible del amor a su raíz, a su terruño, José Luis Aliaga Pereira ha construido, en Grama Arisca, una crónica de los tiempos vividos, por donde desfilan personajes entrañable – como "Nevadita"  - y detestables – como aquellos que han empeñado su conciencia y sus actos a tenebrosos despropósitos.

Agricultores, bodegueros, maestros, policías, curas, boticarios, borrachitos, bibliotecarios, comerciantes, lecheros, porteros de colegio protagonizan situaciones no por jocosas menos aleccionadoras, en las cuales no se excluyen momentos de extraordinaria intensidad dramática como el primer amor de colegio o la decisión de una madre de terminar con su vida en homenaje al hijo que se fue, con el telón de fondo de una circunstancia histórica de aberrante injusticia y opresión contra las mayorías.

Las irreverentes narraciones de este primer y auspicioso libro de Aliaga, plenas de un humor e ironía que se traen abajo la hipocresía y el doble discurso de los agentes del poder, constituyen así un auténtico canto al ingenio popular y al mismo tiempo una celebración de la dignidad y rebeldía de los pobres.

Jorge Luis Roncal.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Cuento: LA VARA DE PEPE LUCHO


 Autor de cuento corto, en sus relatos narra con acierto y profundidad temas relacionados con la realidad de su tierra patria, con cierta habilidad también nos pinta los hechos y sucesos de su entorno. Entre sus cuentos se destacan Taita Ishico- publicado en forma de libro. La Municipalidad de Luya le concedió un diploma de reconocimiento y participación en ese concurso literario. El General Sin Laberinto, el examen entre otros forman parte de su obra cuentística que firma con el seudónimo de Palujo.

Escribe: José Luis Aliaga Pereyra

Contábamos que Pepe Lucho una vez en Lima y en el ambiente de los sin chamba, se vio en la necesidad de buscarla; dizque, para llenar el buche, pagar el alquiler del cuarto y vez en cuando deleitarse con una película de pishtacas. Como había cumplido con su servicio militar en el Ejército, le fue fácil encontrar trabajo de guachimán. Cuidándose, ¡eso sí!, de que lo ubiquen en la zona más pituca de Lima, donde, pensaba él, no lo sorprendería paisano alguno. La compañía de Seguridad, al parecer por ser nuevo, no le afectó el uniforme de reglamento y lo hizo trabajar en un Centro Comercial del distrito de La Molina entregándole tan solo una vara negra de cincuenta centímetros de largo.

Pepe Lucho caminaba golpeando la palma de su mano izquierda con la vara que sostenía en la mano derecha. Su cara era la cara más seria de toda su vida y la que tenía que permanecer exhibiéndola todos los días de una esquina a la otra. Una tarde, como por arte de magia, se aparecieron tres de sus paisanos. Pepe Lucho, como no pudo hacer nada para esconderse, tuvo que forzar una sonrisa de oreja a oreja y actuar como un vecino más, del encopetado distrito.

-¿Qué pué haces por aquí Pepe Lucho? – le preguntaron los paisanos.
-Aquí pué–respondió Pepe Lucho
– Esperándolo al Vigilante pa entrégale su vara.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Relatos: EL PLATO LA CUCHARA Y EL BESO

Por: José Luis Aliaga Pereyra.
El año 1970 fue testigo del amor que nació en mi corazón. Ella no lo supo, yo no la pude olvidar. Nos encontramos, la primera vez, en el salón de clase, ella concentrada en sus tareas, yo mirándola hecho un bobo primero, y enamorado después. Sucedió un agosto o septiembre, no recuerdo exactamente; cursábamos el quinto de educación primaria en el Andrés Mejía Zegarra. El Gobierno había ordenado que los colegios y las escuelas fueran mixtos, y una mañana llegaron cual golondrinas en verano. Entre ellas estaba Doriza, de angelical rostro que sonreía bajo su crespa y negra cabellera cuya cola descansaba sobre su espalda en forma de trenzas.

La seguí discretamente, en todos los recreos, durante el año. Gustaba, como el resto de niñas, de jugar vóley. Vestía un conjunto o enterizo de terciopelo guinda con bordes de color blanco.

Mi amigo Wilder Cruzado me salvó de la "garrotera" en que había caído: al verme parado e inmóvil, observándola, me empujó, y salí corriendo del aula sin volver la vista atrás. Le conté lo que sentía. Es buena hembra, me dijo. Reímos. Desde esa fecha su presencia invadió mis noches y mis sueños.

La continué mirando de lejos en el primer año de secundaria; pero la tuve más cerca en el segundo, como compañera de aula. Mis largas y platónicas miradas hicieron efecto: un día en que falté al colegio, repartieron "libretas de notas" del año anterior, ella recibió la mía y me la entregó luego de arrancar la foto.

Las miradas se hicieron más intensas y lo mejor de todo, ¡eran correspondidas!

Después del paseo que la sección tuvo al lugar denominado Balsas, donde nuestros ojos se buscaron más que nunca, un domingo por la tarde, aguardé para verla, en la esquina, a cincuenta metros de su casa. Apareció por la puerta grande. La llamé. Con una seña me dijo espera. Al poco rato salió apurando el paso. ¿Adónde vas?, le pregunté. Voy a pedirle un plato y una cuchara a la Ada, me respondió. La acompañé sin decir una palabra. Ada, compañera nuestra, vivía a una cuadra cuesta abajo. Al llegar, la conversación que tuvo con ella fue rápida. La esperé a dos metros, con el corazón en suspenso. De regreso, antes que doble la esquina para dirigirse a su casa, la tomé de la mano y, casi temblando, le dije:

- Doriza, te quiero decir una cosa.
- ¿Qué? –me preguntó, mientras acercaba mi cuerpo al de ella.
- Quiero estar contigo –le dije.

Doriza exhaló un hondo suspiro y abatió la cabeza sobre mi hombro. Turbado, cerrando los ojos, la besé. Reinaba el silencio; lejos, por el campo, se oía un rítmico golpeteo parecido al de un hacha.

Al abrir los ojos la sorprendí mirándome y le pregunté:

- ¿Aceptas estar conmigo?
- Eres un tonto –me dijo y se fue sonriendo. No llevaba plato ni cuchara, sólo un beso.

martes, 3 de julio de 2012

Cuento: ¡QUÉ BONITOS SON LOS CASTILLOS!


Por Palujo.

Para el niño, la fiesta comenzaba con el estallido del primer cohete.

¡Uiishshsh... pum! —sonaba, y el chico salía corriendo a la esquina de la calle y mirando emocionado el azul del cielo y la torre de la iglesia, preguntaba a sus amigos:

— ¿Escucharon el "cuete"?.

— ¡Sííí...! —respondían todos.

Cruzando la calle Dardanelos, a cincuenta metros de la esquina, en la casona de la señora Nieves, tirados por sus alares y en aparente desorden, se hallaban los carrizos, los papeles, la pólvora y demás cachivaches, que los pirotécnicos manejaban seguros y en absoluto silencio.

El niño y su madre vivían en la casa del padre. Era una casucha pobre y el padre andaba lejos pero la madre no le decía donde. El chico lo recordaba, era un hombre corpulento, fuerte, de pelo crespo y de manos gruesas y tibias. Pero todos estos recuerdos se olvidaban rápidamente cuando se hallaba entre cohetes, bombardas y wiscapiques.

Ese era su tema de conversación y ya no extrañaba el pan en los desayunos, ni se quejaba del hambre en los almuerzos.

--Son más de cinco mamá —gritaba el chiquillo—, dicen que son de Arequipa, tienen las manos negras y fuman sus cigarros sin miedo, al "costau" de la pólvora.

Un día, el niño, apareció con un cohete quemado y ya era un pirotécnico de primera que había llegado de Lima, de Arequipa y hasta del Japón.

—Estas llegando muy tarde —le reprochaba la madre.

El niño hacía de oídos sordos y llenaba la casa de castillos de once cuerpos, de guerras con Chile, de palomas que llegaban hasta la Luna y ¡uishshsh... pum!, ¡uishshsh...pum! y ¡uishshsh...pum!

— ¡Uiishsh...! —gritaba; y si no había ¡pum!, ¡era un cohete de luces de colores!

— ¡Shag, shag, shag...! y más rápido; ¡Shag, shag, shag, shag! Las ruedas daban vueltas en sus brazos y sus luces blancas iluminaban sus noches haciéndolo vivir la fiesta anticipada.

Como ya sabía leer, en voz alta, deletreaba el programa de la fiesta, que los señores mayordomos repartieron por el pueblo:"... trece de mayo, cuatro de la tarde: desfile de 10 vistosos juegos artificiales por las principales calles de la ciudad, acompañados por los acordes de la banda de músicos "La Mermelada...".

El ansiado día pronto llegó, y el niño esperaba desde muy temprano en el portón de la casa donde trabajaban los pirotécnicos.

El ajetreo era más que notorio. Los mayordomos daban órdenes y movían cabeza y cuello, de un lado a otro, por la incomodidad que les causaba el nudo de sus corbatas. Los pirotécnicos sacaban los carrizos a la calle en forma de rectángulos, de cuadrados, y diversas figuras geométricas.
La madre del niño también había salido a la calle, llamada por la curiosidad, ante el alboroto y la música característicos en estos eventos.

Los hijos de los mayordomos iniciaban el desfile sosteniendo las piezas más pequeñas de los "castillos". Sus padres iban detrás, con las piezas más grandes. La banda de músicos tocó una hermosa marinera y la comitiva avanzó lentamente.

Más tarde, el niño, al ver a su madre cerca, abrazándola, le habló como si estaría recitando un poema:

— ¡Qué bonitos son los "castillos" mamá! Cuando sea grande, ¡yo también seré mayordomo!

La madre pensó en el esposo; en el padre del niño: en el pueblo ya no se podía vivir; hace tiempo que partió en busca de trabajo, ¿y esta fiesta?, ¿y esta fiesta? —se preguntó.

Ya en la Plaza de Armas, las autoridades y los señores mayordomos, zapateaban la "fuga" de un huayno alrededor del "castillo" más grande; el de once "cuerpos", valorizado en 10 mil dólares.
El niño, con sus pies descalzos, corría alegremente.

En las mesas de las chinganas las cervezas se veían formadas como soldados de un pequeño ejército; y los cuyes*, en los cordeles, lucían sonrientes, calatos y con el guashatullo** roto.

Glosario:
*Cuy: Animal doméstico comestible, un poco más grande que un ratón.
**Guashatullo: Columna vertebral.

sábado, 23 de junio de 2012

Opinión: LEÓN TOSTOI, VIVE


Por: José Luis Aliaga Pereyra.
Leer a León Tolstoi es asomarse por una ventana a mirar la realidad. Es mirar un mundo de cuadros maravillosos como la misma creación de Dios. La transparencia, la claridad, el color y la vida, los misterios de la fuerza, el ardor fecundo, la imaginación y todos los elementos que este escritor imprime en sus obras, nos llevan a preguntarnos: ¿cómo un hombre pudo haber hecho algo tan perfecto? Perfecto al descubrir los sentimientos más profundos de las personas, el placer que siente un perro de caza al percibir el olor de la presa, la descripción exacta de los paisajes y de toda la naturaleza. Hombres, plantas y animales, generales y campesinos, todos descritos en sus más recónditos, profundos y diversos caracteres de manera exacta y sorprendente.

Si, leer al Conde Tolstoi es asomarse por una ventana y ver la realidad con tanta exactitud y claridad que todo parece muy fácil de lograr. Parece algo hecho sólo a fuerza de imitar y observar; pero eso no es verdad. Detrás de la sencillez y genialidad con la que escribe este gran hombre existe un trabajo arduo, meticuloso, infatigable y genial como el de aquellos pintores que primero buscan un fondo apropiado para sus cuadros, reparten las superficies de color, esbozan con cuidado los contornos y líneas y solo después se deciden a colocar los fondos distintos uno junto al otro, dando así el toque definitivo a sus fábulas, relatos, cuentos y novelas. Su obra, "La Guerra y la Paz ", fue copiada siete veces, pero antes los apuntes y croquis que sacó para ella, se contaron por montones. Para lograr esta obra Tolstoi se entrevistó con sobrevivientes, devoró bibliotecas, archivos de familias, cartas particulares y todo lo necesario para poder encontrar el mínimo detalle, ese granito de realidad que al final formaron la masa homogénea, redonda y perfecta de su obra.

Después de preocuparse por la realidad y por la verdad, Tolstoi se preocupa por la claridad de su narrativa: pule, cepilla, martillea, engrasa y forja cada palabra, cada frase de su prosa. Las revisa una y mil veces y no autoriza que la impriman cuando encuentra una palabra, una sílaba, una frase dudosa. Tolstoi, era siempre así, un artista nunca satisfecho siempre preocupado de todo y quizás, es por ello que en sus creaciones el esfuerzo de este oceánico hombre queda completamente invisible para nuestros ojos. Al Conde Tolstoi jamás se le pudo y puede llamar poeta, porque este nombre suena algo irreal, algo fantástico, lejano a lo humano, y es que León Nicolaievitch Tolstoi, no es un ser superior sino alguien como nosotros real. En sus escritos nunca pasó de algo que nuestros sentidos pudieran percibir pero, aun así llegó a la perfección.

En cuanto a la integridad, este homérico escritor fue 100% integro y jamás encontró diferencia alguna entre el más rico de los hombres, sus siervos, su perro y la naturaleza que los rodeaba. Para él todos eran de igual importancia. León Tolstoi no es como el músico que crea de la nada, a sus personajes, tan sencillos y comunes, los conduce por lo increíble, no al adornarlos sino al profundizarlos haciéndonos descubrir algo nuevo y profundo dentro de este mundo real Tolstoi jamás ha escrito un poema o poesía, pero supera en perfección a cualquier poeta porque para él la verdad y belleza son la misma cosa.

"Para Tolstoi cuerpo y alma no vuelan, sólo se transforman cual mariposa que sufre la metamorfosis de lucha constante por purificarse y perfeccionarse sin desprenderse jamás de la realidad a la fantasía". (Sic)

El Conde Tolstoi no se embriaga con la ilusión, nunca soñó ni se engañó sobre la realidad, su obra es como la ciencia que nos pone pensativos pero nunca alegres. Los ojos de Tolstoi miran la vida tal coma es: sombra, rodeada de muerte trágica. Y es de esta manera, con este convencimiento como agrega a su obra, al final de su vida, un deseo nuevo "edificar el reino de los cielos sobre este mundo". Desde este momento Tolstoi, ya no sólo describe la realidad sino que también intenta reformarla. En sus obras, con ejemplos, muestra dónde está lo injusto y dónde el bien. En "Ana Karenina" se puede observar esta práctica donde lo moral e inmoral se distinguen y donde toma partido a favor o en contra de sus personajes, por supuesto apuntando a la moral. Tolstoi llama libros "buenos" a los que inducen al bien, a aquellos que ayudan a ser al hombre un ser más paciente, más humano. Para Tolstoi, Shakespiere le parece artista "pernicioso”. Tolstoi lucha por el cambio en la sociedad, se convierte en un reformador, aparte de haber sido siempre un gran hombre moral.

En su diario, el 23 de marzo de 1894, escribe: "No es la perfección moral lo más importante para el que la alcanza, sino el proceso de su perfeccionamiento Máximo Gorki lo llamó "HOMBRE HUMANO". El Conde Tolstoi, fue enterrado sin ninguna ceremonia religiosa, en una pequeña loma cercana a Yásnaia Polonia, el 22 de noviembre de 1910, pero aunque ya no existan los zares ni los mujiks, leer o releer a León Tolstoi, es ver la realidad actual desde una ventana. Sus Obras: Infancia 1852, Adolescencia 1854, Juventud 1856, Sebastopol 1855-1856, Los cosacos 1863, Guerra y Paz 1863-1869, Ana Karenina, 873­1877, Confesión 1882, Historias para el pueblo 1885, La muerte de Iván Ilich 1886, La sonata a Kreutzer, 1889, El Poder y las Tinieblas, 1888, Amo y Criado, 1894.

De la revista Eco Sucrense, N° 2., octubre 2006.

domingo, 18 de marzo de 2012

Cuento: NO SOLO EN LIMA SE CUECEN... COLAS


 Escribe: José Luis Aliaga Pereyra
Que no se crea que en nuestro Sucre no hubo colas, ni tiempos difíciles. Una cosa son su profunda quebrada y verde campiña, en fin, su hermoso paisaje, y otra es la pobreza que sienta raíces y no se quiera desprender, por más esfuerzos que sus pobladores hagan. Hubo días, semanas, meses y hasta años que parecían castigos reales de Dios. Si no eran los gobiernos de turno con sus idas y venidas, con su hiperinflación, su sometimiento total al FMI, su shock, su neoliberalismo con «rostro humano» y no sé qué diablos más; eran las heladas, las sequías o las lluvias, los culpables de la escasez de productos de panllevar. Las mesas de los hogares sucrenses aguardan vacías su suerte y no intervenían ni santos, ni brujos, ni cucufatas, porque simplemente no las podían llenar. Hasta la chancaca faltaba para endulzar el chocolate y servirlo del cántaro bien batido y espumante.

Los Acaparadores hacían su agosto y el Concejo tuvo que ser el único en distribuir los principales productos como la leche, el azúcar, el arroz, etc. Se hacían colas muy largas y ha­bía que madrugar para ganarlas. «Hoy día llegó el arroz, mañana llegará el azúcar y el sábado es la cola para la leche». La gente se pasaba la voz de boca en boca, y eran días de nunca acabar.

Un día sábado sucedió lo que les quiero contar. Salí de mi casa a las cinco de la mañana y, aunque era muy temprano, me tuve que conformar con un lugar a casi cien metros del local municipal. La cola se pintaba de muchos colores. El primero era don Ciriaco; luego seguía doña Cleotilde y después el hijo de don Artemio, que conversaba con doña Inés.

Sesentitrés personas exactamente conté, y la preocupación por estar adelante hacíase notar en los presentes, ya que muchas veces se era tan piña, que cuando te tocaba el turno, ya no había gota de leche que darte, y con las mismas volvías a tu casa, para con los tuyos, mirarte las caras solamente.

Minutos van, minutos vienen, la hora del reparto se acercaba y, de repente, un comentario alborotó el ambiente: ¡Había, entre los que hacían cola una regular piedra y una jarrita de llamativos colores! ¡No puede ser!, gritaba la gente. ¿Yo me mato acá parado y va a llegar un sinvergüenza, que muy bien ha dormido, para ingresar primero? Renegaban, principalmente los últimos de la cola.

La coqueta jarra y la muda piedra, cumplían celosa, imperturbablemente, la labor que sus dueños o sus amos, podríamos decir, les habían encomendado.

Cuando el encargado del Concejo abrió la puerta, el griterío de protesta se hizo mayor.

Un poco apresurado y tarde, llegaba un guardia al lugar.

-           ¡Señor policía, no puede ser, mire Ud., hay una jarra y una piedra haciendo cola, mientras sus dueños, plácidamente duermen! ¡Es una burla! -se quejó el más atrevido.
-           Tiene Ud. razón -dijo- esto es injusto y si esos señores se presentan, tendrán que hacer su cola en el último lugar.
-           ¡Claro, claro! -afirmaron todos.
La cola avanzaba, los primeros salían satisfechos, luego de recibir su ración de leche de vaca recién ordeñada, sin una gota de agua, espumante y fresquecita.

Nadie se dio cuenta, pero un murmullo, como el que se escucha en los mercados, recorrió la primera cuadra de la calle Próspero.

El familiar de un engalonado de alto grado, aparecía por la derecha del municipio, y por al frente llegaba doña Conchu.

Los madrugadores, inexplicablemente, enmudecieron, y una voz dijo muy bajo:

-           La piedra es de ella y la jarra de doña Conchu.

El guardia, sonriente, se acercó a tan elegante dama y después de saludarla, casi militarmente, le dijo, señalando a la desvergonzada piedra:

-           ¡Señora, buenos días, su lugar está muy bien cuidado, pase Ud. por favor!
-           Muchas gracias, no faltaba más -contestó la señora, mirando de reojo la piedra y pasando a recibir su ración, junto con doña Conchu, que cogió su jarra con gestos despectivos, movió la cabeza a un lado, cerró los ojos y caminó altiva, meneando las caderas y alzando la quijada por encima de los hombros.

El populorum no dijo esta boca es mía, sólo se limitó, tímidamente, con un ¡Jjjmm!, a burlarse del uniformado, que se retiró silbando, perdiéndose por la bajada del pueblo, balanceando alegremente su vara, como si no hubiera pasado nada.

Mientras el sol, alumbraba ya la totalidad del pueblo, y el alcalde, desde el balcón del Concejo, sonreía, observando un gallo chusco que picoteaba el jardín de la Plaza de Armas, buscando un suculento gusano.

De la revista El Labrador, 1997.

viernes, 2 de marzo de 2012

Cuento: DON AGAPITO


 Por: José Luis Aliaga Pereyra
Don Agapito no era ateo ni pendejo como decía el cura del pueblo. Lo que sucedía es que gustaba de decir la verdad: al blanco le decía blanco y al negro, negro. Si bien en su vocabulario abundaban los "ajos" y las "cebollas", se llevaba con todo el mundo; y el pueblo, disculpando sus lisuras, le había agarrado cariño.

Cuando pasaba por las calles, con su burrito trotón, vendiendo leña, no escatimaba tiempo ni esfuerzo para ofrecer su ayuda a los demás. Raudo aparecía cargando un quipe (*) de ollucos de aquella vecina a la que sorprendió sudando y puja puja con el bulto en la espalda.

Casi cargándolas, alzándolas por detrás y de los codos, hacía cruzar las acequias a las viejitas, que, en esos momentos, se asustaban al sentirse volar.

¿Cuánto ya pue le debo don Agapito?, era la pregunta de las patronas. ¡Un plato de sopa y a la mierda!, su respuesta puntual.

Aunque no tenía vergüenza, sentía cierto fastidio las veces que se topaba con el párroco del pueblo. ¡Ahí viene Satán! Le gritaba a su borrico, al que había puesto de nombre Saturnino; o, ¡Satanás a la vista!, le decía en voz alta, como para que escuchen los del pueblo.

—        Agapito —hablaba el cura—, nunca te he visto rezar un Padre Nuestro, ni visitar la casa de Dios.
—        Padre —respondía don Agapito—, yo no peco ni con el pensamiento. Al párroco le incomodaba las respuestas de don Agapito y se retiraba alborotado, haciéndose la señal de la cruz.

Pero, en cada encuentro, el diálogo se repetía y al pueblo le hacía gracia. Una tarde, después de las fiestas de mayo, cuando don Agapito pasaba por el frente de la iglesia, el párroco le preguntó:

—         Agapito, ¿qué tal pasaste la fiesta del patrón?

Don Agapito le respondió de inmediato, como si hubiera estado esperando la pregunta: — Igual, como todos los días.

—        ¿Has participado de las novenas, de la misa central y de la procesión?
—Volvió a preguntar el párroco.
—        ¡No! —exclamó rotundo don Agapito—. No tengo necidá; eso de reventar cuetes y otras vainas sólo hacen los pecadores y el santo lo sabe.

Por la rapidez y las repetidas veces que hizo la señal de la cruz, al párroco pareció, por un instante, desaparecérsele su brazo derecho. Después, controlando su cólera, le dijo en tono severo:

—        ¡No seas soberbio Agapito, siempre hay algo que decirle a Dios! ¿Por qué no te confiesas?
—        Yo hablo con él a cada momento —dijo don Agapito—. Aurita mismo me está escuchando más que a usté.

Los vecinos no pudieron aguantar la risa. Sus barrigas parecían bailar la fuga de un huayno, y el curita, más enojado que nunca, se dirigió al convento, según él, a rezar avemarías y padrenuestros.

A la semana siguiente, como el pueblo era pequeño, el encuentro del curita con don Agapito, se dio en el mercado municipal, justo cuando éste se inclinaba para poder cargar un saco de papas de una vecina:

—        Agapito
—le dijo el cura—. Eres e, único en el pueblo que no asiste a misa, ¿no te da vergüenza? —le preguntó.

Don Agapito, molesto, dejó de cargar el sacó y respondió al párroco con inusitada, pero comprensible, molestia:

—        ¡Carajo! ¡Ya lo dije! Yo no me meto con nadie y el Taita lo sabe. ¿Por qué insiste tanto?

Esta vez los parroquianos ya no rieron y el curita se retiró pensativo, preocupado.

Don Agapito habló en voz alta, cuando el curita ya se alejaba:

—Carajo, que se ha creído este cojudo; bien sabido es que el pecador es él. Él es quien anda con las "chinitas" más bonitas del pueblo y no hace nada por los pobres. Yo ayudo a la gente y vivo en paz aunque pan duro coma.

Era la primera vez que, en el pueblo, escuchaban hablar de esa manera a don Agapito. Muchos estuvieron de acuerdo con sus afirmaciones porque, aseguraban, decía la verdad: al párroco más le preocupaban las fiestas, los regalos y las mujeres.

A los pocos días don Agapito sufrió un accidente: se cayó del borrico en que montaba y como dicen "caerse del burro hace más daño que caerse del caballo más alto".

Don Agapito no podía caminar, ni siquiera podía mover la cabeza. Permanecía tirado en la cama; inmóvil.

El enfermero que lo auscultó dijo que se había fracturado la columna y que su caso era irremediable.

Todo esto llegó a los oídos del cura quien, queriendo aprovechar el momento, crucifijo y agua bendita en mano, se dirigió a la casa de don Agapito.

Los curiosos lo siguieron para no perderse una.

El curita tocó la puerta y, ¡oh sorpresa!, ágil y sonriente, abrió don Agapito.

Todos se quedaron perplejos y el cura, que no salía de su asombro, preguntó: 

— ¿Qué ha pasado Agapito?

— No ha pasau nada; simplemente, el de arriba —dijo mirando al cielo—, hace ratito ha bajau y me ha dicho: — ¡Oy carajo, levántate que ahí viene Satán! Y aquí estoy levantau sano y bueno —respondió don Agapito haciendo la señal de la cruz, adelantándole al cura, como si se encontraría frente a un verdadero demonio.

Desde esa fecha, cuentan en el pueblo, que el cura sólo usa sotana para hacer las misas, tiene mujer y querida, y en las fiestas patronales bebe licor en presencia de todos, como un parroquiano más. En otras palabras, como dijera don Agapito: "el curita se ha sincerau".

De la revista El Labrador, mayo 2012.
 

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