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martes, 17 de septiembre de 2013

ARGUEDAS Y ALFREDO PITA, AMIGOS

Por Jorge Horna.

En el libro testimonial Días de sol y silencio. Arguedas: el tiempo final, Alfredo Pita (Celendín, 1948), reconocido escritor también de relatos y novelas, da cuenta de su amistad con la familia Arguedas-Arredondo (José María y Sybila) en los tiempos culminantes de la vida de aquél. Circunstancia extraordinaria que le deparó compartir con ellos “ese amor, por la vida y por el Perú” y que “la única forma que tengo de hacerlo es hablar desde mí mismo, desde mis recuerdos y mi experiencia” (pag. 11 y 15).


A partir de 1969, año del deceso de José María Arguedas, muchos ensayos interpretativos (Flores Galindo, N. Manrique, A. Torero, C. Lévano, Vargas Llosa, Carmen Pinilla; la enumeración es extensa) han bordeado la obra del autor de Todas las sangres.

Alfredo Pita aporta en su libro lo tangible de los resquicios hogareños de Arguedas en la solariega casa de la urbanización Los Ángeles en el distrito limeño de Chaclacayo. Confirma con su visión de joven universitario de aquel entonces, el perenne mensaje arguediano de prender en el alma y la mente de todos los peruanos un “mundo más esencial y puro, el de los indios del Cuzco y de las regiones aledañas” (Apurímac, Huancavelica, Ayacucho. JH) (pag. 34). Pues Arguedas nos dejó el planteamiento de un Perú diverso e intrincado, generador de constantes conflictos sociales, y la exigencia de instaurar los mismos derechos y oportunidades para todos en la praxis de nuestra histórica interculturalidad.

Nos dice que Arguedas aborda el mundo andino con una vinculación y empatía sin distancias, dominando la emotividad, desde el agreste camino que viene padeciendo por centurias el campesinado indio y pauperizado del Perú.

En este libro, está la imagen del hombre (Arguedas) que en su diario vivir y su interioridad anímica abrigaba el intenso compromiso de hacernos conocer y entender la complejidad de nuestras raíces originarias; para desprejuiciarnos y ser capaces de mirarnos a nosotros mismos en el umbral de nuestro porvenir como nación, aún en labranza.

Días de sol y silencio. Arguedas: el tiempo final (Fondo editorial de la universidad Garcilaso de la Vega. 2011)  describe el espacio íntimo de Arguedas, que asido al afecto de su familia nuclear, afrontaba los dilemas de la sociedad desde una concepción de identificación con el universo andino, su etnia, su cultura. Sus preocupaciones quedaron impregnadas en los libros que publicó y que trascienden lo literario abriendo concretas posibilidades al análisis socio-antropológico y también político.

Días de sol y silencio. Arguedas el tiempo final es la testificación de Alfredo Pita, quien viajando a través del tiempo se instala en las postrimerías de los años sesenta del siglo pasado e imbuido de su experiencia acumulada, equilibra la apreciación que percibe del Amauta Arguedas. El lenguaje mesurado que emplea, los juicios emitidos sobre los avatares existenciales navega, viento en popa, con una rotunda prosa narrativa. La evocación no ha sido avasallada por el apasionamiento afectivo, con sensata expresión nos presenta el retrato real de quien escribió magistralmente, entre muchas obras, Los ríos profundos, Agua, El zorro de arriba y el zorro de abajo.

La palabra de Alfredo al estructurar su libro en 18 temas nos revela su sinceridad, su admiración por el escritor andahuaylino, su provechoso y definitivo, aunque breve, aprendizaje.

En el capítulo: Sybila, Pita dedica su esfuerzo a las disquisiciones de la opción política que ella asumió, posterior a la muerte de José María, y que la llevaron a ser condenada a 15 años de prisión. Y dentro de este mismo asunto, la persecución y exilio que padeció - talvez el amigo más querido de Arguedas-  el lingüista Alfredo Torero. “Escucharlos hablar, a José María y a él (A. Torero), era ponerse a la escucha de un horizonte cultural intuido, pero a la vez remoto y misterioso para mí” (pag. 50).

El autor de Días de sol y silencio ha recurrido a las imágenes atesoradas en su memoria y recuerdos, que conmueven y nos retan a reflexionar sobre la vida y obra arguediana que, valgan reiteraciones, ambas tienen la misma altura.

Alfredo lamenta no tener más fotografías que aludan a sus estancias de fin de semana en casa de los Arguedas; pero las que se incluyen en el libro son suficiente elocuentes. A mí me impresiona –y coincido con Alfredo- aquella que ilustra la tapa y que fue tomada por Olga Luna. Es notorio, además, la laboriosidad y esmero de nuestro amigo, el pintor y narrador Jorge Antonio Chávez  Silva, en el retoque y tramado de esa foto.

Para concluir, las letras celendinas y del país han sido honradas con este trabajo intelectual de Alfredo Pita y con su trayectoria literaria que ya suma décadas.


Lima, febrero de 2012 

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Leyenda: EL MITO DE INKARRI.


Recogido en Puquio (Ayacucho) por José María Arguedas.

Inkarrí, él, dicen, tuvo la potencia de hacer y de desear.

No sé de quién sería hijo. Quizá del Padre Sol.

Como era el Segundo. Dios podía mandar.

En la pampa de Qellqata está hirviendo, aguardiente, vino, chicha. Obra de Inkarrí.

La pampa de Qellqata pudo haber sido el Cuzco: Desde el Osqonta, Inkarrí arrojó una barreta, hasta el Cuzco. Por encima de la pampa pasó, ensombreciéndola.No se detuvo. Llegó hasta el Cuzco. ¿Dónde estará el Cuzco? No lo sé.

Inkarrí arrojaba las piedras, también. En las piedras también hundía los pies, como sobre barro, ciertamente. A las piedras, al viento, él les ordenaba. Tuvo poder sobre todas las cosas.

Fue un hombre excelente. Fue un joven excelente. No, lo conozco. No es posible que ahora viva. Dicen que su cabeza está en Lima. ¡Cuánto, cuánto, cuánto habrá padecido! No sé nada de su muerte. Ya su ley no se cumple. Como ha muerto, ni su ley se cumple ni se conoce.

Debe haber sido nuestro Diosito quien lo hizo olvidar. ¡Qué será! Yo no lo sé. Pero, ahora, el agua, los naturales, y todas las cosas se hacen tal como Dios conviene que se hagan.

Está claro en Qellqata, la chicha hirviente, el vino hirviente, el aguardiente hirviente. Obra de Inkarrí.

De narraciones Quechuas.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Escenario: JOSÉ MARÍA ARGUEDAS Y LA DEFENSA DE TIERRAS, AGUAS Y EL AIRE



La voz de José María Arguedas con plena vigencia en la actualidad en el despojo territorial y el daño al medio ambiente.

El destacado escritor peruano muestra en sus obras la inquietud que sentía por el despojo territorial que sufrían los campesinos al perder sus tierras, que pasaban a poder de empresas mineras o de usurpadores que mediante el empleo de la fuerza y de trampas legales se apropiaban de tierras comunales para formar haciendas ganaderas.

En la novela Todas las sangres*, Arguedas nos presenta la vida de dos hermanos terratenientes de familia blanca (Bruno y Fermín Aragón de Peralta) que reaccionan de manera diferente ante el avance de las empresas mineras apoyadas, como ahora, por el estado. Mientras Bruno es un hacendado de mentalidad feudal y de fanatismo religioso rayano en lo místico, Fermín se adapta “mejor” a la realidad y se asocia con una empresa minera transnacional que termina devorándolo y convirtiéndolo en socio minoritario, pese a que el yacimiento de plata se encuentra en terrenos de su propiedad. Bruno, por su apego a la tierra y su misticismo pasa junto con los indios comuneros a oponerse a la expropiación; lo hace por su identificación con los indios y también porque sus tierras y molinos iban a quedar sin agua, que pasaría a usufructo de la empresa minera.

Citamos algunos pasajes de la obra Todas las sangres. Primero, el sentimiento de desamparo de la gente obligada a salir de sus tierras, de su pueblo:

“¡Nuestro pueblo es nuestra madre eterna! Brañes está confundido precisamente por ese cariño a San Pedro. Si el gobierno lo quiere vender entero sin ser su dueño, el alma se trastorna de rabia. Yo cito a asamblea para el viernes en la noche.” (Cap. IX, p. 329)

En este pasaje es interesante la frase referida a lo que el gobierno planea hacer con el pueblo: “lo quiere vender entero sin ser su dueño”.
Presentamos el pensamiento modernista de Fermín Aragón de Peralta, que es idéntico a los planteamientos de los pícaros y delincuentes que hoy hablan de “globalización”:

“Yo no quiero para el Perú un destino como ése. Pretendo millones para los hombres de empresa, miles para los trabajadores. Fábricas, carreteras, mucho alimento, casas en lugar de cuevas y barracas de que está rodeada Lima, y buenas y seguras cárceles para los comunistas. Para los apristas, no. Ellos son anticomunistas. Su prédica contra los ricos es de táctica; en el fondo estarán con nosotros, y quizá vayan más lejos.” (Cap. X, p. 341.)

¡Por supuesto que los apristas han ido “más lejos”!: antes, a buenas o a malas, se ponían a disposición de la empresa tierras de una parte del Perú; ahora el 70% de nuestro territorio ha sido puesto en subasta por el Apra. Más sobre la colusión del Apra con las empresas transnacionales; habla Arturo y responde su cuñado Fermín Aragón de Peralta:

“—Los comunistas harán lo suyo.
—Que hagan. Después, como en México, les cortamos el aliento. He leído mucho y pensado hora tras hora en estos tres meses. ¿Sabes? Hasta conseguí que me diera charlas un socialista. Y creo que tiene razón. Al final contaremos con el Apra. ¡Verás! Sus jefes son de nuestra casta y sabrán dirigir a los obreros adonde nos conviene que sean llevados.” (Cap. X, p. 343.)

Y aquí vemos cómo los empresarios obtenían —y obtienen— tierras y agua:

“El señor ministro ha obtenido ya el decreto de expropiación de las tierras que eran indispensables para la instalación de centrales y el desarrollo de la explotación; era éste, entre los pequeños detalles iniciales, el que requería de nuestra intervención directa; otro, de menor cuantía, se obtuvo al mismo tiempo: la resolución suprema que nos otorga el derecho de usar las aguas del río Lahuaymarca conforme a los planes propuestos.” (Cap. X, p. 331.)

Cómo vencían —y vencen, con ayuda del gobierno— a los reacios a vender sus tierras o a aceptar la expropiación. Comentario de mandamases de la empresa minera, aludiendo al hacendado feudal, parcialmente altruista y fanático religioso:

“Bruno Aragón cometerá alguna imprudencia inevitable cuando empecemos a construir el acueducto para la planta eléctrica, porque sus molinos y maizales se quedarán sin agua. Puede que intente sublevarse con los indios de su hacienda. Entonces le caeremos encima.” (Cap. X, p. 334.)

He aquí la imposición de la “legalidad” del despojo:

“—Y… ¿qué van a hacer? —preguntó el subprefecto.
—Según como las autoridades procedan. El señor juez, que es abogado, sabe que el decreto es ilegal. No pueden expropiarse bienes en favor de particulares.

El subprefecto oía con mucha curiosidad el correcto castellano de ese hombre traposo y mal alimentado. ‘¡Sabe hablar el pordiosero y parece que es entendido!’, reflexionaba, sin dejar de mirarlo con creciente desprecio.
—Un decreto supremo no puede dejar de cumplirse. ¿Cómo se enteraron de que había sido expedido? —preguntó el juez.” (Cap. X, p. 365.)

La actividad minera contamina la tierra, el agua y el aire (esto se ve en La Oroya con el envenenamiento del aire por procesamiento de plomo). Arguedas dirige su atención a este deterioro, particularmente de la tierra removida y contaminada en el proceso de obtención del mineral:

“La mina ha botado como a vizcachas a los harapientos vecinos de San Pedro, y la mejor tierra que hay para maíz, la mejor que ha visto don Adalberto en más de cien pueblos, es ahora de la mina. La Esmeralda chorreará allí desperdicios de metal; harán fábrica.” (Cap. XII, p. 406.)

En la actualidad, hay normas que obligan a que las empresas mineras y de hidrocarburos respeten el medio ambiente y realicen una recuperación para que las tierras y aguas utilizadas sean debidamente tratadas. Pero por la acentuada corrupción del estado peruano, eso rara vez se cumple, lo cual motiva un justificado recelo de los pobladores hacia la explotación minera, de hidrocarburos y de cultivos destinados a biocombustibles (que en la selva se hacen previa tala de bosques).

La empresa minera deja a Fermín Aragón de Peralta, dueño del yacimiento, como accionista minoritario, y la reflexión del afectado sobre el despojo que sufre el país:

“—Es cierto —dijo—, don Fermín: el 20% es suyo, y ni un centavo más.
—Atado, acorralado por quienes deberían apoyarme, premiarme. ¿No es cierto? Llévese Cabrejos la mina. Ya veo que, ‘en cierto’, como diría Rendón Willka, las minas apenas se descubren dejan de pertenecer al país en que Dios las puso. Y no podemos saber bien a cuál país pertenecen.” (Cap. IX, p. 295.)

Sobre el destino del Perú como país despojado de sus riquezas y simple exportador de materias primas:

“—Debo ser franco contigo, Fermín. Proceder de otro modo sería ahora criminal. No creo; estoy seguro que los europeos y especialmente Estados Unidos se oponen a nuestra industrialización. Es mejor para ellos que sigamos siendo un corral mal sembrado donde se cosecha sólo alimentos para sus fábricas.” (Cap. X, p. 343.)

Sobre las empresas transnacionales, que no conocen ni reconocen el concepto de patria:

“—Es que las fronteras son convencionalismos, mi señor.
—Para cuando hay que apropiarse de minas, y son 'sagradas' cuando sus apátridas dueños desean defenderlas o apropiarse de las del país vecino. ¡Serán del Perú, algún día! Y quizá usted Cabrejos esté vivo aún entonces. ¿Qué haremos con usted? Siendo apátrida, lo tendremos que enviar a la luna, que para entonces estará cerca y quizá nos sirva de campo de concentración.” (Cap. IX, p. 295.)

* José María Arguedas: Todas las sangres en Obras completas, t. IV, Lima, 1983 [1964], Horizonte, pp. 9-489.



miércoles, 31 de agosto de 2011

Leyenda: HISTORIA DE MIGUEL WAYAPA


 
Por José María Arguedas

El Inca, bañado en ella, recibió el bautismo mítico.

Y había un hombre llamado Miguel Wayapa. Este hombre tenía un corazón duro y perverso. Era muy acaudalado. Poseía ganado. Era dueño de grandes tierras de sembrío y de grandes trojes de alimentos. Este hombre era además usurero, un usurero implacable. A quienes le debían los hacía trabajar gratuitamente, so pretexto de réditos. A los miserables los desnudó; los despojó de todo bien por medio de la usura. Era pues el corazón más vil y perverso. Y así murió Y todo entero, en carne y hueso, cayó a los infiernos.

En el mismo pueblo, vivía otro hombre, padre de tres hijos, muy pobre, muy pobre. Y este hombre, un día en que había bebido mucho, en su ebriedad, aceptó ser alferado de una fiesta principal que demandaba gran derroche y dinero. Tal hombre fue en seguida donde su mujer y le dijo;

— ¡He aceptado el alferado de la gran fiesta! Entonces la mujer le reprochó:
—Así como aceptaste pasar semejante cargo, así tendrás que ir aunque sea hasta la casa del diablo a conseguir dinero.

Cuando oyó el reproché de su esposa, el hombre se echó a llorar amargamente. Y de este modo, con lágrimas en los ojos, hizo que alguna gente le ayudara a moler maíz para hacer harina. Y cargando los sacos de harina en una piara de llamas salió a viajar en compañía de sus tres hijos.

— ¡Sí; caminaré y buscaré; aunque tenga que llegar al mismo infierno!— había dicho antes de partir.

Vagó por los caminos sin rumbo filo, arreando sus llamas. Y anduvo y anduvo, durante cuatro días y cuatro noches. Hasta que se encontró con un señor; con un señor que venía montado en un caballo blanco. Y el señor le preguntó al hombre:

—Hijo mío, ¿adónde te encaminas?
—Por aquí ando mi señor —contestó el hombre—Acepté ser alférez de un día muy grande, de una fiesta 'imposible para mí. Y mi esposa me reprochó: "Tendrás que ir aunque sea hasta el infierno a conseguir dinero" — me dilo. Por eso voy trotando, anticipe tuviere que llegar a la casa del demonio. ¿Por dónde será el camino, mi señor?

Y entonces le contestó el señor:

—No, hijo mío. No llenarás a tal extremo. Ve a la ciudad que hay tras de estas montañas: el camino es aquél que se ve en la letanía. En tal ciudad tus sacos de harina Podrás convertirlos en centenares de monedas. Aquél es el camino hijo mío —y señaló la senda en la montaña —Ese camino es el que debes tomar, y no el otro, el que aparece cerca del primero; porque este último es el que llega hasta el infierno.

Y nula más le dijo el caballero. Dicen que era nuestro señor Santiago.

Pero el camino que debía escoger el viajero estaba aún muy lejos. Y así, llorando, los cuatro hombres se dirigieron a la montaña. Y cuando llegaron al camino que había señalado el señor, el padre preguntó a sus tres hijos:

¿—Cuál fue el camino por donde nos mandó ir el señor?

Como sus ojos habían anochecido a causa de las lágrimas, él no podía reconocer el camino.
El menor de los hijos le contestó:

—No nos dijo que entráramos a este camino, sino al otro—. Y conforme decía, orientó a su padre por la verdadera senda. Pero el mayor estaba errado y los perdió. Interrumpiendo a su hermano, dijo:

—No. No es ése el camino, sino éste.

Y así fue como todos entraron al camino extraviado, al camino del demonio.

De este modo llegaron a la cumbre, al anochecer. Allí amarraron a las llamas, descargaron los sacos de harina, y después se acostaron para pasar la noche.

Mientras dormían vino el demonio, arreó las llamas y se las robó; las condujo hasta su pueblo. Cuando despertó el hombre, buscó sus llamas; y como no las encontró, pensó que los ladrones se las habrían llevado. Entonces, en compañía de uno de sus hijos, se echó a buscarlas, dejando al menor para que cuidara las cargas de harina.

Siguiendo el rastro de las llamas, el hombre llegó hasta un cerro lejano. Allí encontró a Miguel Wayapa, a su fantasma. Cortaba leña de ró'ke, leña menuda, y la terciaba con una soga. Parecía una soga torcida de cuero, pero en verdad era una serpiente; sólo para los ojos del hombre común semejaba un lazo.

Era Wayapa, mas su vecino no lo reconoció; sólo vio en él al fantasma. En cambio Miguel Wayapa identificó al hombre de su pueblo; y le habló de este modo:

—Señor, ¿no me reconoces? Yo soy Miguel Wayapa. Por todas las lágrimas que hice derramar a los hombres, he aquí que nuestro Señor me atormenta y me aflige.

El hombre sólo dijo al fantasma:

—Mis llamas han venido hasta estos parajes; voy rastreándolas y sus huellas entran hasta aquí.
—Sí; es cierto. "El" las trajo. Tus llamas están ahora mirándose las caras, amarradas por el cuello en un círculo de sogas, en el centro de plaza del retozo.

Yo he de salvarme ahora contigo. ¡Yo he de enseñarte mucho! Y así le enseñó mucho diciéndole: "Entrarás ahora mismo, a carrera, a la plaza del retozo. Y arrancando las sogas del cuello de las llamas las arrojarás al suelo. Una vez que hayas arrojado las sogas blandirás tu cabestro de cuero torcido, y golpeando con él a tus llamas, las arrearás a todo vuelo. Entonces, una multitud de señores y de matronas tratarán de alcanzarte mostrándote platos y azafates con viandas y manjares, y vasos de chicha: "¡Come y bebe, mi señor!", te dirán, y luego te rogarán: "Descansa aún; véndenos tu ganado". Pero no les darás oído ni aceptarás sus propuestas. Entonces se lanzarán sobre ti unos perros feroces, ladrando y dando dentelladas. Pero tú los azotarás con tu soga de cuero, los espantarás, dispersándolos por toda la plaza, hasta arrojarlos a los rincones. Yo correré bajo los ruidos, en el desconcierto, y podré llegar hasta la orilla del camino que sale del pueblo. Allí te esperaré. De este modo podré saltar al centro de tu tropa de llamas. Y entonces, tú, blandiendo tu soga, corriendo y volando, alborotando, arrearás la tropa; y con las llamas me sacarás, me salvarás.

Así instruido, el hombre entró al pueblo. Corrió directamente hacia la tropa de llamas; y arrancando las sogas las arrojó a la tierra. Tan luego que hubo arrojado las sogas, miró el suelo, y vio que una turba de serpientes mutiladas se debatían y hervían en su propia sangre. Inmediatamente, el hombre arreó las llamas, a todo galope. En ese instante corrieron tras él, caballeros y matronas, llevando en las manos platos de comida y vasos de chicha, diciendo: "¡Descansa aún, mi señor! ¡Véndenos tus llamas!".

Pero él no aceptó las ofertas ni recibió ninguna cosa. Luego, una jauría de perros se lanzó sobre él ladrando y atropellándose; el hombre los azotó con el lazo de cuero, de tal manera, que los perros fueron arrojados a todos los rincones. Así logró arrear las llamas hasta las afueras del pueblo. Y como ofreció, en verdad, Miguel Wayapa estaba esperándolo allí junto al camino. Cuando vio aparecer la tropa de llamas, saltó sigilosamente entre las bestias. Trotó con las llamas como si fuera una de ellas. Y el hombre, agitando la soga de cuero, condujo la tropa por los caminos, las puso a salvo. Así fue como llegaron hasta el abra de una montaña. En el abra de esa montaña estaba sentado nuestro padre Santiago. Estaba armado con su espada. Se levantó y les dijo:

—Los demonios vienen a caballo para darles alcance. Ahora los haré retroceder, les cortaré y rajaré los cuer­nos. Seguid vosotros, y esperadme junto a las cargas de harina.

Cuando estuvieron ya muy lejos volvieron los ojos hacia el camino, y vieron que los demonios, en gran ca­balgata, galopaban hacia ellos. Pero en ese instante aparece nuestro señor Santiago y con golpes de su espada rompe los pies de los demonios, les cimbra las espaldas, y hace que su caballo los pisotee en la tierra.

Una vez que llegaron al sitio donde el hombre dejó sus cargas de harina, descansaron para esperar a nuestro padre Santiago. Allí encontraron al menor de los hijos, que esperaba a su padre llorando desoladamente en el silencio.

Llegó nuestro señor Santiago, y dirigiéndose a Wayapa le recriminó de todos los hechos de su vida diciéndole:

—Tú eras el que hacía llorar a los hombres; tú fuiste el ladrón; tú eras el asesino.
Y Wayapa  no encontró un sitio donde ocultar el rostro.

Nuestro padre Santiago continuó:

—Ahora vas a llegar a tu pueblo, pero no a tu casa. Derechamente irás al templo de la oración. No le dirigirás la palabra a nadie. No visitarás a tu esposa, ni a ninguna otra gente.

Y escribiendo una carta, encargó al hombre que la entregara al Sacerdote del templo de la oración. En la carta decía: "Ahí vuelve el gran pecador; ha de trocarse en bueno. Dirás una misa por su alma. Ya está resucitando. Ya no ha de ser un muerto. Tras del campo donde se entierra a los cadáveres mandarás levantar una casa para él. Pero no permitirás que viva con su mujer. Tres misas le tendrás que dedicar a ese pecador. Y cuando estés celebrando la segunda misa, la del centro, llegará un moscardón y le escurrirá su sangre en la frente; esa sangre se hundirá en los huesos de su frente. Tan luego muera el moscardón, el alma entrará al cuerpo de Wayapa, volverá a su ser. Hecho esto, vivirá en la casa que has de mandarle construir".

Luego, dirigiéndose al hombre, nuestro padre Santiago le ordenó:

—Vacía tus sacos de harina al suelo.

Pero el hombre se negó a obedecer.

—Cómo es ésto, Señor— le contestó— ¿Con qué he de llevar algo a mi casa? De todos modos tengo que ne­gociar mis sacos de harina.

El Señor insistió:

— ¡Vacíalos, te digo! Y anda a recoger esos trozos de cacharros.

E hizo que recogiera los tiestos que habían cerca del camino; y ordenando que golpeara los bordes, mandó que hiciera con ellos grandes trozos circulares. Luego dispuso que rellenara los costales de harina con los trozos de arcilla. Hizo que cosiera las cerraduras; mandó que cargara las llamas. Y le dijo:

—Ahora vete; ahora vuélvete. Pero no tratarás de escudriñar los costales, hasta llegar a tu casa.

El hombre emprendió la marcha, según la orden. Y arreaba sus llamas. Al principio las bestias caminaron muy ligero; pero después, las cargas se tornaron pesadas como el plomo. Asimismo, el hombre, en las primeras jornadas y en los parajes de descanso, levantaba las cargas y las bajaba fácilmente, como si pesaran poco; pero en las jornadas siguientes sintió que los sacos aumentaban de peso. Así, a duras penas, el hombre con la ayuda de sus tres hijos y de Wayapa, cargaba las llamas. Y ni las llamas ya podían con el peso; sus espaldas se cimbraban hacia el suelo. Es que los tiestos se habían convertido en plata. Sin embargo, ayudándose entre todos, bestias y hombres, pudieron llegar a la casa del viajero.

Y en llegando, descargaron los bultos, abrieron los costales y vieron que los trozos de arcilla se habían convertido en monedas. Entonces el hombre barrió minuciosamente uno de los rincones de su casa; allí vació el dinero hasta formar un montículo de plata. Cuando entró la mujer a la habitación, se colmó de alegría; y sahumó las monedas con perfumes. Así, jubilosa, encomió a su esposo y a sus hijos y los engalanó con sus elogios.

Ya faltaba menos de un año para la gran fiesta. El alferado y su familia empezaron a hacerse trajes nuevos. Todos estrenarían los más hermosos vestidos.

Muy pronto llegó el gran día. Y este hombre celebró la fiesta con una pompa y lustre que no se habían visto antes, ofreciendo lo que no ofrecieron otros, haciendo lo que los antepasados no hicieron. Y a pesar de todo el derroche y los gastos del gran día, todavía le sobró miles y miles de dinero. Se 'tornó en poderoso por haber celebrado la gran fecha del pueblo.

Luego que pasaron los días de fiesta, iba diariamente a visitar a Miguel Wayapa; la mujer de éste ve­neraba al hombre que salvando a su marido de la perdición y la condena, lo trajo nuevamente al pueblo. Por fin, el salvador llevó a la mujer de Wayapa donde su marido; porque habiendo recibido todas las ceremonias en el templo de la oración, Wayapa se tornó en un hom­bre nuevo, de alma hermosa y purificada. Así Wayapa renació al mundo del bien. Y esa misma mañana recibió a su mujer y le dijo:

—Por todas nuestras culpas he penado en el infierno. Luego le recriminó de todos los pecados de su vida, y continuó:

—Por haberme salvado, en nombre de mi resurrección, reparte algo de nuestras riquezas entre los huérfanos y los míseros.

La mujer obedeció de buen corazón; y no hubo beneficio que ella no ejerciera; hizo llegar su piedad no sólo a los huérfanos y abandonados, sino también a los pobres, a los que poseían pocos bienes.

Pero Wayapa ya no era de los que comen y beben. Y así vivió; su mujer en un lado y él en otro, ambos solos, separados para siempre.

Y todos estos sucesos ocurrieron hace ya mucho tiempo.

De Leyendas y cuentos peruanos.

jueves, 18 de agosto de 2011

Leyenda: LA AMANTE DEL CONDOR


Por José María Arguedas.
Esta era una hermosa joven cuyos padres vivían aún. Era una jovencita de hermoso rostro.

Un día sus padres la enviaron a cuidar el ganado. Y desde entonces la mandaron diariamente a cumplir esa tarea.

Cierto día, cuando estaba vigilando el ganado, se le acercó un señor. Era un caballero elegantemente trajeado, vestido de montar. Sus pantalones le daban un aire enérgico y muy varonil; tenía grandes polainas Kkarawatunas que le protegían las piernas, como a los ganaderos de la estepa. Lucía un collar de oro ajustado al cuello; y el más hermoso chullo (Gorro tejido de lana) le cubría la cabeza.

El apuesto viajero dijo a la joven:

—Sé mi amante.
—Bueno contestó la joven.

Y la doncella recibió la palabra del viajero. Así concertaron su amor. Desde entonces, durante muchos días el joven venía a buscarla en el mismo sitio. Pero ella no informó a su padre ni a su madre de las visitas que le hacía el caballero desconocido. Sólo en el corazón guardaba su historia. Y de este modo, sin que nadie conociera su suerte, llegó a la gravidez.

El hombre vestido de viajero era el Cóndor, que tomó cierta apariencia de un caballero elegante para conquistar a la doncella. Por eso, la joven sólo veía en él a un señor, a un werakkocha Pero, encontrándose en tan grave estado, le dijo:

—He concebido un hijo tuyo. Ahora debemos irnos a tu casa o a la mía. Yo no puedo descubrir mi estado, ante mis padres; ni puedo hacer que te conozcan porque he vivido para ti sin que ellos lo supieran.

Al oír la noticia el caballero le contestó:

—Iremos a mi casa. Mañana te cargaré hasta allá. Ahora vete a tu casa. Mañana traerás tus cosas, sin que se enteren tus padres. Vendrán arreando el ganado, como todos los días.

—Bien —dijo la joven, y se marchó, bajando la montaña hacia su casa. Era el anochecer.

Silenciosamente, y llevándose todas sus cosas, la joven arreó el ganado, al amanecer, hacia la montaña donde la esperaba su amante. Furtivamente, sin que su padre ni su madre se enteraran. Y así, cargada de todos sus objetos personales, esperó en la cumbre de la montaña.

Hasta el medio día se hizo esperar el Cóndor, a esa hora apareció con su aspecto de caballero. Y preguntó a la joven:

— ¿Conque ya viniste? ¿Y te acordaste de traer todas tus cosas?

—Si aquí he venido; y he traído cuanto tenía. Entonces convinieron en irse.

—Espanta ahora el ganado hacia tu casa. Tus padres verán las bestias y las arrearán. ¡Anda ligero! Haz lo que te he dicho, y vuelve en seguida —ordenó el Cóndor.

La joven obedeció, corrió hacia el ganado y lo llevó hasta la falda del cerro, ante la vista de su hogar paterno; allí espantó a las bestias y volvió corriendo. Apenas llegó, le dijo el Cóndor:

—Ahora voy a cargarte.

La condujo hasta unas rocas, y allí le advirtió:

—No has de abrir los ojos, los cerrarás duramente. Si los abrieras te soltaría.

Y así cerrando duramente los ojos, la joven se echó sobre las espaldas de su amante. Entonces el Cóndor alzó el vuelo. Ella no veía nada; sólo oía como el galope del viento sobre unas grandes alas. No sentía nada que pudiera hacerle pensar que caminaba. Pero ya habían subido muy alto por los aires. Ahora sólo percibía un suave balanceo, como si recordar que su amante flotaba en el sueño.

Y volaban, volaban por los cielos. Al caer de la tarde, llegaron a un espantable abismo de rocas. Allí tenía el Cóndor su guarida. Cuando el amante descargó a la joven, y ésta abrió los ojos, se encontró en una cueva solitaria. Miró hacia arriba y vio que la cumbre estaba leja­na, sobre un precipicio de granito; cuando contempló el fondo de la quebrada vio que era, un abismo oscuro, una hondura negra y silenciosa, pesada de horror.

Viéndose sola a la entrada de la cueva, en tal sitio, lloró:

— ¡A que habré venido! —decía.

No había sino huesos semidescarnados y trozos de carne desparramada en el interior de la cueva. Allí durmieron.

A la mañana siguiente le dijo el Cóndor:

—Espérame sentada, aquí mismo.

Emprendió el vuelo y se fue.

Abandonada, en el gran silencio, ella lloró inconsolablemente. No tenía ni qué cocinar, ni qué comer en esa cueva. Y tuvo que quedarse sentada, esperando.

— ¡Qué será de mí! ¡De saber esto, no habría venido nunca! —decía.

Muy al atardecer del día llegó el Cóndor trayendo carne; y tuvo que cocinar. Cerca de la cueva había una pequeña corriente de agua; caía en un chorro cristalino y formaba en las rocas una fuente muy limpia. De allí sacaba agua la amante del Cóndor.

Y todos los días transcurrían iguales. El Cóndor so• lía irse siempre; muchas veces tardaba tres o cuatro días en volver, entonces traía carne de animales muertos, carne descompuesta.

Llorando vivía la joven. Hasta que dio a luz. Lavaba los pañuelos y la ropa del niño en la pequeña fuente, al pie del chorro cristalino. Cocinaba la carne que traía el Cóndor; y ciertos días no tenía ni aún los restos de animales muertos que le traía su amante.

Mientras tanto los padres de la joven también lloraban.

— ¡Qué habrá sido de nuestra hija! ¡Dónde, dónde habrá ido! —decían.

Nadie sabía que ese viajero, el Cóndor, la había raptado.

—La tierra debe habérsela llevado; o es que alguien la ha perdido —se lamentaban los padres; y lloraban.

Hasta que un día, cuando la madre estaba sollozando tras la huerta de su casa, apareció un Picaflor (kkenti); empezó a dar vueltas alrededor de su cabeza:

¡Reúú volador, reú... kkenti picaflor!
La hija de quién estará llorando sobre las rocas,
la hija de quién estará llorando sobre las rocas.

Cantaba, y volvía y tornaba. Entonces la mujer le contestó:

—Picaflor: nadie sabe cómo y cuánto estoy de llanto y de pena por mi hija; y tú me vienes con esos cuentos.

Y levantando una piedra la arrojó sobre el Picaflor y le rompió una de sus patitas. Ya herido, el Picaflor se fue volando por encima de los techos.

Así, siempre entristecida y llorando, la madre esperaba a su hija. Y volvió el Picaflor nuevamente. Dándole vueltas cantó:

la hija de quién estará llorando sobre las rocas

¡Reúú volador, reúú… kkenti picaflor!
la hija de quién de quién estará llorando sobre las rocas

Entonces la mujer pensó: "Tal vez sepa donde se encuentra mi hija". Y le preguntó en voz alta:

Picaflor, Picaflor de esmeralda ¿Acaso sabes tú en qué lugar se encuentra mi hija?

El Picaflor le contestó:

— ¡Claro que sé donde se encuentra! ¡No me hubieras roto mi patita! Pero si me curaras con chancaca y me regalaras golosinas, te contaría.

—Te daré lo que me pides, te daré chancaca para que cures tu patita rota.

La mujer compró chancaca y algunos dulces, y los puso sobre una piedra. El Picaflor esmeralda voló hasta la piedra, bebió los dulces; se curó la patita con la chancaca y se la amarró con una venda. Luego habló:

—Tu hija está llorando en tinas rocas altas, sobre el precipicio.

—Tráemela, Picaflor, cárgamela hasta aquí —le rogó la mujer.

Si me das más golosinas yo te la cargaré mañana, te la traeré —le contestó el Kkenti.

—Si Picaflor, te daré mucha miel, hasta que te hartes, le ofreció la madre.

—Muy bien. Iré ahora mismo.

Y diciendo esto se fue volando por encima de los techos.

Voló hasta la gran cueva, y estuvo esperando que se marchara el Cóndor. Y el Colador zarpó; su cuerpo negro se perdió en el lejano cielo. Cuando desapareció el Cóndor, el Picaflor voló hacia la joven, cantando:

Reu volador, reu Kkenti picaflor,
la madre de quién, el padre de quién
estará llorando en su casa desolada.

Y volvía y tornaba:

¡La madre de quién el padre de quién llorará!
Picaflor salva a mi hija, rogando.
Si tú quisieras, si tú quisieras,
yo, Picaflor volador, reu Kkenti volador
te cargaría, te llevaría.

Y volaba, dando vueltas sobre el abismo, junto a la cueva.

Entonces la joven le habló:

—Picaflor esmeralda ¡sálvame! ¿No serías capaz de cargarme hasta la casa de mis padres?

Sí, yo te salvaré; tendré que cargarte, a ti y a tu hijo.

¡Anda! Alístate rápido.
Kkenti picaflor

La joven amante hizo un pequeño atado con sus cosas y se lo echó a la espalda; sobre el atado llevaba a su hijo. El Picaflor alzó el vuelo cargando a la muchacha y al niño. Llegó a la casa de los padres y cantó sobre los techos:

¡Reu volador reu Kkenti picaflor
estoy llegando con tu hija!

— ¡Picaflor esmeralda, gran Picaflor! ¡Me trajiste a mi hija! —llamaron los padres. Y le dieron dulces y miel.

—Encerrad a vuestra hija. Ha de venir vuestro yerno. No permitiréis que la vea. Encerradla junto con su hijo —ordenó el Picaflor—. Mañana volveré, antes que llegue el Cóndor. Vendré a darles noticias.

—Haremos lo que mandes —dijeron los padres.

Encerraron a la joven. Y le pidieron que les contara cómo y dónde había vivido, cómo y con quién había andado, y cómo y de qué modo había tenido su hijo. Ella les confesó todo: "Un señor me engañó y me llevó a su casa; allí me tuvo, y allí di a luz esta criatura. Fue el Cóndor que tomando la apariencia de un señor me sedujo y me cargó hasta su guarida. El es el padre de mi hijo"

Entre tanto, el Picaflor voló nuevamente hasta la cueva del Cóndor. Buscó a la Rana que habitaba en la fuente cristalina de las rocas, y le dijo:

—Cuando llegue el gran Cóndor, tú te convertirás en mujer, y a la orilla de la fuente harás como que lavas las ropas de su hijo.

—Bien —dijo la Rana.

Y como la Rana aceptara el encargo, el Picaflor siguió instruyéndola:

—Apenas llegue, él te preguntará: "Qué haces allí?", y tú le contestarás "Estoy lavando", entonces él te dirá: "¡Apúrate, apúrate! Y cuando te pregunte: "¿Ya acabaste de lavar?", tú le contestarás: "Aún no, todavía no" Y cuando te llame: " Ven de prisa, ven rápido", tú te su­mergirás en el agua. Te esconderás y no volverás a salir".

Luego que dijo esto, el Picaflor saltó sobre las peñas y la Rana se -convirtió en mujer.

La mujer se puso a lavar. El Cóndor ya venía. El Picaflor vigilaba desde las peñas, oculto en un hueco de las rocas. La Rana parecía muy afanada, lavando y lavando. el Cóndor se posó cerca de la fuente. "¿Qué estás haciendo?", preguntó a la mujer. "Todavía estoy lavando, mi señor", contestó. Apúrate, apúrate, dijo el cóndor, "Sí", respondió la mujer.

El Cóndor se dirigió a su guarida y entró a la cueva. La examinó por todos los rincones y no encontró su hijo. Entonces piensa: "¿Y dónde habrá llevado al niño?". 'Sale y pregunta en voz alta a su mujer:

‑‑ ¿Dónde está el niño?

—Allí debe estar —le contesta.

— ¡Apúrate, apúrate! He traído carne, ven a cocinarla

—Ahora mismo, en seguida —contesta la mujer. — ¡Ya, ya! —grita el Cóndor con toda su voz, y levanta el pescuezo para atisbar.

— ¡Ya, ya! —vuelve a llamar.

—Apenas empiezo a lavar, — le contesta la mujer. El Cóndor da un salto en el aire y grita:

— ¡Te voy a patear!

La Rana se sumerge en el agua, su cuerpo produce ruido en la fuente cristalina. No queda en la orilla ni ropas de niño ni pañales; sólo queda una piedra pequeña. Pero los ojos del Cóndor habían visto a la mujer lavando.

Inmóviles, los ojos del Cóndor miraban la fuente. "¡Ya volverá, va volverá!", decía. Pero nada apareció en el agua. El Picaflor vigilaba atentamente al Cóndor desde su escondite.

Al verlo perplejo y confundido, le cantó:

¡Jajaulla! ¡Reúú Kkenti, yo soy Picaflor volador!
¡Qué bobo, qué bobo habías sido!

El Cóndor contestó enfurecido:

¡Reúú volador, reúú volador! ¡Jajaulla!
Tu mujer ya está en su casa, ya está en S-U- pueblo

¡Ajaujaulla! ¡Jajaullal

—Tú la has cargado, tú has raptado a mi mujer. ¡Ahora voy, ahora voy! Voy a tragarte entero, voy a engullirte.

— ¡Jajay! ¡Qué Picaflor podría cargar una mujer!

Cantando el Picaflor desapareció en el aire. El Cóndor voló tras él. Lo persigue, trata de rodearlo, da vueltas, da vueltas, pero no logra atraparlo; el Picaflor se escabulle y desaparece. Y como no puede alcanzar al Picaflor, como se le escapa, el Cóndor vuela hacia la casa de su mujer.

Llega a la puerta convertido en un caballero elegante y hermoso. Un cordón de oro le adorna el cuello; sus patas escamosas y sucias están cubiertas por grandes polainas brillantes. Entra a la casa, hablando:

—Mi señor, mi señora, permitidme que pase. Si ha vuelto vuestra hija, devolvédmela que es mía.

—No señor. Nadie ha venido aquí, nadie ha llegado a nuestra casa —le contesta la madre.
Entonces el Cóndor se marcha, cavilando.

Al día siguiente volvió el Picaflor a la casa de la amante

—Ha de ser difícil salvar a tu hija —dijo a la madre. Mañana también vendrá tu yerno. Pero mañana harás hervir agua, y llenarás un tinajón con agua hervida, hasta los bordes. Cuando esté llegando tu yerno a la puerta de la casa, tú ya estarás tapando el tinajón con una manta. Y ahora, obséquiame un ajicito. Ya volveré.

Recibió el ají y se fue.

El Cóndor buscaba en el cielo al Picaflor. El Picaflor volaba hacia la cueva del Cóndor llevando el ají. Se encontraron en el camino. El Cóndor le gritó:

— ¡Ahora sí! ¡Te voy a comer!

Y lo persiguió, dando vueltas, dando vueltas alrededor del Picaflor, para atraparlo. Así llegaron hasta los grandes precipicios de roca. El Picaflor cruzó el aire y se introdujo en un pequeño hueco de las peñas, en un hueco muy chiquito. Entonces el Cóndor metió el pico lo más hondo que pudo: "Voy a sacarlo", decía. Pero no lo alcanzó.

— ¡Sal Picaflor! ¡Sal pronto! —le gritaba desde afuera.

Ahora mismo, ahora mismo, mi gran señor. Espérame un instante, acabaré de calzarme las medias —le contestó el Picaflor.

El Cóndor esperaba, con el pico semi abierto, preparado ya para engullirse el bocado. El Picaflor le habló desde su escondite:

— ¡Ahora mismo, ahora mismo! ¡Ya estoy por salir! Abre el pico, y también el ano; ambas cosas, gran señor.

El Cóndor abrió más el pico; y así, con la boca dilatada, esperaba. El Picaflor salió, de pronto; se introdujo en la boca del Cóndor, y deslizándose por el gargüero, escapó por el ano. Y voló raudamente, perdiéndose en el aire. El Cóndor se quedó aturdido. "Debí mascarlo, ¿cómo es posible que se me haya escurrido así, de un tirón?" se lamentaba. Y emprendió el vuelo, persiguiendo nuevamente al Picaflor. "Tengo que mascarlo", decía.

—Y buscando, buscando en las alturas, lo pudo alcanzar.

— ¡Con que hasta aquí llegaste!, ¡Ahora sí! No has de escapar. Ahora mismo voy a comerte.

— ¡Claro, claro! ¡Quién te dice! Me has de comer —contestaba el Picaflor, pero seguía volando y escapando, El Cóndor le daba vueltas, lo seguía, lo rodeaba. Así lo llevó hasta las peñas. Nuevamente el Picaflor se metió en un pequeño hueco de las rocas.

— ¿Dónde te has metido?¡Sal, que de todos modos te he de comer! —gritaba el Cóndor.

—Ahora mismo, ahora mismo, gran señor! Yo no me opongo a que me comas. Sí, me has de comer, mi señor. Espérame un instante. Voy a moler un poco de ajicito para lamer.

— ¡Ya, ya! ¡Pronto! —llamaba el Cóndor; y miraba, vigilante, la salida del hueco.

—¡Ay madrecita... takk… takk… takk!... ¡Ay padrecito… takk… takk… takk!

El Picaflor molía el ají en el interior del hueco; molía afanosamente. Y le dijo al Cóndor:

—Me puedo escapar; mira que me puedo escapar; abre bien los ojos, señor Cóndor; ábrelos grande, y mírame bien, no dejes de mirar.

El Cóndor abrió los ojos; y así, con las pupilas grandes, vigilaba el hueco. En ese instante, el Picaflor le arrojó violentamente ají molido en los ojos; y -después de haber cerrado los ojos del Cóndor con el ají candente, se fue volando a la casa de la joven amante. Mientras tanto, el Cóndor se revolcaba en el aire, restregándose los ojos; y así estuvo, estremeciéndose, durante mucho rato.

El Picaflor llegó a la casa de la joven. Llamó a la madre:

¡Reúú volador reu Kkenti Picaflor! —Cantó— ¿Qué puedes decir, qué vas a decir? ¡He quemado con ají los ojos de tu yerno! Ahora ha de hervir el agua que te dije. Ya viene tu yerno, ya viene! Es hora de matarlo. Ahora lo matarás. Que el agua salte en los bordes del tinajón. Y taparás el agua con muchas prendas. Cuando llegue tu yerno te ha de preguntar: "Aquí debe estar tu hija, sé que ha venido". Tú le contestarás: "No he visto a mi hija, señor mío". Pero seguirá preguntando: "¿Dónde está tu hija, dónde está? 'Tienes que entregármela". Entonces le dirás: "Entre señor, descanse un rato, tome asiento bajo la sombra de mi techo". Y le invitarás a que pase, lo guiarás. Y cuando esté por sentarse en el poyo, tú le llevarás hasta el tinajón y lo dejarás que sobre él se siente, porque así lo hará. Y cuando caiga en el tinajón, con un gran palo lo ayudarás a hundirse; y aún le echarás agua hervida sobre el cuerpo. Y allí ahogarás al marido de tu hija. Como a una gallina allí lo pelarás. Recuerda que al entrar el Cóndor no debe ver a tu hija, de ningún modo. ¡Ya viene, ya viene! Pon ya el agua a hervir —dijo el Picaflor, y se fue.

La mujer obedeció al pajarillo. Llenó un tinajón con agua hirviente. Luego cubrió el depósito con una manta. Y el tinajón parecía un cómodo asiento. En ese momento el Cóndor entraba a la casa. Y era verdad, tenía los ojos irritados, rojos y encendidos. Pero estaba altivo, fastuoso y elegante.

—Permitidme que entre, que os visite —dijo— ¿Ha llegado ya vuestra hija? ¿Ya sabéis que se vino? —preguntó.

—No señor. Ninguna hija mía ha vuelto a esta casa, ni ha llegado —contestó ella.

— ¡No! —Insistió el Cóndor— ¡Aquí está! ¡Sé que ha llegado! —exigió. La hizo responsable.

La mujer accedió amablemente y le dijo:

—Sí, mi señor. Es cierto. Ahora mismo voy a entregársela. Pero pasad aún, descansad y sentaos un instante — y diciendo esto, lo guió hasta la habitación. Y el Cóndor entró a la casa.

—Así lo condujo hasta el tinajón, y le dijo: —Tomad asiento en este humilde poyo, sobre esta manta.

El Cóndor se sentó. Se hundió en el tinajón; su cuerpo sonó en el agua. Entonces la mujer lo empujó aún más con un gran palo; lo rellenó en el fondo del tinajón. Y le echó encima varios cántaros de agua hirviendo. El Cóndor era ya como una pobre gallina, ya ni sus plumas eran plumas. El cuerpo pelado y blanquecino; sus piernas, sus alas, su cuello y la barriga implu­mes; parecía un gallo viejo desnudo. Su aspecto de gran señor sólo había sido apariencia. Sin embargo, fue un cóndor verdadero.

Los padres, la hija y el nieto podían vivir ahora juntos y tranquilos. Su angustia y sus penas se convirtieron en alegría, en verdadera felicidad. Y de este modo, aún hasta hoy, perdura esa alegría en un pueblo muy lejano.

De Leyendas y Cuentos Peruanos.

lunes, 20 de junio de 2011

Cuento: LOS ESCOLEROS



Por: Jose María Arguedas

El wikullo es el juego vespertino de los escoleros de Ak'ola. Bankucha era el escolero campeón en wikullo. Gordiflón, con aire de hombre grande, serio y bien aprovechado en leer, Bankucha era el "Mana" en la escuela; nosotros a su lado éramos mak'tillos no más, y él nos mandaba.

Cuando barríamos en faena la escuela, cuando hacíamos el chiquero para el chancho de la maestra, cuando amansábamos burros maltones en el coso del pueblo, y cuando arreglábamos el camino para que viniera al distrito el subprefecto de la provincia, Bankucha nos dirigía.

En el trabajo del camino, que era trabajo de hombres, los escoleros obedecíamos callados al mak'ta, diciendo en nuestro adentro que ya éramos faeneros, peones ak’olas, mak'tas barreteros; que Bankucha era nuestro capataz, el mayordomo. Nos limpiábamos el sudor con prosa; descansábamos por ratos, poniéndonos las manos a la cintura, como faeneros de verdad; mientras, Bankucha, parado a la cabeza de la cuadrilla, nos miraba con su cara seria, igual que don Jesús, mayordomo de don Ciprián, principal del pueblo. A veces, nos reíamos fuerte mirando al Banku; pero él no, se creía capataz de veras, nos resondraba con voz gruesa y nos hacía callar; sabía mandar el wikullero. Y los escoleros le queríamos, porque todo lo que hacíamos bajo sus órdenes salía bien, porque odiaba y pateaba a los abusivos, y porque tenía unos ojos bien grandes y amistosos. Cuando faltaba a la escuela, hasta los más chicos le extrañaban y decían entristecidos:

- ¡Dónde estarás Bankuchallaya!

***

Un sábado por la tarde, yo y Bankucha nos paramos en una esquina de la plaza para oír el griterío de los chiwacos que cantaban en los duraznales del cementerio. No había casi gente en el pueblo; todos los comuneros estaban en el trabajo y la mayor parte de los escoleros vivían en los pueblecitos cercanos, en las estan­cias, y se iban los sábados, tempranito.

La tarde estaba húmeda y nublada.

-Bankucha, de poco ya te voy a ganar en wikullo.
-Eres maula, Juancha.
-Ahora, badulaque, vamos a probar en Wallpamayu.

Ak'ola está entre dos riachuelos: Pukarnayu y Wallpamayu; los dos llegan hasta la explanada del pueblo, dando saltos desde la cumbre de la cordillera, y siguen despeñándose hasta llegar al fondo del río grande, del verdadero río que corre por la base de las montañas. Wallpamayu, en miles de años de trabajo, ha roto la tierra, y corre encajonado en un barranco perpendicular y profundo. A la orilla del barranco los ak'olas plantaron espinos, para defender a los animales y a los muchachos. De trecho en trecho, varias plantas de maguey estiran sus brazos sobre el barranco. Pero desde años antes, los escoleros hicieron varios huecos en el muro de espinos, para pasar a la orilla del barranco y tirar los wikullos al río.

El wikullo lo hacíamos de las hojas de maguey: eran unos cuadriláteros con mango, en forma de palmeta. Cada wikullero llevaba amarrado al chumpi o al cinturón un cuchillo hecho de fleje, para cortar, el maguey. Bankucha tenía un puñal de verdad con forro de cuero; se lo regaló don Fermín, un borrachito, amiguero de los muchachos.

-Bankucha, vamos a pelear a iguales. Tú sabes hacer wikullo mejor que yo; si eres legal haz para los dos.

No me contestó el escolar. Se acercó a un maguey, arrancó una hoja larga y cortó seis estupendos wikullos.

-Uno para cada -dijo.
Tomó la delantera y entró, agachándose, por uno de los huecos del cerco de espinos. Detrás del cerco había un espacio corno de tres metros.

El río estaba fangoso, arrastraba ramas de malle y retama, se revolvía entre las grandes, -Piedras' y salpicaba muy alto.
-¡Wallpamayu: algún día te voy a atravesar con mi wikullo, frente a frente!- dijo Bankucha, y; miró la Otra orilla del barranco.

-¡Mentira Wallpamayucha, yo te voy a cruzar antes que el badulaque de Banku!
Levanté mi wikullo, me agaché, encorvando el brazo, hice una flexión rápida, me estiré como un arco, con todas mis fuerzas, y arrojé el wikullo. Recto, de plano, se lanzó silbando, y fue a caer de filo sobre el barranco del frente, a veinte metros del río.
--¿Kunanri, kunanri? (¿Y ahora?) ¡Jajayllas!

Salté a la orilla del precipicio, cerrando el puño; me pareció que ya no podía haber querido en mi vida nada más que eso. ¡Qué alegría! Me daban deseos de patearle al Banku, de pura alegría.

-¡He tocado el frente, mak'ta!- le grité.

Banku se asustó un poco, me miró receloso, como resentido.

--¡Espera wiksa, (barriga) wiksacha!

Se escupió las manos y levantó su wikullo del suelo. Sabía como nadie; abrió las piernas, se agachó, levantó un poco la cabeza; en lo hondo de sus dios había rabia. De repente, saltó, y su brazo se estiró como un zurriago bien tirado. El wikullo se perdió en el aíre, voló recto; pero en medio del barranco se ladeó, se lanzó oblicuo hacia abajo y se despedazó sobre una piedra.

-¡Malhaya viento!
Probó con otro wikullo. Ya no era tiempo, el viento empezó a soplar más fuerte, y se llevó al wikullo, lejos, en la misma dirección de la quebrada. Por primera vez vi al Banku en apuros. Cortaba wikullos de cuatro en cuatro, de seis en seis, me amenazaba antes de tirar cada uno:
-¡Ahora sí! ¡Eres huahua para mí, Juancha!

Sudaba, cambiaba de posturas, se daba viada de distintas maneras. ¡Y nada! El viento estaba contra él; tiraba al suelo todos sus wikullos y los despedazaba. Me dio pena.
-Deja, Banku. Yo por casualidad no más he atravesado el barranco, pero tú eres mak'ta, mayordomo, capataz de escoleros. Mañana, seguro, cuando el aire esté parado, vas a tirar hasta la cabeza del barranco. De verdad Banku.

El mak'ta me agarró del brazo, señaló con la otra mano el sitio donde cayó mi wikullu
-Juancha, desde tiempo has estado alcanzándome, eres buen mak'ta. Si mañana o pasado no te igualo vas a ser primer wikuliero en Ak'ola.

-Bueno, Banku. Pero tú eres capataz, siempre.

Oscurecía. Los trigales jugaban con el viento del anochecer; la neblina se había subido muy arriba y cubría el cielo en todo el horizonte; el mundo parecía en­vuelto en un paño ceniciento, terso y monótono. Los grandes cerros dormitaban en la lejanía.
Por todos los caminos, los comuneros empezaron a llegar al pueblo; unos tras de sus burros cargados de leña, otros arreando una tropita de ovejas; muchos acompañados por sus vecinos de chacra; sus perros entraban al pueblo a carrera, persiguiéndose, dando saltos de regocijo.
-Juancha, de ocho años más, nosotros también vamos a venir como los comuneros, con nuestras mujeres por detrás y el chascha (Perro pequeño) por delante. -Claro, Banku, nosotros somos buenos ak'olas.

Salimos al camino grande que baja a la pampa de Tuly, a la pampa madre de los ak'olas, donde el maíz crece hasta el tamaño de dos hombres.

-Le miraremos un rato más al tayta Ak'chi- dijo Banku.

El tayta Ak'chi es un cerro que levanta su cabeza a dos leguas de Ak'ola; diez leguas, quizá veinte leguas mira el tayta Ak'chi; todo lo que él domina es de su pertenencia, según los comuneros ak'olas. En la noche, dicen, se levanta a recorrer sus tierras, con un cuero de cóndor sobre la cabeza, con chamarra, ojotas y pantalón de vicuña. Muchos arrieros y viajeros cuentan que lo han visto; alto es, dicen, y silencioso; anda con pasos largos, y los riachuelos juntan sus orillas para dejarle pasar. Pero todo eso es mentira. Los pastales, las chacras que mira el tayta Ak'chi, y el tayta también, son pertenencia de don Ciprián, principal del pueblo. Don Ciprián sí, anda de verdad en las noches por las pampas del distrito; anda con su mayordomo, don Jesús y dos o tres peones más; el principal y el mayordomo carabina al hombro y revólver con forro en la cintura; los peones con buenos zu­rriagos; y así arrean todo el ganado que encuentran en los pastales; a látigos los llevan hasta el corral del patrón, y allí los encierran, hasta que mueran de hambre, o los dueños paguen los "daños", o don Ciprián dé quince, diez soles de reintegro , según su voluntad.

-Tayta Ak'chi es respeto, Juancha.
Sus ojos miraban al cerro con esa luz enternecedora que tenían siempre; pero ahora su mirar era más serio y humilde.

-¿Le quieres al Ak'chi, Banku?
-El tayta Ak'chi es patrón de Ak'ola, cuida a los comuneros, a las vacas, a los berracos, a todos los animales; todos somos hijos del tayta Ak'chi.

¡Mentira! Nadie es padre de los comuneros, nadie; solos, como la paja de las punas son. ¿El corazón de quién llora cuando a los comuneros nos desuella don Ciprián con sus mayordomos, con sus capataces?

--Deja, Bankucha; el tayta Ak'chi es upa, no oye; sonso es como el lorito de las quebradas. Vamos a alcanzar más bien a Teófanes; con la Gringa está subiendo por el camino.

Se molestó el escolero, pero no le hice caso, y corrí por el callejón a darle alcance a Teófanes. Banku, al poco rato, me siguió saltando por encima de los romazales.

En la repartición del camino encontramos a Teófanes. Agarrándose del rabo de la Gringa, se hacía arrastrar para no cansarse.

-¡Gringa!

Salté al cuello de la vaca madre y la abracé con fuerza. Banku llegó después, levantó la cabeza de la Gringa por la quijada y se la puso al hombro.
-¡Ya, ya, carago!- gritó Teófanes.

La vaca se paró en el camino, resopló fuerte, y empezó a lamerse la nariz; su olor a leche fresca nos enternecía más.

La Gringa era la mejor vaca del pueblo; el padre de Teófanes que fue arriero, se la trajo, tiernecita, de la costa; y como tenía algunas chacritas de alfalfa y maíz creció bien cuidada y gorda; se hizo grande y cuando tuvo su hijo, daba una arroba de leche al día. El padre de Teófanes murió, cuando la Gringa estaba preñada; la viuda no tenía ahora más animales que esa vaca. La llamaron Gringa, porque era blanca entera y un poco legañosa; la queríamos los escoleros porque íbamos a jugar todos los días a la casa de Teófanes, donde no había nadie que nos resondrase. La viuda era buena y adoraba a Teófanes; y cada vez, por las mañanas, muchos escoleros forasteros tomaban la leche de la Gringa; y también porque era muy mansa, y en su boca de labios abultados, en sus ojos legañosos y azules, en sus orejas pequeñas, encontrábamos una expresión de bondad que nos desleía el corazón. ¡Gringacha! Lo que es yo, la quería como a una madre de verdad.

-Dejen a la Gringa, me ha jalado toda la cuesta y está de mal humor, se ha cansado bien - dijo Teófanes.

-¡Maula ak'ola! ¿No tienes alma para subir cuesta con tus pies? -¿Acaso cuesta es wikullo?
Soltamos a la Gringa para hablar mejor con el escolero.

--Oye, Teófanes, la Gringa está engordando.

-Es que ahora está comiendo en Pak'cha; allí la alfalfa es más dulce. -Cierto, la tierra en Pak'cha es de otro modo, no le iguala ninguna tierra de Ak'ola.

La Gringa empezó a subir paso a paso la cuesta; hacía un gran esfuerzo con las patas traseras para caminar: su ubre llena se mecía y la arrastraba. Caminamos los tres largo trecho, casi sin conversar; íbamos al pie de la Gringa. Los payk'ales y sunchus que crecían sobre los muros del callejón se mecían con el viento y hacían bulla. Bandadas de, palomas y toda clase de aves pasaban velozmente volando muy bajo; se iban a dormir en los bosques del río grande y en los kishuares de Wallpamayu. El cielo estaba completamente negro, por el lado del tayta Ak'chi, y daba miedo.

-¿Sabes, Banku? Don Ciprián ha ido cuatro veces ya a mi casa para que la viuda le venda nuestra Gringa; mi mamá no ha querido y don Ciprián se ha molestado fuerte. "A buenas o a malas", ha dicho, y se ha ido ajeando a su casa. Don Jesús también ha visitado de noche a la viuda y le ha estado rogando por la vaca; dice es vergüenza para el patrón que nosotros tengamos el mejor animal del pueblo.

-¿Y tú qué dices, Teófanes?
- ¡Ja caraya! La Gringa es de mí, de Teofanescha. A mí tiene que matar primero don Ciprián para llevarse a la Gringa.

-A mí también, hermano. Nunca estará la Gringa en el corral del principal.
-¡Endios respetan su palabra, Bankucha!- habló Teófanes.

Ya estábamos frente al muro de espinos, cerca del pueblo. No hablaba ninguno. En nuestro corazón, de repente, creció la pena; todos mirábamos, callados, a la Gringa. Es que don Ciprián era malo, tenía alma de Satanás y ahora le estaba dando vueltas a la Gringa; y la miraba hambriento, con sus ojos verdes, verde sucio, como los charcos podridos.

-Mejor no te acuerdes, Teofacha. Vamos a danzar aquí para la Gringa. En su delante vamos a danzar, como el mak'ta Untu de Puquio.
-¡Yaque!

-¡Yaque!
Hicimos parar a la Gringa, y empezamos a bailar sobre la pampita de romazales. Me sentía ágil, retozón, diestro en el baile indio. Silbábamos la danza del Untu, padre de todos los danzantes de Lucanas; levantábamos en alto la mano derecha, como si lleváramos las tijeras de acero. Y zapateamos, olvidándonos de todo, corno tres pichiuchas (Gorriones) alegres.
La Gringa nos miraba curiosa, con sus ojos tranquilos.

* * *
Empezaba una noche de aguacero cuando nos separamos los tres mak'tillos. Las nubes bajaban poco a poco hasta colocarse a la verdadera altura, desde donde sueltan el granizo primero y después la lluvia. El cielo negro, ya casi sin luz, asustaba; en el tilo de los cerros lejanos ya empezaba el aguacero, corno un tul blanquizco; el viento silbaba, como siempre, antes de la lluvia.

Las calles estaban sin gente y sin animales; los berracos mostrencos y los perros estarían en sus casas y en la cocina de sus dueños. Gran cantidad de hojas verdes, paja y basura, revoloteaba en el aire; el viento veloz, viento de lluvia, los revolvía y arrastraba hacia el río grande.
Tenía frío y pena.

-Don Ciprián va a matar seguro a la Gringa, su alma de diablo se ha encaprichado. Yo, Teofacha, Banku, mak'tillos no más somos; corno hormiga negra somos para el patrón, chiquitos; de dos zurriagazos ya no hay rnak'tillos. Los comuneros son maulas; tantos son pero le tiemblan al principal; yo no le tiemblo; Teofacha y Banku son valientes, pero falta fuerza, falta tamaño. Don Ciprián es solo no más; en los pueblos grandes sí hay muchos principales, muchos platudos; don Ciprián en Ak'ola es único principal pero no hay hombre para él; por gusto, por ser maulas le temen. ¿Acaso no tiene cuello como don Lucas, corno don Kokchi? Cuchillo seguro le entra, wikullo seguro le rompe la cabeza. ¡Juancha, Ban­kucha ; cuesta abajo, desde la cumbre de Piedra Alta, en el camino al río grande! ¡Cómo sanki (el fruto del gigantón) arrojado sobre una roca se pegaría en los retamales el seso de don Ciprián, sobre los troncos de molla! ¡Con wikullo de piedra ! ¡JajayIlas ! ¡Cipriancha, yo no te respeto, yo soy wikullero, hijo de abogado, misti perdido!

Empezó a llover.

Nunca había estado así, entusiasta, hablador, animoso; como candela había en mi adentro; quería dar saltos ; mi corazón se sofocaba; como de potro cansado. -¡Espérate!

Levanté una piedra del suelo.

-Este es wikullo.
(
Miré la pared de una casa sin techo; hacía muchos años que esa pared nueva esperaba que le pusieran tejado. A dos metros del suelo, el albañil había hecho poner, por capricho, una piedra casi redonda; los escoleros le pintaron ojos, nariz y boca; y desde entonces la piedra se llamó Urna (cabeza).

-¡Uma de don Ciprián!

Me agaché, corno en el barranco de Wallpamayu, agarré la piedra por una punta, encogí mi brazo, lo templé bien; y tiré después. La piedra se despedazó de un filo de la Urna, mordiéndole el extremo de la frente.

-¿Y ahora, carago?

Estaba rabioso, como nunca; mi cuerpo se había calentado y sudaba, mi brazo wikullero temblaba un poco.

-¡Juancha es hombre, don Ciprián! Bankucha y Teófanes atraviesan de lado a lado el barranco de Wallpamayu. ¡Wikulleros ak'olas , corno a sanki verde te podemos rajar la cabeza!

Como alocado le hablé a la piedra, a la Urna; le amenacé furioso. Pero me cansé al poco rato, y seguí mi camino andando despacio, desganado. Una tibia ternura creció de repente en mi corazón, y en seguida sentí deseos de llorar.

-¡Gringacha, no hay cuidado! Yo, Bankucha y Teófanes somos wikulleros; en nuestro corazón hay hombre, grande ya. ¡Confía no más, Gringacha!

Me reí despacito; estaba contento de mí, de Teófanes, de Banku, de wikullo de piedra .
Media cuadra caminé callado, tropezando con las piedras y la bosta fresca. Cuando llegué a la esquina me paré de golpe.

-¡Ja caraya!

Mi pecho estaba húmedo con mis lágrimas.

-No importa, por la Gringa es; estoy llorando por la Gringa.

El aguacero empezó a bailar sobre la tierra, me golpeaba sobre las orejas y en la espalda.
Cuando llegué a la puerta de la casa de don Ciprián, me pareció que un rato antes había peleado con alguien, y que estaba triste porque no había sabido patearle como un buen wikullero; estaba descorazonado y miedoso.

El patio se había llenado de agua, pasé el pozo saltando por las piedras planas que servían de puente a la cocina. En la sala, don Ciprián comía junto con su mayordomo y su mujer; en el corredor, varios jornaleros conversaban. Entré a la cocina sacudiendo el agua de mis ojotas .

Facundacha me miró asustada.

-Juancha, don Ciprián está molestoso, dice vas a ir.

Rodeando el fogón, los concertados de don Ciprián: José Delgado, Tomás y Antonio Quispe, Juan Wallpa, Francisco Rondón, se calentaban cerca del fuego. Doña Cayetana, la cocinera, servía arroz en una fuente.

-Juancha- dijo don Tomás -cuidado no más anda; don Ciprián está con mal de rabia.

Sobre la mesa grande de la sala ardía-una cera de iglesia, restos del mayordomaje de don Ciprián; en la cabecera, el patrón se atracaba con un pedazo de carne; a su lado, doña Josefa estaba medio dormida, y frente a ella, don Jesús miraba el mantel, como si tuviera vergüenza. La sala estaba casi oscura; las bancas negras, altas, labradas, puestas en hilera de extremo a extremo, parecían el luto de la sala.

—¿Dónde has catado desde las cinco?

Los ojos verdes de don Ciprián se pusieron turbios; así era cuando le atacaba la rabia; y entonces parecían color ceniza. Esa noche su mirar era peor que otras veces; caía de frente sobre mis ojos, como la luz opaca de los faroles de cuero que usan los indios andamarkas.

—¡Contesta mocoso!

—Con Teófanes y Bankucha he jugado a la entrada del pueblo.

—¡Juancha! Otra vez te voy a hacer tirar látigo. Ya no hay doctor ahora, si eres ocioso te haré trabajar a golpes. ¿Sabes? Tu padre me ha hecho perder el pleito con la comunidad de K'ocha; yo le di treinta libras, tienes que pagar eso con tu trabajo.

—Bueno, don Ciprián.

—No andes con Teofacha, ese cholito dicen me amenaza; mañana, pasado, cualquier día, su vaca tiene que caer en mis potreros. O si no, convéncele para que me venda la Gringa, hasta un temo completo te puedo mandar hacer ; en vez de tres, cuatro días irás a la escuela.

Qué te va a vender la Gringa, don Ciprián! Como a su madre la quiere el Teofacha.

—Este muchacho está con la viuda, don Ciprián; con un poquito de leche lo compran— dijo el mayordomo.

—¡Bueno! Nunca más vas a andar con Teofacha; si te veo, te haré latiguear. Pue­des irte.
En los ojos de doña Josefa había compasión y cariño para mí.

—Anda, Juancha, no te asustes— dijo.

La oscuridad del patio me golpeó en los ojos; el aguacero estaba ya por termi­nar; del tejado goteaba el agua a pocos.

—¡No hay más, Banku! AVikullo de piedra en el camino al río grande! Fuerte hablé en lo negro del patio; me paré un rato para escuchar mi conciencia; seguro tendría valor para tumbarle a don Ciprián.

* * *
Cuando cesó la lluvia empezó el ladrido de los perros. En las esquinas de la plaza los chaschas ladraban, dos, tres horas, por puro gusto; estiraban sus hociquitos hacia el cielo negro y gritaban enloquecidos; a veces peleaban por tropas y se mordían. Kaisercha no más, el perro del patrón, era serio; su cabeza grande, sus ojos chiquitos, su boca de labios caídos, su tamaño —era casi como un becerro—ponían recelosos a los comuneros. ¿Por qué no ladraba Kaisercha? Andaba con la cabeza casi gacha, con el rabo caído, sin mirar a nadie, bien serio; a los otros perritos del pueblo no les hacía caso y de vez en vez no más enamoraba. Los chaschas eran muy distintos; callejeaban todo el día, con las orejitas paradas, el rabo alto y enroscado, andaban alegres y jactanciosos en todo el pueblo. A veces, como de milagro, Kaisercha salía al atardecer hasta la esquina de la plaza, se sentaba un po­co alejado de los otros chaschas y ladraba junto con ellos; los comuneros se de­tenían un rato para oírle. La voz de Kaisercha retumbaba en la plaza, llegaba hasta la quebrada, sonaba bien extraño, dominando el griterío de los chaschas; el ladrar de Kaisercha era corto, grueso, casi como voz de toro, y ahí mismo se notaba que era de perro extranjero.

—Cómo será esos pueblos, don Rikra— hablaban los comuneros— por su perro no más podemos pensar. Sus casas, dice, es de fierro y hay gente peor que hormiga.
—Pero, dice, son malos, se comen entre ellos; de hambre también, dice, se mueren en las calles.

—¿Dónde será eso, don Rikra?

Así, oyendo al Kaisercha, pensábamos en los pueblos lejanos, adonde cada año iba don Ciprián llevando vacas y cameros; y regresaba de dos, de tres meses, trayendo regalitos y soles nuevos, brillantes, como la arena de río grande.

—Como sonsos ladran los chaschas sin tener por qué— dijo José Delgado. —¿Acaso? Los chaschas "miran"; cuando el alma anda en lejos, ladran; pero si está en el mismo pueblo aúllan de tristes.

—Don Francisco ¿El Kaisercha "mirará"?

—No. Kaisercha es upa, el ánima de estos pueblos no puede ver; por eso es silen­cioso siempre; anda enfermo. Seguro alma de Kaisercha se ha quedado en "extranguero"; por eso al oscurecer llora por su alma, le llama con voz gruesa. ¡Pobre Kaisercha! Su ánima estará dónde todavía; a veinte, a treinta, a cien días de Ak'ola; nunca ya seguro va encontrar a su alma.

Doña Cayetana tenía corazón dulce; en su hablar había siempre cariño; quería al gato, al Kaisercha, a las gallinas y, más que a todo, a los escoleros de otras partes, a esos que se iban los sábados por las mañanitas. Me gustaba el hablar de doña Cayetana, en su voz estaba siempre la tristeza, una tierna tristeza que consolaba mi vida de huérfano, de forastero sin padre ni madre.

—Doña Cayetana, capaz vas a llorarte por el chascha grande también; más bien voy a irme.
José Delgado se paró para despedirse, los otros concertados también se levanta­ron.

—Hasta mañana, mamaya.

—Hasta temprano, mak'takuna.

BICI
Se fueron los cuatro, hablando del corazón cariñoso de doña Cayetana.
En la oscuridad de la cocina, los carbones rojos del fogón se apagaban a ratos, cubiertos por la ceniza; el viento y un poco de claridad, entraban por la ventana, que se abría cerca del techo, en el mojinete .

Los chaschas se callaron, el viento también paró un poco; el negro duro de la noche lo redondeó todo, y de pronto se apagó la bulla.

Nosotros, los mak'tillos, nunca pasamos mala noche si hay aunque sea un cue­ro de chivo para tenderlo de cama; el sueño nos quiere.

–¡Juancha, Juancha!

Me llamaba doña Cayetana, pero el sueño me trababa la lengua.

–Juancha, don Ciprián está con mala rabia para ti; mañana tempranito anda con tu segadora al cerco de Jatunrumi y carga alfalfa para los becerros, a las seis ya vas a estar aquí. ¡Juancha!


–Bueno , mamaya, no hay cuidado.

–¡Forasterito! ¡Misticha!

Ya el montón de alfalfa que había cortado era grande cuando en el lomo del Jatun Cruz apareció el primer resplandor del sol; se extendió casi hasta la mitad del cielo y lo iluminó con su luz brillante y alegre. La salida del sol en un cielo limpio siempre me hacía saltar de contento. Dejé mi segadora y me senté sobre la carga de alfalfa para esperar al tayta Inti. Las pocas nubes, que reposaban en ese lado del cielo, se pusieron muy blancas y risueñas; el cielo claro se encendió; las cabezas de los cerros lejanos se azularon con un azul de humo; y de repente sobre el filo del Jatun Cruz brotó un rayo blanco.

–¡Inti! ¡K'oñi Inticha! (tibio sol).

Toda la quebrada se iluminó; los campos se hicieron más verdes; los falderíos y las pampas se animaron; y en frente, aun lado del Jatun Cruz , el respetado tayta Ak'chi levantó su cumbre puntiaguda , grande, sin nubes que le taparan por ningún lado; como si fuera el verdadero dueño de todas las tierras.

Tranquilo y resuelto hice mi carga. Tiré el tercio de alfalfa sobre mi espalda y me eché a andar. Al pasar junto a Jatunrumi vi la huella del camino por donde Banku y algunos escoleros más subían hasta la cima de la piedra.

Jatunrumi es la piedra más grande de Ak'ola, está sentada a la orilla del camino que va a las punas, clavada en la ladera. Por el lado del camino no se le ve tan alta, pero mirada desde el potrero que lleva su nombre, por la parte baja de la ladera, parece un cerro; da vueltas la cabeza cuando se le contempla largo rato. Subir hasta la cabeza de Jatunrumi era proeza de los escoleros mayores y más valientes.

--Esta mañana te voy a subir hasta la punta, Jatunrumi– le hablé.

Confiado y valiente estaba yo esa mañana. Si don Ciprián hubiera pasado acaballo por el camino, seguro le hubiera abierto la calavera con un wikullo de piedra. El calor del sol de la mañana, la altivez del tayta Ak'chi, la alegría de los potreros y los montes, el volar orgulloso de los gavilanes y los killinchos, (cernícalos) me enardecían la sangre; y me volví atrevido .
Tiré mi carga al suelo, salté sobre el cerco del potrero y de ahí empecé a trepar la piedra. Mis dedos se agarraban con maña de las rajaduras, de las puntas que había en la roca; mis pies se afianzaban fácilmente en las aristas. ¡Ni Banku, ni nadie, subía con esa maestría! En un ratito me vi en la misma cabeza de Jatunrumi. Un viento fuerte y silbador me empujaba de la cara hacia atrás, pero me planté tieso en la cumbre, miré todas las tierras de Ak'ola, de canto a canto. El pueblito aplastado en la quebrada, humilde y pobre, daba pena contemplándolo desde Jatunrumi. Estuve buen rato pensando, oyendo al viento, mirando satisfecho los sembríos verdes. Pero ya el sol se puso alto y desde el pueblo empezó a llegar el griterío de las vacas que iban en busca de sus becerros. Sentí otra vete' desaliento, la pena de antes, y el odio que le tenía a don Ciprián se despertó con más fuerza en mi pecho. ¡Malhaya vida!

¿Bajar?; Nunca! Jatunrumi me quería para él, seguro porque era huérfano; quería hacerme quedar para siempre en su cumbre. Como el gorrión que ha caído en la trampa, daba vueltas en la cumbre de la piedra sin encontrar camino. Me echaba de barriga y quería colgarme, pero sentía miedo y me retractaba. Probé a bajarme por todos lados, y apenas avanzaba un poco sentía espanto, mirando el camino como desde la cumbre de un barranco, empezaba a marearme otra vez y regresaba, regresaba siempre.

Y recordé las historias que contaban los comuneros sobre los cerros, las piedras grandes, los ríos y las lagunas.

–De tiempo en tiempo, dice, sienten hambre y se llevan a un mak'tillo;se lo comen enterito y lo guardan en su adentro. A veces los mak'tillos presos recuerdan la tierra, sus pueblos, sus madres y cantan triste. ¿No le has oído tú cantar a Jatunrumi? El corazón de cualquiera llora si en las noches negras, cuando ha parado la llu­via, por ejemplo, canta Jatunrumi con voz triste y delgadita. Pero no es la voz de Jatunrumi, es la voz de los pobres mak'tillos que se ha llevado. Cada cien años no más pasa eso. ¿Cuántos años ya tendrá Jatunrumi?
Pero don Ciprián y don Fermín que habían estado tantas veces en el "extranguero" se burlaban de esos cuentos.

¿Y ahora? Me desesperé. De verdad, Jatunrumi no quería soltarme . Me pareció que de un rato a otro iba a abrirse una boca negra y grande en la cabeza de Jatunrumi y que me iba a tragar. Grité con todas mis fuerzas: las lágrimas saltaron de mis ojos.

– ¡Auxilio comunkuna, mak'takuna!

Me tumbé sobre la piedra y lloré, arañando la roca dura. Cerré los ojos. Y rogué con voz de becerrito abandonado:

-¡Jatunrumi Tayta: yo no soy para ti; hijo de blanco abugau; soy mak'tillo falsificado. Mírame bien Jatunrumi, mi cabello es como el pelo de las mazorcas , mi ojo es azul; no soy como para ti, Jatunrumi Tayta!

En eso me hizo saltar el llamar ronco de don Jesús.

-¡Eh, Juancha, Juancha!

Me serené ahí mismo, viendo a don Jesús. Estaba en su caballo moro, sin saco; a alcanzarme no más venía, seguro. Estaba rabioso, su cara malograda por la vi­ruela daba miedo cuando estaba enrabiado. Pero sentí agradecimiento por él.

-¡Taytay, me has librado! Jatunrumi quería comerme- le grité desde arriba.

Se bajó del caballo, saltó el cerco del potrero; de allí subió hasta la mitad de la piedra, porque era fácil, y me tiró su cabestro. Amarré la soga en una punta de la piedra y me solté, agarrándome del cabestro. Caí sobre don Jesús. El mayordomo me levantó de la cintura y casi me botó al suelo.
-¡Carago! ¡Mejor te mataría!

Me tiró sobre un graderío de la piedra. Como un gato me bajé hasta el cerco; salté al camino y corrí para cargar mi tercio de alfalfa. Cuando levanté la carga la acomodé bien en mi espalda, de mis manos salía bastante sangre; el cabestro me había desollado a su gusto. Sin mirar atrás corrí por el camino; las piedrecillas del suelo se metían bajo mis ojotas , como nunca, y me arañaban; tropezaba a cada rato y del dedo gordo de mi pie se hizo sangre.
-¡Pero de Jatunrumi me ha salvado!

Gritaba casi y me aventaba cuesta abajo, sin acordarme siquiera del mayordomo.
Cuando ya estaba cerca del pueblo oí el galopar del moro; un rato después sentí un latigazo en mi cuello.

¡Carago muchacho! ¡Maldito'e mierda!

Casi me atropelló el caballo. Don Jesús hizo fuerza para sujetarlo y regresó de nuevo con el látigo en alto. Para librarme salté al cerco del camino y me tiré al otro lado.

-¡Mi cabestro, carago, se ha quedado en la piedra! ¡Anda, sal, cojudo! Si no, me bajo y te mato en el sitio.

Sus ojos chiquitos, de chancho cebado, se afilaban para mirarme; ardían en su cara como dos chispas.

-¿Sales o no sales?

- ¡Taytay! •Cómo pues? ¡No me pegues! ¡Mi mano está con sangre, mi pie también! ¿Qué más ya quieres?

Le enseñé mis manos.

-¡Bueno! ¡Sal y anda por delante!

Levanté mi alfalfa sobre el cerco e hice rodar la carga al camino. Después subí yo.

-¡Para desfogar mi rabia uno te voy a dar!

En mi espalda hizo reventar su látigo, como si yo fuera perro o becerro mañoso. Me tumbé de cara y me eché sobre la alfalfa fresca. Sentí tibio dentro de mi pecho; me pareció que mi corazón se acababa poco a poco y que se iba a dormir para siempre.

Don Jesús se quedó callado un rato. Después se bajó del caballo y se agachó para mirarme la cara. Seguro en mi oreja estaba la sangre que había salido de mis manos. Me tocó la cabeza con su mano gruesa de zurriaguero, de arreador de vacas.

-¡Juancha ! ¡Malhaya rabia, carago!

Me levantó hasta su pecho. Sus ojillos estaban casi llorosos.
-¡Carago rabia! ¡Juancha, pierdóname! ¡Como perro soy cuando enrabio! Me dejó otra vez en el suelo; levantó el tercio de alfalfa, lo puso delante de la montura; saltó sobre el potro y se fue al galope.

Yo estaba bien malogrado. Me dolían el cuello, la espalda, el pie y las manos. Malhaya vida!

El sol brillaba con fuerza en el cielo limpio; su luz blanca me calentaba el cuerpo con cariño, se tendía sobre la quebrada, y sobre los cerros lejanos parecía azuleja. Los cernícalos peleaban alegres en el aire; los pichiuchas gritoneaban sobre los montoncitos de Laya y sunchu. Todo el mundo parecía contento. En la cabecera de Ak'ola, el agua de Jatunkocha, de la cual tomaba el pueblo, se arrojaba cantando sobre la roca negra .

Me senté a-la orilla del camino.

-Ak'ola es bonito.

El fresco de la mañana, la alegría de la quebrada madre, me consolaban de nuevo.

--Algún día en Ak'ola se morirá el principal y los comuneros vivirán tranquilos, arando -sus chacras , cantando y bailando en las cosechas, sin llorar nunca por culpa de los mayordomos, de los capataces. Querrán libremente a sus animales, con todo el corazón, como Teofacha quiere a su Gringa. Ya nadie hará reventar tiros y matará de lejos a las vaquitas hambrientas; porque todas las quebradas y las pampas que mira el tayta Ak'chi serán de los comuneros. Yo también me quedaré con los "endios", porque mi cariño es para ellos; seré buen mak'ta ak'ola. ¡Ja caraya!

Estuve pensando largo rato en la felicidad de los comuneros de todas partes.

--Los indios son buenos. Se ayudan entre ellos y se quieren. Todos miran con ojos dulces a los animales de todos; se alegran cuando en las chacritas de los co­muneros se mecen, verdecitos y fuertes, los trigales y los maizales. ¿Por culpa de quién hay peleas y bullas en Ak'ola? Por causa de don Ciprián no más. Al principal le gusta que peleen los ak'olas con los lukanas, los lukanas con los utek' y con los andamarkas. Compra a los mestizos de los pueblos con dos o tres vaquitas y con aguardiente, para que emperren a los comuneros. Principal es malo, más que Satanás; la plata no más busca; por plata no más tiene carabina, revólver, zurriagos, mayordomos, concertados; por eso no más va al "extranguero". Por la plata mata, hace llorar a los viejitos de todos los pueblos; se emperra; mira como demonio, ensucia sus ojos con la mala rabia ; llora también por la plata no más. ¿Dónde, dónde estará el alma de los principales?

Y desde lejos le apadrinan; desde lejos vienen soldados para respeto de los principales. Allá , seguro, hay como un padre de todos los patrones y seguro es más grande; seguro tiene rabia y odio no más en su cabeza, en su pecho, en su alma; y don Ciprián también es mayordomo no más de él... ¡Malhaya vida!

No los había visto. Don Ciprián y don Jesús pasaron a carrera el puente de Wallpamayu, montando cada uno sus mejores aguilillos. El overo del patrón empezó a subir la cuesta a galope y el moro le seguía levantando la cabeza, arqueando el cuello.
–A la chacra estarán yendo– pensé .

Me oculté tras de un monte de k'antu. Al poco rato los dos caballos pasaron. Cuando ya no se oía el ruido de los herrajes, salí al camino y me fui derecho al pueblo.

Estaba como enfermo, tenía pena.

Yo no era un mak'tillo despreocupado y alegre como el Banku. Hijo de misti, la cabeza me dolía a veces, y pensaba siempre en mi destino, en los comuneros, en mi padre que había muerto no sabía dónde; en los abusos de don Ciprián; y los• odiaba más que Teofacha, más que todos los escoleros y los ak'olas.

* * *

Doña Cayetana me frotó las manos con unto, mientras sus dulces ojos llora­ban.

–¡Animal, bien animal es don Jesús!

–¡Ja caraya! Yo soy hombrecito de verdad doña Cayetana; eso no me duele; más bien he escapado de Jatunrumi. Don Jesús, aunque perro, me ha librado.

Pero la doña no se convencía; sus lágrimas chorreaban sobre su monillo, como si ya me hubiera muerto. De su cajón de retazos sacó un pedazo de tocuyo nuevo y empezó a vendarme la mano. En ese momento llegó a la cocina doña Josefa. La patrona se asustó viendo mis heridas y me llevó a su cuarto para curarme.

FI cuarto de la patrona estaba a continuación de la sala; tenía una sola puerta, era oscuro. La ventana que se abría al coso de don Ciprián era chica y alta, apenas alumbraba un poco. El catre en que dormían los principales parecía una casa, tenía techo en forma de cúpula y una corona en la punta; era bien alta y ancha. En un rincón del dormitorio tenía doña Josefa una vitrina donde guardaba sus remedios.

–Sabe Dios cómo te habrán herido; bueno, eso no importa– dijo doña Josefa. Con un algodón echó yodo a mis heridas. El ardor me hizo saltar lágrimas. Des­pués me envolvió las manos con un trapo suave.

–Don Ciprián se ha ido a las punas con el mayordomo; de cuatro días van a regresar– me dijo .
–¿Cierto, señoray?

–¿Te alegras?

–Don Ciprián tiene mala voluntad para mí, mamaya.

–La verdad es la verdad, Juan.

–A ti sí te quiero, mamita.

–Esta noche vamos a cantar con guitarra en el corredor.

–¡No hay herida, mamay! ¡No hay herida! ¡Alegría no más hay en mi pecho, en mi mano también!

Casi grité en el cuarto de la patrona. Quería bailar; como si toda mi vida hubiera estado en jaula y de repente fuera libre. Quería echarme a correr gritando, abrien­do los brazos, como los patitos del río grande.


–Sentado tienes que estar todo el día, por tu herida.

–¡No, mamaya!

Escapé a carrera del cuarto; de un salto pasé las gradas del corredor y me di una vuelta en el patio. El sol reía sobre la tierra blanca de las paredes.

Doña Josefa salió al corredor y me miró seria. Un poco avergonzado, subí las gradas y me senté en el poyo.

–Aquí el almuerzo, aquí la comida, rnamacha– le dije .

La casa estaba vacía a esa hora. Los concertados venían muy temprano por su coca y se iban en seguida a las chacras. Doña Cayetana y Facundacha eran las únicas que se quedaban para servir a la patrona.

***
Así era siempre cuando don Ciprián se iba a las punas; nunca avisaba un día ni dos días antes. En la víspera, el mayordomo ocultaba las carabinas en el camino, y por la mañana ensillaba los mejores caballos. Antes de montar don Ciprián le decía a su mujer el lugar donde iba, y listo.
Esos días en que el patrón recorría las punas eran los mejores en la casa. Los ojos de los concertados, de doña Cayetana, de Facundacha, de toda la gente, hasta de doña Josefa, se aclaraban. Un aire de contento aparecía en la cara de todos; andaban en la casa con más seguridad, como dueños verdaderos de su alma. Por las noches había juego, griterío y música, hasta charango se tocaba. Muchas veces se reunían algunas pasñas y mak'tas del pueblo, y bailaban delante de la señora, rebosando alegría y libertad.

De dos, de tres días, el tropel de los animales en la calle, los ajos roncos y el zurriago de don Jesús, anunciaban el regreso del patrón. Un velito turbio aparecía en la mirada de la gente, sus caras se atontaban de repente, sus pies se ponían pesados; en lo hondo de su corazón temblaba algo, y un temor frío correteaba en la sangre. Parecía que todos habían perdido su alma.

Al día siguiente empezaban a llegar comuneros de todos los pueblos cercanos y de las alturas; con las caras llorosas, humildes, entraban al patio. Don Ciprián los esperaba, parado en el corredor.

–¡Taytay!– decían–. Mi animalito dice lo has traído.

–¡Tu animalito! ¿Mis pastales son de ti? Las cabras, caballos y vacas de todos ustedes han acabado mis pastales. Una libra. O yo te daré veinte soles de reintegro . Y asunto arreglado.

Don Ciprián no cejaba nunca; se reía del lloriqueo de todo el mundo y siempre salía con su gusto. Los comuneros recibían casi siempre los veinte soles y después se iban, agachados, limpiándose las lágrimas con el poncho. Cada vez que veía llorar a esos hombres grandes, me asustaba del corazón de don Ciprián: –"No debe ser igual al de nosotros– decía–. Más grande será, y duro. Grande, pero redondo; pesado, como de un novillo viejo."

¿Y por qué cobraba una libra, dos libras, don Ciprián? Porque los animales de los comuneros comieron unos cuantos días la paja seca de una puna indivisa y sin cuidanza, sin cercos. Y ni siquiera se sabía dónde empezaban las punas del patrón y dónde las de las comunidades. Don Ciprián decía no más: "–Hasta aquí es de mí"–. Y todo animal que encontraba dentro del terreno que señalaba con el dedo, se lo llevaba de "daño".

Cada año morían reses en el corral de don Ciprián. Los comuneros, no todos le respetaban igual • por aquí por allá, había uno que otro indio valeroso que se paraba de hombre y le contestaba fuerte al principal; no pagaba el "daño". Pero el patrón casi no se molestaba; tranquilo hacia morir de hambre al animal; después, lo hacía arrastrar hasta la puerta del dueño. Pero cada animal muerto en su corral agrandaba el odio que le tenían los ak'olas, los lukanas y toda la gente del distrito. A veces, muy de tarde en tarde, don Ciprián no encontraba peones; todos los ak'olas se convenían y se negaban a ir a trabajar para el principal. Entonces el patrón rabiaba, se ponía como loco; correteaba a caballo por todas partes, reventando tiros, matando chanchitos mostrencos, perros y hasta vacas. Los comuneros se dejaban ganar con el miedo y se ahumildaban; unos tras otros se sometían.

¡Por eso es mentira lo que dicen los ak'olas sobre el tayta Ak'chi! El ork'o (montaña) grande es sordo ; está sentado como un sonso sobre los otros cerros; levanta alto la cabeza, mira "prosista" a todas partes, y en las tardes se tapa con nubes negras y espesas, para dormir tranquilo. Por las mañanas el tayta Intí le descubre y los cóndores dan vueltas lentamente alrededor de su cumbre . Una vez al año, en febrero, no se deja ver; las nubes de aguacero se cuelgan de todo su cuerpo y el tayta descansa envuelto en una negra noche. Viendo eso, los ak'olas también se equivocan: dicen que conversa con el Taytacha Dios y recibe de "Él" las órdenes para todo el año. ¡Mentira! El Ak'chi es nada en Ak'ola, Taytacha también es nada en Ak'ola. En vano el ork'o se molesta, en vano tiene aire de tayta, de "Señor"; nada hace en esas tierras; para el paradero de las nubes no más sirve. El Taytacha San José, patrón de Ak'ola, tampoco es dueño del distrito: en vano el 6 de agosto, los comuneros le sacan en hombros por todas las calles; por gusto en la víspera de su día hacen reventar camaretas desde Suchuk'rumi; en vano le ruegan con voz de criaturitas. Él también es sordo como el tayta Ak'chi; es ami­guero, más bien, del verdadero patrón, don Ciprián Palomino; porque en su fiesta el principal le besa en la mano, y no como los ak'olas en una punta de la capa; a ve­ces hasta se ríe en su delante y echa ajos roncos con confianza. ¡Don Ciprián sí! Don Ciprián es rey en Ak'ola, rey malo, con un corazón grande y duro, como de novillo viejo. Don Ciprián se lleva las reses de cualquiera; de él es el agua de todas las acequias, de todas las lagunas, de todos los riachuelos; de él la cárcel. El tayta cura también es concertado de don Ciprián; porque va de puerta en puerta, avisando a todos los comuneros para que se engallinen ante el principal. Don Ciprián hace reventar su zurriago en la cabeza de cualquier ak'ola; no sabe entristecerse nunca yen el hondo de sus ojos arde siempre una luz verde, como el tornasol que prende en los ojos de las ovejitas muertas. Cuando ven la plata no más sus ojos brillan y se enloquecen.

* * *
Todo el día estuve en el corredor, sentado sobre un cuero de llama. El día fue bueno; el sol brilló hasta muy tarde, y no hizo viento. Ya casi al anochecer se elevaron nubes de todas partes y taparon el cielo, pero no pudo llover.

–No– decía–. Esto no es para aguacero; se va a derretir sin lluvia no más. Y así fue.
Al oscurecer llegaron los concertados y los peones. Cuando supieron que don Ciprián se había ido a las punas, se reunieron alegremente en el patio y empezaron a conversar como si estuvieran en su casa.

–Los trigales están bonitos; el año es bueno, don Tomás.

–Seguro. Ya podrás ahora tapar la barriga a tus seis hijos.

–Seguro. Dice le has palabreado a la Emiliacha, de don Mayta ; a ver si el año bueno te hace alcanzar para ella más.

–Como alcahuete eres, don Tomás. Oliendo, oliendo no más paras.

Los dos ak'olas se agarraron pico a pico; sin rabiar de veras, tranquilos, se insultaban para hacer reír a los demás.

–Huahua eres don Tomás. ¿No han visto ustedes a los pollitos? Tienen el trasero inflado, como botija, igual que don Tomás.

–Espera un ratito don José. ¿No le han visto la cara al gato cuando está orinando? ¡Ja caraya! Bien serio, como un cura en oración se pone; pero causa risa el pobrecito. ¿Mírenle la cara, a ver, a don José?

Don Tomás vencía siempre, tenía fama en Ak'ola, era el campeón del insulto. Los domingos, en los repartos de agua, don Tomás era principal en la tarde. Antes de empezar el reparto los comuneros le rodeaban. El corredor de la cárcel se llenaba de gente. Uno se atrevía a desafiarle:

–Ya, don Tomás, si quieres conmigo.

–Pobrecito. No hay para mí en Ak'ola. No le han visto...

Los escoleros nos subíamos a los pilares del corredor para ver la cara que ponía al insultar y para oír mejor. Dos, tres horas se reían los ak'olas; dos, tres horas, mientras don Ciprián llegaba y mandaba el reparto.

–Este don Tomás es la alegría de los ak'olas– decían los comuneros. José Delgado era discípulo de don Tomás. Los dos trabajaban de concertados en la casa de don Ciprián.

La pelea terminó cuando doña Cayetana hizo llamar a los peones para la cena. Ya en ese momento José Delgado no hablaba; sentado sobre un tronco de molle que servía de estaca para amarrar caballos, oía los insultos de don Tomás, con la boca abierta, sin reírse, aprendiendo. Los otros mak'tas llenaban la casa a carcajadas; algunos hasta pateaban el suelo y sus risas crecían a cada rato. Para eso estaba lejos el patrón. Nunca se hubieran reído así, delante del principal.

En la noche, el cielo se despejó un poco y las estrellas alumbraron alegres el pueblito.

Toda la gente de la casa se reunió en el corredor. Junto a la sala se sentó doña Josefa, en su sillón grande; en el que servía el 6 de enero para hacer el trono de Herodes. A un lado y a otro, sobre el poyo, algunos concertados que se quedaron para conversar con la patrona. Doña Cayetana, Facundacha y las pasñas Margacha y Demetria, que vinieron a la casa por encargo de la señora, se sentaron juntas .

Sobre una silla bajita pusieron una lámpara.

Casi no nos veíamos la cara; el corredor estaba semi-oscuro y el silencio de la calle entraba hasta la casa. Desde el fondo de la noche, las estrellas pestañeaban, sus lucecitas se quedaban ahí, pegadas en el cielo negro, sin alumbrar nada. –Margacha. Voy a tocar "Wikuñitay", con Juancha vas a cantar. Doña Josefa templó su guitarra y empezó a tocar "Wikuñitay".

Sobre las pampas frías, junto al ischu silbador, recibiendo el agua y la nieve de los temporales, las vicuñitas gritan, mirando tristemente a los viajeros que pasan por el camino. Los indios tienen corazón para este animalito, le quieren; en sus ojos turbios prende una ternura muy dulce cuando se la quedan mirando, allá, sobre los cerros blancos de la puna, mientras ellas gritan con su voz triste y delgada.

Wikuñitay, wikuñita:
¿Por qué tomas el agua amarga de los puquiales?
¿Por qué no bebes mi sangre dulce,
la sal caliente de mis lágrimas?
Wikuñitay, wikuñita. Wikuñitay, wikuñita:
No llores tanto, porque mi corazón duele;
eres como yo no más, sin padre ni madre, sin hogar;
pero tú siquiera tienes tu nieve blanca, tu manantial amargo.

Ellos se quejan a la wikuñita; a la torcaza, al árbol, al río, le cuentan sus penas . Desde mak'tillos aprendemos a querer a los animales, a los luceros del cielo, al agua de los ríos .

Wikuñitay, wikuñita:
llévame con tu tropa, correremos llorando sobre el ischu,
lloraremos hasta que muera el corazón, hasta que mueran nuestros ojos;
te seguiré con mis pies, al fangal, al río, o a los montes de k'eñwa .
Wilafflitay, wikuñita.

–No hay como tú, nadie, cantando tristes. Las tonadas de puna te gustan, como si hubieras nacido en Wanakupampa.

–Tonada de puna es triste, mamacha, igual a mí.

–Pero ahora no estamos para llamar a la puna; más bien mamita cantaremos un kachaspari sanjuanino.

–¡Eso es!

–Bueno. Margacha y Crisu que bailen.

Doña Josefa tocó "Lorito", el huayno alegre de la quebrada. Doña Josefa es guitarrista de verdad.

Los dos waynas (jóvenes) empezaron a bailar al estilo sanjuanino: el hombre con el pañuelo en alto, dando vueltas como gallo enamorado alrededor de la pasña; Margacha zapateaba en el mismo sitio, balanceando el cuerpo, coqueteando con Crisucha.
- ¡Ya, Juancha! El "Lorito".

Lorito de la quebrada, bullicioso,
lorito, amigo de los solteros.
Sílbale, sílbale fuerte,
despiértala que ya es muy tarde;
grítale, grítale, que ya es muy tarde

Doña Josefa rasgueaba fuerte la guitarra; los concertados y las otras mujeres palmeaban, y le daban ánimo a la pareja. Sin necesidad de aguardiente y sin chicha, doña Josefa sabía alegrarnos, sabía hacemos bailar. Los comuneros no eran disimulados para ella, no eran callados y sonsos como delante del principal; su verdadero corazón le mostraban a ella, su verdadero corazón sencillo, tierno y amoroso . ¿Acaso el Crisucha que bailaba esa noche con tanta prosa, levantando airoso la cabeza y dando vueltas a Margacha como un gallo fino a sus gallinas, era igual al otro Crisucha, a ese que saludaba humilde al patrón, encorvándose, pegándose a la pared como un chascha frente al Kaisercha?

–¡Don Ciprián es como Satanás!– le dije rabiando a mi alma–. ¡Su mirar no más engallina a
los comuneros!

Esa noche, la bulla de los mak'tas y de las pasñas alegres no me gustó como otras veces; pensaba mucho en don Ciprián; se había clavado muy adentro en mi vida; por cualquier cosa le recordaba y la rabia hacía saltar mi corazón. En vez de retozar en el corredor como una vizcacha alegre, me salí a la calle como quien va a orinar.

Yo, pues, no era mak'tillo de verdad, bailarín, con el alma tranquila; no, yo era mak'tillo falsificado, hijo de abogado ; por eso pensaba más que los otros escoleros; a veces me enfermaba de tanto hablar con mi alma, pero de don Ciprián hablaba más. Otras veces sentía como una luz fuerte en mis ojos:

--¿Y por qué los comuneros no le degüellan en la plaza, delante de todo el pueblo?
Y me alegraba hasta volverme sonso.
–¡Eso sí!– gritaba. –¡Como a toro mostrenco, con el cuchillo grande de don Kokchi!

Esa noche miré hacia las punas. Las estrellas alumbraban un poco a los cerros lejanos: Osk'onta, Ak'chi, Chitulla, parecían durmiendo tranquilos en el silencio.

Estará rajando el lomo de las pobres vaquitas que han entrado de "daño" en sus pastales! A una que otra las tumbará de un balazo. Mañana, pasado, llegará aquí, haciendo sonar sus espuelas, mirando enojado con sus ojos verdosos. Después llorarán los viejecitos de Wanakupampa, de Lukanas, de Santiago. ¡Malhaya vida! ¿Por qué los comuneros ak'olas, puquios, andamarkas, lukanas, chillk'es no odiarán a los principales, como yo y Teofacha a don Ciprián? ¡Cómo a sapo le reventaríamos la panza a pedradas!

Daba vueltas frente al zaguán del principal; la rabia me calentó la cabeza y como un gato juguetón, daba vueltas, buscando mi sombra .

Hasta el primer canto del gallo, doña Josefa nos hizo bailar en el corredor. Todos los estilos de huayno cantamos con la guitarra: estilo Puquio, Huamanga, Oyolo, Andamarka, Abancay. Al último doña Josefa cantó su huayno:

No quieras hija mía a hombres de paso,
a esos viajeros que llegan de pueblos extraños.
Cuando tu corazón esté lleno de ternura,
cuando en tu pecho haya crecido el amor;
esos hombres extraños darán media vuelta y te dejarán.
Más bien ama al árbol del camino,
a la piedra que estira su sombra sobre la tierra.
Cuando el sol arda sobre tu cabeza,
cuando la lluvia bañe tu espalda;
el árbol te ha de dar su sombra dulce,
la piedra un lugar seco para tu cuerpo

Don Ciprián trajo a doña Josefa desde Chalhuanca; allá fue de viajero, como hombre de paso, y ahora era su señor, como su patrón, porque a ella también la ajeaba y golpeaba. Doña Josefa era humilde, tenía corazón de india , corazón dulce y cariñoso. Era desgraciada con su marido; pero vino a Ak'ola para nuestro bien. Ella lo comprendía, y lloraba a veces por todos nosotros, comenzando por su becerrerito Juancha. Por eso los ak'olas le decían mamacha, y no eran disimulados y mudos para ella.

–Mamacha, no cantes eso– le dijimos todos.

Destempló rápidamente todas las cuerdas de su guitarra y se bajó de la silla. –Ya ha cantado el gallo.

Los concertados y las pasñas se despidieron de doña Josefa, estrechándole la mano con respeto.

–Que duermas bien mamita, suéñate con el cielo– dijo doña Cayetana. Yo me guardé para el último.

Cuando nos quedamos solos me acerqué a mi patrona y casi en secreto le dije al oído:

–¡Mamita! ¿Por qué será tan perro don Ciprián? Le odio mamay, porque te pega en tu cara de mamacha, porque quiere llevarse a la Gringa hasta el extranjero, porque es perro y sucio.

En los ojos de la mamacha prendió una honda tristeza, todo el amargo de su vida se apretó en sus ojos.

–¡Pero los indios te quieren, mamita ! Comuneros saben que tu corazón es bueno. Para nosotros eres, no para don Ciprián.

–Yo soy para necesitados. Juancha. ¡Mamacha Candelaria que me bendiga! La tristeza de sus ojos se apagó de repente cuando se acordó de la Virgen, y una humildad de chascha se reflejó en su cara.

–¡Mamacha Candelaria!

Los gallos cantaron otra vez. La abracé a mi patrona y me fui a dormir. Casi ya no tenía rabia, ni pena; doña Josefa me contagió su humildad y me dormí bien, como buen mak'tillo.

* * *
--Don Ciprián se ha ido a las punas.

–Don Ciprián ha ido de "viague".

Los ak'olas hablaban con alegría de la ausencia del principal; sólo algunos que tenían animales en los pastales de la puna estaban tristes; pero eran pocos. Ak'ola casi no tiene punas; las estancias de don Ciprián pertenecen a Lukanas, el pueblo más próximo al distrito de Ak'ola. Don Ciprián se apoderó por la fuerza de las tierras comunales de Lukanas, les hizo poner cercos y después trajo al juez y al sub-prefecto de la provincia; las, dos autoridades le dieron papeles y desde ese momento don Ciprián fue dueño verdadero de Lukanas y Ak'ola. Pero el patrón vivía en Ak'ola, porque el pueblecito está en quebrada y es caliente, Lukanas es puna y allí hace frío. Por eso, cuando don Ciprián iba a recorrer las punas, traía animales de lukaninos, de los wanakupampas y de otras comunidades; de vez en vez caía una vaca de los ak'olas.

Hablando francamente, los ak'olas no se llevaban bien con los lukaninos; todos los años se quitaban el agua, porque los terrenos de los dos pueblos se riegan con el agua de Jatunk'ocha, una laguna grande que pertenece por igual a los dos pueblos. De los siete días de la semana el yakupunchau jueves era para los ak'olas, el miércoles del cura y los demás días para el principal, don Ciprián Palomino. El patrón les daba voluntariamente uno o dos días a los demás mistis de los dos pueblos, Pero los lukanas, apoyados por don Ciprián, querían tapar la laguna desde las tres de la tarde del jueves, y por eso eran las peleas. Desde tiempos antes las dos comunidades se tenían mala voluntad. En carnavales yen la "escaramuza" , I ukaninos y ak'olas peleaban, como en juego, hondeándose con manzanas y desafiándose a látigos; pero en verdad, se golpeaban con rabia y todos los años morían uno o dos por bando. Nosotros, los escoleros, también jugábamos a veces imitando a los dos pueblos: nos dividíamos en dos partidos, ak'olas y lukanas, y peleábamos a pedradas y látigos; muchos salían con la cabeza rota y sangrando. En wikullo hacíamos lo mismo; yo era lukana y Bankucha ak'ola.

No había, pues, mucho peligro para los ak'olas cuando el patrón iba a recorrer las punas; al contrario, andaban alegres, libres, animosos; hasta el día era más claro y el pueblo mismo parecía menos pobre.

Pero nosotros los escoleros aprovechábamos mejor el viaje del principal; nos hacíamos dueños de la plaza y del coso del pueblo. Nos reuníamos al atardecer en el corredor de la cárcel. Bankucha organizaba algún juego y gritábamos a nuestro gusto, sin temor a nada, como mak'tas libres. Nos reíamos fuerte, llenábamos el cielo con nuestra alegría.
Esto no se podía hacer cuando don Ciprián estaba en el pueblo. Entonces jugá­bamos callados, como sonsos escogíamos los juegos más humildes: la troya, el lek'les , el ak'tok ; todos, juegos de tinka (boliches); porque si gritábamos muy fuerte, don Ciprián salía a la puerta de su tienda que da a la plaza, echaba cuatro ajos con su voz de toro, y todos los manillas escapaban por las esquinas; la plaza quedaba en silencio, vacía, muerta como el alma del patrón .

* * *
Llegó el domingo y don Ciprián no regresaba de las punas . Bankucha gritó desde el corredor de la cárcel:

–¡Mak'tillukuna: kuchi mansay! (Amansar chanchos).

Los escoleros ak'olas saltaron de todas partes y corrieron hacia la puerta de la cárcel.

–Dos, tres, cinco, diez.– Bankucha silbó fuerte con la uña entre los dientes. Por las cuatro esquinas aparecieron los mak'tillos, corriendo con las manos en alto. –¡Kuchi mansay!
Llegaban gritando al corredor. I

--¡Bankucha! ¡Mayordomo!

Bankucha contó las cabezas.

–Veintinueve . Completo. A ver: cinco, con Juancha por chancho de doña Felipa; tres con Teofacha a la Amargura; tres a Bolívar; cuatro a Lampata... Yo con tres en el coso. ¡Yaque!

Todas las comisiones volaron con el capataz a la cabeza.

La plaza estaba alegre; en las cuatro esquinas y en la puerta de las tiendas, conversaban separadamente comuneros y mistis.

El cielo estaba limpio y el sol alumbraba, como riéndose de verdad. El pueblo y el campo verde parecían más anchos, más contentos que otras veces. Nosotros, los escoleros ak'olas, corríamos por las calles buscando chanchos mostrencos, con la cara al sol, libres, felices, porque el Diablo de Ak'ola estaba lejos. Los otros mistis eran nada, calatos, rotosos, sólo cuando estaban borrachos y al lado de don Ci­prián se hacían hombres y abusaban.

Los comuneros nos veían pasar y se reían a boca llena.

El chancho rubio de doña Felipa, era el padre , el patrón de todos los cuchis Kolinos; por su tamaño parecía burro maltón; tenía una trompa larga, casi puntiaguda; orejas anchas como hojas de calabaza; y cuando corría, esas orejas sonaban igual que matracas; pero era flaco y chúcaro, cabizbajo y traicionero. El kuchi de doña Felipa era para el mayordomo de los escoleros: Banku Puso.

Doña Felipa era la vieja más temible de Ak'ola; vivía solita en un caserón antiguo, frente a un pampón que en tiempo de lluvias se llenaba de agua y formaba laguna. Era beata y tenía para su uso una llave de la iglesia. Decían que todas las noches iba a la iglesia a hacer rezar a las almas. Muchas veces, al amanecer, cuando todo estaba oscuro todavía, yo la encontraba saliendo de la iglesia, toda agachada, envuelta en su pañolón verde y caminando despacito. Los escoleros le tenía­mos miedo; era muy seria, rabiosa, odiaba a los chiquillos y tenía unos bigotes muy negros y largos. Por eso en comisión por su chancho fui yo con cuatro ayu­dantes.

-Hay que ser mak'ta para llevar chancho de doña Felipa.

El chiquero del kuchi estaba frente al caserón de doña Felipa; la puerta tenía doble pared, era alta; pero entre los cinco botamos las piedras y limpiamos la salida en un rato. Cuando vio la puerta franca, el kuchi agachó la cabeza y pensó un momento, después dio un salto y escapó a la pampa. Corrimos tras de él, látigo en mano, y lo enderezamos hacia la plaza. El kuchi grande corría tan fuerte como una potranca, era liviano porque estaba flaco; sus orejas sonaban como las matracas de viernes santo.

-¡Kuchi! ¡Kuchi!- gritábamos, locos de alegría.

Retozaba el bandido; él también estaba alegre, tiraba hasta alto las patas traseras y latigueaba el aire con el rabo.

-¡Ahora te voy a ver kuchi, cuando Bankucha te monte!- le decíamos los mak'tillos.

Entramos galopando a la plaza. Cuando vieron al kuchi rubio de doña Felipa, los escoleros palmearon.

-           ¡Viva Juancha! ¡Viva el kuchi de doña Felipa!

Había muchos comuneros en la plaza, parados en las esquinas, en el rollo (Pared circular que rodeaba y defendía el eucalipto de la Plaza) y en las puertas, miraban sonrientes los preparativos del kuchimansay. Varios principales, con el gobernador y el alcalde, tomaban cañazo en la tiendecita de doña Segunda; hablaban casi gritando y parecía que iban a pelear.

Trabajamos un poco para encerrar al kuchi de doña Felipa. Cuando entró al coso , los otros chanchitos se arremolinaron y se juntaron en un rincón; le tenían miedo al kuchi grande, pero éste corrió y se entropó con los chanchos negros; pa­recía el padre de todos ellos.
Banku, capataz de los escoleros, se fue derecho sobre el chancho grande; nosotros hicimos corral con nuestros cuerpos alrededor de la tropa de los chanchos. Los kuchis rozaban la pared con sus trompas y gruñían.

-¡Cuidado, mak'ta!- le gritamos.

¡Era valiente! Saltó como un puma sobre las orejas del kuchi grande.
-¡Yaque!

El chancho pasó como toro bravo, rompiendo el cerco que hicimos agarrándonos de las manos. Pero el mayordomo de los escoleros ak'olas era de raza, tenía el corazón de los comuneros wanakupampa, indios lisos y bandoleros. El kuchibarría el suelo con el cuerpo del Banku; pero el mak'ta, de repente, puso una pierna sobre el lomo filudo del cerdón, se enderezó después y cruzó las piernas sobre la barriga del kuchi, y gritó:

-¡Abran carago!

Froylán tiró la puerta del coso y el chancho saltó a la plaza; todos los escoleros le seguimos.
El kuchi grande de Ak'ola galopó desaforado hacia la esquina por donde había entrado a la plaza; sacudía al mak'tillo Banku como a una enjalma. -i Que viva el Banku! ¡Viva el kuchi de doña Felipa!

Los mak'tillos palmeábamos enloquecidos. Teofacha se lanzó a la carrera tras el chancho y nosotros le seguimos en tropa gritando:

-¡Que viva Banku!

Todos los comuneros de Ak'ola llenaron la plaza, riendo a carcajadas.

Ya casi al llegar a la esquina, el cerdón se tumbó, cansado; Banku rodó por encima de la cabeza del chancho y cayó de pecho al suelo; pero se paró ahí mismo; levantó el brazo derecho y empezó a danzar silbando la tonada del Tayta Untu. -¡Que viva Banku, capataz de ak'olas!

-¡Que viva!

Abrimos cancha y el mak'tillo se animó de verdad; bailó como un maestro dan­zante; los indios corrieron a nuestra tropita y todos juntos formamos una tropa grande de comuneros.
-¡Buena, mak'tillo!- decían los comuneros.

-¡Carago! ¡El muchacho va resultar!- dijo don Kokchi.

Bankucha sudaba, pero a ratos se animaba más, daba vueltas como un trom­po, sus pies casi no tocaban ya el suelo. ¡Era un dansak' padre!

Todos los comuneros se callaron; sus ojos miraban complacidos y amorosos a ese mak'tillo que era hijo de la comunidad de Ak'ola y sabía danzar igual que los maestros de Puquio y Andamarka. Pero en ese silencio sonó fuerte y clara la voz borrachosa de don Simón Suárez, Alcalde de Ak'ola

-¡Indios! ¡Carajo!

Los comuneros se revolvieron medio asustados.
-          ¡Borracho está el misti maldecido!- gritó el Teofacha.
Don Simón quiso venir hacia nosotros, pero bajó mal las gradas de la tienda, se cayó de cabeza y se rompió el hocico en la piedra. Todos los comuneros se rie­ron.
Pero con don Ciprián no hubieran podido; él hubiera reventado su balita en la plaza, y los comuneros se hubieran engallinado. Don Ciprián tenía alma de diablo y le temían los ak'olas. Sólo Teofacha, yo y el Banku estábamos juramentados. No había principales para nosotros, todos eran mistis maldecidos.

* * *

A medianoche tocaron con piedra la puerta del zaguán.

-¡Juancha! ¡Juancha!

Me levanté de un salto.

-¡Juancha! ¡Juancha!

Oí bien claro la voz mandona de don Ciprián.

Corrí saltando sobre las piedras blancas del patio y llegué al zaguán; en ese momento doña Josefa prendió luz en su dormitorio. Levanté el cerrojo y abrí la puerta. Una mancha blanca tropezó con mis ojos.

Don Jesús hizo reventar su zurriago y echó un ajo indio. Primero entró al patio un burro, después, el bulto blanco, grande y largo: era una vaca. Sentí miedo.

-Hoy día, por estar ausente don Ciprián, Teofacha no ha ido por su Gringa... Pero es mentira.

De chacra ajena don Ciprián no va a sacar vaca de nadie.

Los caballos entraron al patio roncando, y golpeando fuerte sus herrajes sobre la piedra. Don Ciprián saltó de su caballo; no tenía espuelas, ni don Jesús tampoco. Don Ciprián corrió él mismo, a la puerta del corral, y la abrió. Don Jesús arreó apurado los dos animales. El patrón regresó rápidamente; subió de un salto los tres escalones que hay entre el corredor y el patio, Doña Josefa salió en ese momento al corredor.

-¿Cómo te ha ido Ciprián?

-Bien, hija. Pero no traigas luz, no hay necesidad. Jesús, desensilla las bestias, y que Juancha las arree hasta el canto del pueblo; que las enderece a la pampa, que no se vayan al camino de la puna.
El patrón y su mujer entraron a la sala.

Yo me acerqué al mayordomo.

-¿Qué tal pues, Juancha? Seguro has jugado estos días. ¿No?

-Un poco, don Jesús.
El mayordomo empezó a desensillar las bestias.

-Poco "daño" han traído ahora de las punas, don Jesús.

-Lo que has visto no más. Quítale la montura a mi mula.

Las bestias estaban sudosas y cansadas. -"Parece que han subido cuesta"-. Y me asusté peor que antes. De la puna se viene de bajada y los animales nunca su­dan mucho.
El lomo de la mula estaba húmedo.

Don Jesús tiró las monturas y las bridas sobre el corredor.

-           Ya, Juancha!

Le dio un latigazo en el lomo al overo de don Ciprián, el caballo zafó a la calle y el moro le siguió. Yo salí después.

Corrí tras de las dos bestias, a carrera abierta. El overo sonaba fuerte las narices, y galopaba con gran alegría., ¿Qué le importaba yo a él? Ni sabía que le seguía, que debía ganarle el camino y espantarlo hacia el callejón que va a la pampa. Corrían como endemoniados. Yo no los veía bien porque todo estaba oscuro ,pero sentía los golpes de sus herrajes sobre el suelo.

No pude alcanzarlos. Cada vez, el tropel de las dos bestias se sentía más lejos.

-¡Ahora se van a ir arriba! ¡Maldita sea mi suerte!

Me eché a correr más fuerte; tiré el cuerpo adelante e hice de cuenta que estaba en apuesta con Teófanes, y que debía ganarle, para que el Banku me abrazara. Pero en vano. Cuando llegué al canto del pueblo, ya no sentía los pasos del overo; se perdieron en la oscuridad.
Me paré frente al muro de espinas y le rogué al Tayta Dios:

-¡Taytay, ojalá se hayan ido derecho a la pampa!

El viento frío que corría por la quebrada me golpeó en la cabeza. El cielo parecía lleno de un polvo más negro que el hollín; estaba como duro, me ajustaba por todas partes. Tuve miedo y regresé a carrera.

La puerta estaba abierta. Entré y le eché cerrojo.

Ya don Jesús se había ido después de guardar los aperos.

Cuando iba a entrar a la cocina me acordé de la Gringa.

-¿Por qué el patrón ha regresado de noche, como 'nunca? ¿Por qué ha traído dos animales no más?

Me acerqué a la puerta del corral y miré; enfrente , junto a la pared, estaba el animal blanco; abrí bien los ojos y miré mucho rato sin ',estañar, Nada. Al poco rato oí bien claro el rumiar de la vaca.

Sentí deseos de gritar muy fuerte y despertar a todos los ak'olas. ¡Gringa de Teofacha está en el corral de don Ciprián! ¡Gringacha! Corrí a la cocina.

-¡Juancha! -la doña se había despertado desde el principio.

-A la Gringa de Teofacha se la han traído de "daño".

-¿Le has mirado bien, mak'ta?

-Está muy oscuro. Pero es vaca, mamaya, grande, blanca, como la Gringa de Teofacha. Hoy no ha arreado a la Gringa, la ha dejado en su potrero porque el principal estaba en las punas. A propósito, seguro fue don Ciprián, por trampa, para robarse a la Gringa. ¡Mamuya, ahora se la va a llevar al "estranguero" o la va a secar de hambre en su corral! En corazón de principal no hay confianza, peor que de perro rabioso es.

-Capaz no es la Gringa, Juancha. Aunque sea principal, de chacra extraña, no saca animal de otro. Seguro no es la Gringa, seguro.

Me senté sobre la cama de doña Cayetana.

-Mamitay, ¿de verdad crees que don Ciprián respeta chacra de otro?

-Como ladrón, a oscuras, no puede sacar a la Gringa del potrero de Teófanes. Don Ciprián es más rabioso. De día hubiera arreado a la Gringa. De noche, como ladrón, no.

-¿Y don Jesús?

-A solas, don Jesús hasta nuestros ojos se puede robar; pero con el patrón, no, Juancha.

–Verdad. Otra vez dijo: "Yo soy abusivo, pero no ladrón".

–¡Cuánto animal blanco habrá en punas, mak'tillu!

–¡De cierto, mamaya!

Pero no había ya tranquilidad para mí desde esa hora. Creo que el olor de la Gringa sentí cuando el animal blanco entró al patio; creo en su aliento le reco­nocí, porque no le hacía caso a doña Cayetana, ni lo que yo pensaba.

–¡Es la Gringa! ¡Gringacha!

Mi corazón lloraba. Mi corazón sabía reconocer , hasta en lo negro de la noche, a todos los que quería. Todos los mak'tillos somos iguales.

–¡Nadie ya puede mamaya, nadie ya puede! Sobre el suelo duro se va a secar, poquito a poco, como las otras vaquitas. Sus huesos no más ya. el Satanás le hará arrastrar hasta la puerta del Teofacha. i Pero le voy a matar mamaya, con wikullo de piedra, en el camino que va a la pampa!

Como otras veces doña Cayetana me apretó contra su pecho para consolarme.

* * *
En el cielo de Ak'ola brillaban todavía algunas estrellitas; el cielo estaba casi rosado y las nubes extendidas sobre los cerros dormían tranquilas. Los zorzales y todos los pajaritos del pueblo, gritoneaban sobre las casas, sobre los árboles; se perseguían aleteando, saltando en los tejados, en los romazales de las calles.

Los ak'olas amanecían para sufrir. Don Ciprián, su dueño, desde la salida del sol, empezaría a echar ajos a todos los comuneros. Sólo los pichiuchas eran alegres, cuando el principal estaba en el pueblo.

Yo empecé ese día en Ak'ola, gritando frente a la puerta de la viuda. –¡Teofacha, Teofacha! ¡La Gringa creo está en el corral de don Ciprián! Al poco rato apareció Teofacha asustado, temblando.

–No he visto bien.

Y me eché a correr, calle abajo; el Teofacha me siguió.

Llegamos junto a la pared del corral. En un extremo, la pared tenía varios hue­cos hasta la cumbre; nosotros los hicimos para mirar a los "daños". –Primero tú, Juancha .
Saqué la cabeza por encima del muro . La Gringa estaba echadita sobre el barro podrido del corral. Puse mis brazos sobre el pequeño techo de la pared y la miré largo rato. El Teofacha gritaba desde abajo.
Salté al suelo.

–¡Ahora tú, Teofacha!

El mak'tillo escaló la pared como un gato.

–¡Gringacha!

Cayó parado sobre el romazal.

Nos miramos frente a frente, al mismo tiempo. Los ojos de Teofacha se redondearon, en el centro apareció un puntito negro , ardiente, después se llenaron de lágrimas.

–¡Ak'ola que llora no sirve!

Me sentía valiente. Mi corazón estaba entero, porque había decidido apedrear a don Ciprián.

–Oye, Teofacha; ahora, temprano, el patrón va a ir a Tullupampa; nosotros le vamos a esperar en el barranco de Capitana; solo va a ir; don Jesús tiene que llevar peones a K'onek'pampa, al barbecho. Con wikullo de piedra se puede romper calavera de toro bravo también. ¿Qué dices?

Teofacha se tiró de pecho contra mí y me apretó entre sus brazos, como si yo le hubiera salvado del rayo. Después me soltó y se puso serio; sus ojos ardían.

–¿Te acuerdas, Juancha, de don Pascual Pumayauri? Regresó de la costa y quiso levantar a los ak'olas y a los lukanas contra don Ciprián. Don Pascual era comunero rabioso, comunero valiente, odiaba como a enemigo a los principales. Pero los ak'olas son maulas, son humildes como gallo cabestro. Le dejaron abalear en Jatunk'ocha a don Pascual. El quería tapar la laguna para los comuneros, contra el principal; pero don Ciprián lo tumbó de espaldas sobre el barro de Jatunk'ocha, y en el mismo pecho le metió su balita. Ahora Teófanes y Juancha, mak'tillos escoleros, vamos a vengar a don Pascual y a Gringacha. ¡Buen mak'ta, inteligente eres Juancha!

El Teofacha parecía hombre grande, hombre de cuarenta años enrabiado, deci­dido a matar .

–¡Carago!

Con nuestra voz delgada de escoleros hablamos el ajo indio. En nuestro aden­tro nos sentíamos de más valer que todos los ak'olas, que todos los lukanas, que los sondondinos, los andamarkas.

–¡A Satanás le vamos a tumbar!
Como fiesta grande había en nuestra alma . La rabia y el cariño se encontraron en nuestro corazón y calentaron nuestra sangre.

* * *

Como a los indios de Lukanas, don Ciprián recibió a la viuda; parado en el corredor de su casa, con gesto de fastidio y desprecio.

–Tu vaca ha comido en mi potrero, y por la lisura cobro veinte soles –gritó antes que hablara la viuda.

–¿En qué potrero, don Ciprián? La Gringa ha estado en mi chacra, y de ahí la has sacado, anoche, como ladrón de Talavera.
El Teofacha le tapó la boca:
!Déjale mamitay!

Pero la viuda quiso subir las gradas y arañar al principal.

–¡Talacho, ladrón!

El Teofacha ya había hablado con su alma, y se había juramentado. Su corazón estaba esperando y estaba frío como el agua negra de Torkok'ocha. Sin hablar nada, sin mirar a nadie, arrastró a su vieja hasta afuera y siguió con ella, calle arriba. Yo iba a seguirlos .

–¡Juancha!

Me acerqué hasta las gradas. El patrón no tenía ya la mirada firme y altanera con que asustaba a los lukanas; parecía miedoso ahora, acobardado, su cara se puso más blanca.

–Dile a la viuda que le voy a mandar ochenta soles por la Gringa. De verdad la Gringa no ha hecho "daño" en mi potrero, pero como principal quería que doña Gregoria me vendiera su vaca, porque para mí debe ser la mejor vaca del pueblo. Si no, de hombre arrearé a la Gringa hasta Puerto Lomas, junto con el ganado. ¡Vas a regresar ahí mismo!

Yo sabía que la viuda no vendería nunca a la Gringa, pero corrí para obedecer a don Ciprián y por hablar con el Teofacha.

La viuda y el escolero llegaban ya a la puerta de su casa, cuando los alcancé. Las calles estaban vacías y sólo dos mujercitas lloraban siguiendo a la viuda. El Teofacha temblaba, parecía tercianiento.

–Doña Gregoria: don Ciprián dice que te va a dar ochenta soles por tu vaca. Dice que de verdad no ha hecho "daño" y la ha sacado de tu potrero, porque es principal y quiere tener la mejor vaca del pueblo. Si no le vendes dice va a llevar a la Gringa hasta el extranjero .

–¡Que se lleve, el talacho!

–¡Talacho!– gritó Teofacha.

Regresé otra vez a la carrera. El principal estaba en la puerta, esperándome. –La viuda no quiere. Dice eres talacho, don Ciprián.

El patrón levantó su cabeza con rabia y se fue, apurado, a la puerta del corral; la abrió de una patada y entró. Yo le seguí.

Don Ciprián se acercó hasta la Gringa; sacó su revólver, le puso el cañón en la frente e hizo reventar dos tiros. La vaca se cayó de costado, y después pataleó con el lomo en el suelo.

–¡K'anra! (Sucio. Es un terrible insulto en quechua)– grité.

Don Ciprián me miró como a una cría de perro; metió el revólver en su funda y salió al patio.
¡Mamacha , Gringacha!

Me eché al cuello blanco de la Gringa y lloré, como nunca en mi vida. Su cuerpo caliente, su olor a leche fresca, se acababan poco a poco, junto con mi alegría. Me abracé a su cuello, puse mi cabeza sobre su orejita blanda, y esperé morirme á su lado, creyendo que el frío que le entraba al cuerpo iba a llegar hasta mis venas, hasta la luz de mis ojos.

* * *

Ese mismo día, don Ciprián nos hizo llevar a látigos hasta la cárcel. Los comuneros más viejos del pueblo no recordaban haber visto nunca a dos escoleros de doce años tumbados sobre la paja fría que ponen en la cárcel para la cama de los indios presos.

En un rincón oscuro, acurrucados, Juancha y Teofacha, los mejores escoleros de Ak'ola, los campeones en wikullo, lloramos hasta que nos venció el sueño. Don Ciprián fueteó, escupió, hizo llorar y exprimió a los indios, hasta que de puro viejo ya no pudo ni ver la luz del día. Y cuando murió, lo llevaron en hombros, en una gran caja negra con medallas de plata. El tayta cura cantó en su tumba, y lloró, porque fue su hermano en la pillería y en las borracheras.

Pero el odio sigue hirviendo con más fuerza en nuestros pechos y nuestra rabia se ha hecho más grande, más grande...
 

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