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lunes, 3 de diciembre de 2012

Relatos: EL PLATO LA CUCHARA Y EL BESO

Por: José Luis Aliaga Pereyra.
El año 1970 fue testigo del amor que nació en mi corazón. Ella no lo supo, yo no la pude olvidar. Nos encontramos, la primera vez, en el salón de clase, ella concentrada en sus tareas, yo mirándola hecho un bobo primero, y enamorado después. Sucedió un agosto o septiembre, no recuerdo exactamente; cursábamos el quinto de educación primaria en el Andrés Mejía Zegarra. El Gobierno había ordenado que los colegios y las escuelas fueran mixtos, y una mañana llegaron cual golondrinas en verano. Entre ellas estaba Doriza, de angelical rostro que sonreía bajo su crespa y negra cabellera cuya cola descansaba sobre su espalda en forma de trenzas.

La seguí discretamente, en todos los recreos, durante el año. Gustaba, como el resto de niñas, de jugar vóley. Vestía un conjunto o enterizo de terciopelo guinda con bordes de color blanco.

Mi amigo Wilder Cruzado me salvó de la "garrotera" en que había caído: al verme parado e inmóvil, observándola, me empujó, y salí corriendo del aula sin volver la vista atrás. Le conté lo que sentía. Es buena hembra, me dijo. Reímos. Desde esa fecha su presencia invadió mis noches y mis sueños.

La continué mirando de lejos en el primer año de secundaria; pero la tuve más cerca en el segundo, como compañera de aula. Mis largas y platónicas miradas hicieron efecto: un día en que falté al colegio, repartieron "libretas de notas" del año anterior, ella recibió la mía y me la entregó luego de arrancar la foto.

Las miradas se hicieron más intensas y lo mejor de todo, ¡eran correspondidas!

Después del paseo que la sección tuvo al lugar denominado Balsas, donde nuestros ojos se buscaron más que nunca, un domingo por la tarde, aguardé para verla, en la esquina, a cincuenta metros de su casa. Apareció por la puerta grande. La llamé. Con una seña me dijo espera. Al poco rato salió apurando el paso. ¿Adónde vas?, le pregunté. Voy a pedirle un plato y una cuchara a la Ada, me respondió. La acompañé sin decir una palabra. Ada, compañera nuestra, vivía a una cuadra cuesta abajo. Al llegar, la conversación que tuvo con ella fue rápida. La esperé a dos metros, con el corazón en suspenso. De regreso, antes que doble la esquina para dirigirse a su casa, la tomé de la mano y, casi temblando, le dije:

- Doriza, te quiero decir una cosa.
- ¿Qué? –me preguntó, mientras acercaba mi cuerpo al de ella.
- Quiero estar contigo –le dije.

Doriza exhaló un hondo suspiro y abatió la cabeza sobre mi hombro. Turbado, cerrando los ojos, la besé. Reinaba el silencio; lejos, por el campo, se oía un rítmico golpeteo parecido al de un hacha.

Al abrir los ojos la sorprendí mirándome y le pregunté:

- ¿Aceptas estar conmigo?
- Eres un tonto –me dijo y se fue sonriendo. No llevaba plato ni cuchara, sólo un beso.

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Y SÍ ESTO ES CUENTO?


Por José Luis Aliaga Pereyra.

Cuando le preguntaron a Gabriel García Márquez sobre el origen del cuento, respondió de ésta manera: "El cuento, dijo, parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el siguiente día con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre”.

Toda cultura tiene sus propias anécdotas, relatos, leyendas y sus cuentos que van pasando de generación en generación, para deleite de todos y en especial de los más pequeños. Sucre no es la excepción.

El primer cuento que recuerdo lo escuché en el año 1964, cuando aún tenía cinco años de edad. Congregados todos mis hermanos en torno a mi señora madre; sentados sobre una amplia cama que ocupaba casi la totalidad de su pequeño dormitorio, escuchábamos e imaginábamos atentos el desfilar de duendes y de príncipes encantados. Aunque la historia de nuestro pueblo es muy rica, poco se ha escrito de ella; y menos aún en forma de cuento o relato. Nazario Chávez Aliaga, en su libro "El Huauco (1940), escribió de algunos hechos históricos importantes y de varios personajes anecdóticos sucrenses, pero ninguno en forma de cuento o relato. Hubiéramos querido que abundara en detalles de aquellos hechos suscitados en la Plaza de Armas de Sucre donde, lamentablemente, muriera, herido de bala, su abuelo; así como de la invasión de los Montoneros en la cual el pueblo demostró su valor defendiendo su soberanía y honor. Ahora, como es lógico, Nazario Chávez A., forma parte de nuestra historia, como uno de sus notables caciques. Pero, éste ilustre sucrense, no fue el único que sobresalió en nuestro distrito, hubo otros caciques que, como él, recibieron los halagos y las críticas de parte de sus contemporáneos por su coraje, ya sea para enfrentar la vida diaria o para resolver los "problemas" en que nuestro pueblo siempre estuvo inmerso. Y así como en todo pueblo grande o pequeño existen los caciques (malos o buenos), así también encontramos a otros personajes no menos interesantes como son los "cuenteros", los "cuenta cuentos" o "recitadores de cuentos" que, incluso, a veces, eran los mismos protagonistas que narraban a sus hijos, amigos o vecinos sus propias hazañas o experiencias, agregándole o quitándole algo después de regresar de cada "viaje" (Negociantes: bombachos, arrieros y otros).

Podemos imaginarnos a esos cuentistas o cuenteros; ancianos(as) que aprovechando cualquier reunión (velorios, reuniones de "curras" para tejer sombrero o de las "mincas para la siembra o la cosecha), demostraban su innato don de entretener. Si no, ¿cómo nos hubiéramos enterado y cómo hubiéramos comparado, justamente, episodios que, incluso, no fueron escritos o si lo fueron lo hicieron de forma indirecta, interesada e incompleta, como aquel donde sucrenses acaballados invadieron Celendín cual película de vaqueros, siendo las heroínas las señoras Felicita Rodríguez y doña Rosa Marín? De igual modo las hazañas de "DIABLO CANTANA''; el movimiento liderado por don Manuel Quevedo Reyna para oponerse al sometimiento que intentaron hacer los celendinos contra nuestro pueblo so pretexto de una ley vial en 1,928; y otro hecho trascendental en la vida de nuestro pueblo sucedido en 1970, contra un mal director del colegio San José llamado Mario Avalos Linier. ¿Cómo hubiéramos podido saber de todo esto si alguien no nos lo hubiera contado?

Los cuentos no son totalmente producto de invenciones imaginativas, sino de acontecimientos reales que, como pasa en el relato, un pueblo recoge y guarda porque esos acontecimientos significan lecciones que más tarde formarán su base, su moral, su ética, etc.

Conocemos varios personajes con esta habilidad de "contar cuentos" y sin la intención de pasar por alto a nadie, quiero mencionar algunos de ellos como al señor Edilberto Escalante apodado "Lanro Sagalejo" que trabajaba para don Leoncio Aliaga y que según dicen era el "alma" de los velorios porque ¡hay de aquél que escuchaba un cuento suyo! ¡Ya no podía dormir! También tenemos o don Pope/ido o Pompeyo Chávez y más cerca a don Julio Aliaga conocido como Julio Borera", ambos de aguda imaginación que se caracterizaban por narrar anécdotas y cuentos que despertaban humor e hilaridad principalmente por sus finales increíbles.

El profesor Onésimo Silva no se quedaba atrás en éste arte, y nos entretenía (y entretiene aún al que lo visita en Lima) en el salón de clase, enseñándonos la historia como un hermoso cuento donde exaltaba las virtudes de los personajes como la generosidad de don José de San Martín y la vanidad y orgullo exagerados del libertador Simón Bolívar; pero también, dicho profesor, era un virtuoso contador de cuentos fantásticos en los velorios donde, disimuladamente, lo rodeaban grandes y pequeños para escuchar sus cuentos de hadas, sus narraciones heroicas y las de terror que eran las que más impactaban. Y qué decir de su colega el profesor Wilfredo Merino que también tenía lo suyo y se emocionaba contando la historia de un bandido que asaltaba a los "Bombachos" o negociantes de ese tiempo y que gracias al coraje de uno de ellos, don Edilberto apodado "Sarago" o Leopoldo, del barrio de Minopampa, fue capturado.

Actualmente tenemos a don Timoteo Díaz que es un excelente contador de cuentos con un repertorio extenso que ya quisiera tener un escritor para su mejor libro.

Por eso los cuentos que primero se escribieron fueron de aquellas anécdotas que pasaron de boca en boca, de los "sucedidos", de los pequeños hechos de personas particulares. Existe, por ejemplo, el cuento titulado "AGARRATE ZARCO", escrito por don Juan L. Rocha en "LA VOZ de SUCRE" en 1945 (Nazario Chávez también menciona este hecho del folklore sucrense); por otro lado está el cuento "SI; USTED SI LO SABIA" publicado en el periódico LUCERO DE LA QUINTILLA, hecho que pinta de cuerpo entero la personalidad del verdadero huauqueño. El cuento "EL BRILLANTE" que es la historia de un legendario toro arisco, hecho real que fue recogido por el profesor Gutenberg Aliaga Zegarra en su libro "LA FLOR DEL FLORIPONDIO". De éste escritor sucrense leímos recientemente un relato publicado en el bimensuario KARUACUSHMA titulado "HOMBRES DE ANTANO- y que, como el anterior, está basado en hechos reales y es preámbulo de un nuevo libro donde, según su autor, se plasmarán acontecimientos de la historia de los hombres que vivieron en nuestro Sucre cuando aún se llamaba Huauco.

Están también las publicaciones a las que nos tiene acostumbrado el señor Máximo Sánchez (SACHAMA) que son verdaderas joyas nacidas en la profundidad de su espíritu querendón como lo es la fresca IRIKANA con su "Misha mantequera" y otras vivencias donde nos recuerda los arcaísmos o frases olvidadas y costumbres auténticas de los que fueron nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. De igual manera la revista EL LABRADOR, que puntualmente sale los mayos, publicó un ameno y cálido cuento, "EL TÍO FIDEL", escrito por el profesor Herbert Reyna Zegarra.

El cuento, plasmado gracias a los "cuenteros", "cuenta cuentos" o "recitadores de cuentos", es importante porque explica el mundo y la vida, porque transmite la experiencia y los conocimientos, porque critica a la propia sociedad en que vivimos; porque, dentro de la literatura, es uno de los grandes instrumentos que forjan una base sólida para el desarrollo de la cultura de un pueblo. Es por todo ello que debemos rescatar y difundir los aportes que estos personajes han dado ala cuentística y a la cultura sucrense.
"En el mundo del cuento, dice Víctor Montoya, todo es posible, pues tanto el transmisor como el receptor saben que el cuento es una ficción que toma como base la realidad, pero que en ningún caso es una verdad a secas".

Preguntémonos ahora: ¿Y si esto es un cuento?

De la revista Eco Sucrense, 2005.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Relato: PERCEPCIÓN DE CAMPESINO.


Por: Palujo.
Tirado en el campo, cubriéndome el rostro de los rayos del sol con las hojas de un libro abierto, me encontraba un día en mi pueblo gozando de unas cortas vacaciones; cuando, de pronto, hasta mis oídos llegó un rumor quedo, muy quedo. Al principio sonó como música, e inconscientemente, disfruté al escucharlo. Luego fui cayendo en la cuenta de que aquello no era ninguna maravilla. Alcé los ojos; al otro lado del campo, tras un cerco de pencas, un par de vacas, poco a poco, se habían acercado, sin hacer ruido, a tres metros de mi lado. Parecía que arrancaban la hierba con solo los belfos: bsshachleeff, bsshachleeff… sonidos algo discordantes que se fundían en un todo único.

Con mis cincuenta años a cuestas y como nunca en mi vida en el campo, esos sonidos me produjeron una sensación profunda que no se comparaba con ninguna otra.

¿Por qué? -me pregunté-, ¿por qué escuché algo que era tan normal como si fuera música celestial?

¡Pero claro! -me respondí-. Como hombre que nació y creció en el campo y que además de saborear la leche recién ordeñada por sus propias manos, vivió las veinticuatro horas del día entre animales habiendo ayudado, incluso, a parir a muchos y acariciado a sus crías con igual amor como lo hacían ellos; ¿cómo no podría percibir de veras como música este deleitoso momento?

Un campesino capta lo bello de la naturaleza de modo distinto, más pleno, que el simple observador, aún el mejor preparado desde el punto de vista estético o el más dotado de sensibilidad. El labrador no percibe estas sensaciones a cierta distancia ni desde arriba, sino en su interior sintiéndose consciente o inconscientemente orgulloso y feliz de ser un coautor de tal belleza.

 --           bsshachleeff, bsshachleeff…

¿Quién, con los llanques bien puestos, sumergidos en la tierra, con los hercúleos brazos sosteniendo el arado, con el pecho erguido de vigor y libertad, con los ojos que ven el futuro verdor del sembrío; quién puede sentir mejor que el propio agricultor la belleza de su faena?

Recuerdo a menudo los tiempos en que lo percibíamos todo con una lozanía absorbente, sin igual, infantil todavía, pero ya madura por su profundidad, con cuyo hálito sólo podemos reconfortarnos de cuando en cuando como ahora me ha tocado gozar de esta percepción que agita mi alma.

--          bsshachleeff, bsshachleeff…

Pensar, como cierta vez reflexionó un amigo, que todo esto será destruido, para siempre, por la contaminación ambiental. Me pregunto ahora: ¿haremos algo para defender nuestro suelo?, ¿dejaremos que la ambición de las “autoridades” prevalezca por sobre la vida de todo un pueblo?

Sólo nosotros tenemos la respuesta.


viernes, 29 de octubre de 2010

Relato: El Examen


Con profundo respeto, a la memoria del que en vida fue Mario Collantes Zegarra, fiel amigo e inteligente compañero; de igual modo a Elmer Chávez Rojas y Antenor Chávez Vera, hombres sin par que también, aún muy jóvenes, fueron llamados a la diestra de Dios nuestro Señor...

Escribe: José Luis Aliaga Pereira

Corrían los primeros días del mes de marzo. El carnaval alegraba las calles de nuestro Sucre. Los barrios de Minopampa, El Centro y La Toma abrían sus brazos a bellas damitas y atrevidos muchachos de la capital.

El colegio "San José", lucía, aún sin el portón de fierro, que hoy nos saluda, pintado de verde. Sus aulas de tristes carpetas respondían con ecos los gritos de pequeños traviesos. El colegio se encontraba concurrido. Asistían a él, tanto alumnos con "cargos" como los que gozaban de merecido descanso. Los profesores interrumpían sus días de solaz esparcimiento, para retornar a las aulas y continuar con su noble propósito de educadores. Uno de ellos era, nada menos, que el inteligente y simpático don Julio Aquinodata.

Yo, había cumplido los trece años y cursaba el segundo de educación secundaria. Aunque no era el peor de la clase, figuraba entre los últimos; digamos, por decir, el cuarto empezan­do de atrás. Por supuesto no me hace mucha gracia confiárselos; salí desaprobado en Zoología y Botánica, siendo el único jalado en tal materia. El examen era a las once de la mañana. Esta vez, procuré repasar dicho curso y me encontraba preocupado. La hora se acercaba; el sol promovía orgulloso la alegría de los campos y el humor de los muchachos, mientras con el cuaderno escondido bajo la chompa, tratando de disimular y confundirme con los que gozaban de sus vacaciones, me dirigí al colegio. Bajé la vereda larga del antes empedrado Dardanelos; crucé el puente de la calle Dos de Mayo y, al ingresar, ubiqué al profesor conversando con cinco chicas limeñas que se veían preciosas. Esperé que se le ocurriera ver su reloj pulsera, que se acordase del examen y que se dirigiese al salón de clase, como lo hacían todos. Esperé en vano. El profesor continuaba su amena charla. Pasaron los minutos y obligado por la circunstancias, me presenté al grupo, en la sala de profesores. Era un alboroto. Don Julio al verme, con una seña me indicó tomar asiento. Había tres carpetas unipersonales y un clásico pupitre. Mi rostro enrojeció de repente, y cerrando los ojos recordé mi primer año en el colegio; recordé a Segundo Encinas, al que le decían "el curvo", cuando bajaba y subía, rápidamente la ceja derecha. Recordé que el pro­fesor lo miraba, luego de una pregunta. Nadie aguantaba la risa; más lo miraba, más movía la ceja; parecía que lo estaba enamorando. En cambio yo no subía la ceja, ni tampoco la bajaba, pero me sentía volar, y deseaba que me tragase la tierra. Para remate, las chicas decidieron acudir a mi auxilio:

- ¡Profesor, profesor, hágale preguntas fáciles!

- ¡No sea malito profesor!

El profesor, solterito codiciado, aceptó, complaciendo a las bellezas.

- Hazte la pregunta, hazte la pregunta -me dijo de mala gana.

El profesor, las chicas, el pupitre, las carpetas, ¡el aula entera!, giraban en mi cabeza. Los ruegos, las risas, los coqueteos de las hermosas golpeaban mi cerebro. Sólo hubiese sido diferente si me hubiese preguntado el concepto de Zoología y Botánica. Eso lo sabía de memoria. Pero no. Para demostrar que había estudiado, me hice la pregunta más difícil:

- ¿Qué son las inflorescencias? -anoté con aires de sabihondo.

Luego ya no la pude borrar. ¡Todos miraban mi prueba! ¡Todos miraban mi hoja vacía! Quedé paralizado, como si el profesor me hubiese detenido con invisible "control remoto"; como si me hubiese detenido para que sólo ellos se riesen.

Fueron momentos interminables y, cuando el sudor inundaba mi frente, el profesor hizo una pregunta que me cayó como un baldazo de agua fría:

- ¿Qué pasa, no recuerdas?
- No, no recuerdo profesor -respondí con voz temblorosa.

Las jovencitas, al ver mi situación complicada, suplicaron en coro:

- ¡No lo jale profesor, no lo jale!

El galán asediado, nuevamente, se rindió ante los ruegos de las sinceras chiquillas. Palabra por palabra me dictó la respuesta y aconsejó que estudiara.

No olvidaré esos instantes. Con la cabeza inclinada y el once aprobatorio que me quemaba, salí avergonzado, escondiendo el cuaderno entre mis ropas.

Afuera, junto a un tierno pino de la entrada del colegio, los mejores esperaban con sus caras y sus globos, ver salir a los "jalados".

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Antenor, Elmer, Mario y el autor de este relato, egresaron del Colegio San José de Sucre el año 1976.  

domingo, 10 de octubre de 2010

Cuento: Doña Cleotilde.



Escribe: Palujo
Doña Clotilde camina a paso lento y con el cuerpo encorvado. Ante ella se extiende la campiña atravesada por la carretera que tuerce a la derecha y se oculta tras la loma donde sobresale la capilla del santo casamentero*.

Conoce tan bien el camino que, hasta con los ojos vendados, iría por el mismo sendero.

 Apoyándose en un bastón de lloque, vestida de negro, se cubre del sol con un sombrero de paja.
Ralos eucaliptos la escoltan, cuando ya las casas del pueblo la miran alejarse.
Desde el cerco alambrado del instituto Aljomarz, un pájaro la mira; luego vuela indiferente y se posa en una zarzamora.

Más allá, cruzando un puentecillo de cemento, a la izquierda del camino, un viejo bosque de eucaliptos le regala su frescura; a la derecha, las paredes del camposanto le abren su portón de madera. Doña Clotilde ingresa con el sombrero en la mano, y el viento aprovecha para acariciar sus cabellos blancos.

Con dificultad sube una pendiente cementada, observa la moderna cripta donde yacen los hombres más importantes del pueblo y de pronto se detiene. Queda pensativa unos instantes, luego avanza a la derecha y se coloca de rodillas ante una cruz de madera rodeada por ramos de flores marchitas. Exhala un suspiro y dice:

—Perdóname Dios mío, ya no aguanto esta soledad —luego se levanta y vuelve sobre las huellas de los pasos que la condujeron.

Las puertas del cementerio la miran con tristeza cuando se detiene junto a ellas, a contemplar, desde allí, la tumba de su hijo:

—Parece que se estaría despidiendo —exclama una de ellas.

—Sólo han pasado tres meses desde la muerte de su hijo —contesta la otra.

—Sí —cuenta la primera—, lo quería mucho, era lo único que le quedaba en el mundo. Vivía temerosa de que se enamorara de alguien y que lo dejara. El hijo, que sabía de su preocupación, enojado la calmaba diciéndole: — ¡Qué cosas se te ocurren madre!, ¿a dónde quiere que me vaya y con quién, si usted me da todo el amor que necesito? La madre, le acariciaba el pelo, lo estrechaba contra su pecho como si fuera un pequeñín. Pero sucede que el hombre propone y Dios dispone: A aquel hijo tierno, que era ya casi un hombretón, vino a llevárselo la moza más fea del pueblo, una mujer flaca y pelona contra cuyos designios no pudieron hacer nada ni los remedios del boticario ni los conjuros del señor cura.

— ¿Y cómo sabes todo eso? —preguntó la segunda.

—Es que aún tengo los oídos finos y eso lo escuche, justamente, en el sepelio del hijo. La gente lo cuenta todo.
Los abrasadores rayos del sol penetran en los árboles y los campos. Doña Clotilde de paso lento y cuerpo encorvado retorna a su casa. Una vez dentro se dirige hasta una pequeña mesa. Coge un portarretrato y saca de él la fotografía. La mira fijamente y, entre sollozos, dice:

— ¿Por qué me engañaste? ¿Por qué dijiste que vivirías siempre conmigo, que tendría nietos y que me llevarías flores y contarías cuentos en mi tumba? ¿Por qué?

Una amargura inextinguible refleja su semblante. ¡Los zapatos, las camisas, los pantalones; toda la ropa del hijo quedaba en el fondo de la cómoda! Esperar ya no tenía sentido.

Los vecinos, que la escuchaban todos los días, sabían de memoria las palabras que la viejita pronunciaba tras cerrar la puerta de su casa. Las repetía siempre en voz alta. Pero lo que nunca supieron fue lo acontecido la última tarde; aquella en que, tras coger la fotografía y colocarla sobre la mesa, abrió el baúl que había a su costado y habló con voz queda, como si contara un secreto al oído de alguien: — ¡Ay, hijo mío, hijo mío! —dijo—. Ahora me tendrás que dar los buenos días o las buenas noches. Sentiré, de nuevo, tus besos en mi frente. Ya no serán recuerdos tus pasos y tus  gritos. Hoy, como tú lo hacías, llegaré sonriente y con los brazos abiertos.

Tres días después se escuchó a la vecina, con quien doña Clotilde siempre dialogaba, preguntar a los hortelanos:
    ¿No han visto a la viejita?
     
No  —le contestaron—. Su puerta no se abre desde antes de ayer.

Entonces, los vecinos, luego de llamarla insistentemente, comunicaron a las autoridades.
 El forense, los custodios del orden y la vecina que dio aviso ingresaron a la casa, luego de forzar la entrada.

La habitación, que era a la vez sala y dormitorio, se veía impecable. En una pequeña mesa de madera encontraron un sobre cerrado. Un olor nauseabundo lo advertía todo. Al correr la cortina que ocultaba la cama recién pudieron apreciar lo que había pasado: el cuerpecillo de la vieja colgaba de una viga del techo de la casa. 
El médico legista, luego de dar vueltas alrededor del cadáver, anotó en su reporte que se trató de un suicidio. La vecina que presenció todo dijo alborotada “su cara no parecía a la de un ahorcado; la llenaba una sonrisa, y sus ojos miraban dulcemente como si hubieran descubierto algo hermoso”.

En el sobre no había más explicación que el retrato del hijo amado.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Sucre, Recuerdo y Preocupación


Por: Palujo

La Calera
Es casi costumbre que algunos paisanos y capitalinos miren con un dejo de compasión a nuestras serranas ciudades y que, con muy incisiva burla, las llamen provincias.

Esto no es justo; la vida en las ciudades del interior del país es también interesante.

Cada provincia, distrito o poblado tiene sus encantos. El terruño guarda muchos atractivos para los inquietos adolescentes o para los señores maduros que recuerdan en esos paisajes sus años más alegres e inocentes ante todo por su pintoresca naturaleza, por las posibilidades, para envidia de los capitalinos, de comunicarse permanentemente con los bosques, los ríos, el campo y los animales.

A Sucre lo riega por un costado y debajo del cerro Lanchepata, el río la Quintilla, al cual es muy entretenido recorrerlo. Emocionante es visitar la parte de su origen y encantador escuchar el eco de nuestras voces en sus quebradas ariscas, caminando por estrechas escaleras de piedra construidas por arrieros de antaño. Ecos, quebradas y escaleras que nos hacen imaginar cuentos de brujas o de caballos hechizados que, vomitando espuma, bajan haciendo sonar sus herrajes y arrastrando cadenas pesadas.
Camino La Quintilla, hoy poco utilizado 

Al comenzar el barrio La Toma, a la orilla del río, junto a un antiguo molino, hay un manantial al que todos lo llaman Agua Caliente, aquí se refrescan plácidamente los huauqueños que no desaprovechan un momento de sol ardiente para introducirse debajo de una sombra de árboles que cubren el manantial, al son de los pájaros espías que trinan alegremente.

Gozan más de éste regalo de la naturaleza aquellos que llegan de vacaciones a su pequeña patria. Es agua corriente dicen todos, pero para nosotros es agua medicinal.
Recuerdo... Lo que queda de un viejo molino
Sucre es un pequeño distrito con cerros y pampas arboladas que, pese a que no cuenta con lujosas residencias, alegra la vista cuando, desde la carretera “Loma del Indio”, observamos sus casas cubiertas de tejas, su arrinconada plaza, sus calles de naturaleza desnuda y su colegio de hombres inteligentes.

Al pensar en Lima madrugando al trabajo apilonados en nauseabundos micros, siempre de prisa, nos vemos corriendo por las calles preocupados por la hora, aunque estemos de paseo o en un día libre, sin tiempo para detenerse, ni siquiera para pensar. En Sucre, en cambio, la dimensión del tiempo es otra cosa. De la casa al trabajo unos minutos, visitar los amigos un paso, para salir de paseo ni hablar. Todo esto es reconfortante y placentero.

En nuestro Huauco la vida de uno está a la vista de todos y por ello es más difícil, requiere mayor responsabilidad que la existencia aislada en un barrio limeño.
La Calera
 Allá en nuestro pueblo un tropiezo, un atardecer bohemio o una canita al aire, es condenado y murmurado siempre. Da vergüenza actuar de mala manera porque todos nos conocemos. La calle educa, cuántos jóvenes colegiales de ésas calles se han convertido en orgullo de su familia al recibirse de humildes, sencillos y capaces ingenieros, doctores, profesores, agricultores, Etc., Etc. Todos de una moral deseable.

Los sucrenses regalan su amistad desinteresada, su corazón dadivoso y, por supuesto, nunca esconden su dedo índice acusador de intencionalidades oportunistas y malsanas.
 Camino de herradura La Quintilla

Causa tristeza que existan paisanos disfrazados de limeños que no dan nada por la tierra que los vio nacer, para que con esfuerzo mancomunado se haga progresar la agricultura con aportes intelectuales y económicos; y así continuar año tras año viviendo en nuestro pequeño y cariñoso Sucre, satisfechos de ver florecer una niñez sana y sin prejuicios y, para los que estamos lejos, con la esperanza de pasar otro mes de calma, almorzando con los familiares y amigos en sus verdes pampas, arriesgándonos a cruzar el largo y oscuro túnel; después, el 15 de mayo, acompañar la procesión del Santo Patrón Isidro Labrador.

Esfuerzo que debe mantenerse siempre y no tan sólo al aproximarse el mes de las cosechas.
Rastrojo...


miércoles, 27 de enero de 2010

Cuento: Cenizas

Por Palujo
El alboroto de la fiesta del pueblo ha terminado, pero el frío de
sus noches continúa. La bufanda, el abrigo y un vino sobre la mesa, esperan.
Una, dos, tres copas y el atuendo sobre los cuerpos, incomoda.


— ¡Estás mucho más hermosa que antes!
— Gracias, tampoco tu estas mal.
— Salud.
— Salud.

Los acoge la humilde sala de una casa de familia convertida en bar. Él se ubica
en un rincón, lejos de la puerta, donde no los puedan ver los que aún caminan
por la plaza. Ella lo imita sigilosa y complaciente. Intercambian miradas,
llenan sus copas y otra vez brindan.

Silencios aterradores, las miradas hablan por sí mismas.
Sonríen.

— ¿Por qué nos pasa esto? —pregunta ella y al instante se retracta—. Disculpa no me hagas caso.
— Qué frío hace —disimula él.

El ambiente festivo, la masiva concurrencia, hicieron difícil su encuentro. Se
toman de la mano nerviosos, ¡se amaron tanto!

— ¿Cuántos años llevas de casada?
— Diez, quince, da igual.

Las palabras quedan cortas, como el tiempo. Ella envuelta en su bufanda y
abrigo; él recluido en su mirada enamorada y larga. Se despiden.

Sus rumbos son distintos, su amor el mismo. La salita–bar pierde el embrujo que
fugazmente le han dado estas dos figuras. Se torna oscura como la noche. Un
silencioso cantinero, dos copas, una botella de vino y una mesita de madera
saben lo que callan.

miércoles, 20 de enero de 2010

Paisanos en Huachi… Terapia


Por Palujo
Lima, sábado 11 de diciembre del 2004

El partido de fulbito que los paisanos juegan todos los sábados en Huachipa, no termina en la cancha ubicada en la casa del ingeniero Bazán.

Las palabras que suenan como petardos de dinamita y que pueden ser mal interpretadas por quienes no conocen de su idiosincrasia, zumban, rebotan y vuelven a zumbar, como razantes pelotas por nuestros oídos, en el bar de “La Princesa”.

El fútbol se prolonga entre vasos y botellas y un sinfín de pequeñas sillas que una a una aparecen como por encanto. Estas reuniones contradicen recetas de médicos desfasados, consejos de engreidoras madres y de cariñosas y un tanto posesivas consortes; y los contradicen porque desestresan y rejuvenecen, inexplicablemente, a todos los asistentes.

¿Ha escuchado usted del “Barring”, donde adultos juegan con barro olvidándose de sus responsabilidades para matar el estrés? Pues en este caso sucede algo parecido. Al observador primerizo en estos espectáculos, más no al hincha consuetudinario, al comenzar el primer tiempo del partido, le duele un poco la cabeza, como si sufriera de shucaque; pero, del segundo tiempo para adelante, los efectos terapéuticos se dejan sentir enormemente. Sólo tiene relajarse, dejarse llevar, reír a mandíbula batiente y entregarse a todo dar hasta el final.

En el fútbol no hay títulos ni grados que valgan: el arquero es arquero, el defensa es defensa y el delantero es delantero.

Los “Guchines”, los “Fishes”, los “Garabatos”, los “Pashelos”, los “Zorros”, los “Cocos”, los “Negros”, los “Carneros”, los “Patos” y los “Mininos”, como toreros en corrida bufa, nos hacen reír, de oreja a oreja, con sus descomunales y centrífugas ocurrencias que intercambian cual japs o golpes de boxeadores de peso pesado sobre un entablillado cuadrilátero.

Ninguno es estrella, ni a jugado en algún club profesional o de prestigio; pero absolutamente todos aseguran serlo y al primer error del compañero, se abalanzan con una lluvia de adjetivos que inmediatamente son respondidos por otros de igual o peor calibre.

“El ingeniero Bazán dice, refiriéndose a Guchín que avanza con la pelota: - ¡Déjenlo solo, déjenlo solo, en él hay confianza porque no juega nada!”.

El baño de improperios que recibe el que falló un pase, un tiro libre o un corner, es interminable. Cualquier ser humano común y corriente no lo resiste; pero, en los partidos que estos paisitas juegan en Huachipa, el que cometió el error no se da por ofendido y hace todo para parecer como el agresor, soltando una andanada de palabrotas y echándole la culpa a la pelota, al campo o al jugador contrario. Si, por ejemplo, falló un “gol cantado” exclama señalando a Pashelo: “¡Ja, ese es un arquerazo!”. Pero si de pura casualidad o de chiripazo, le hiciera un gol a este mismo arquero, celebra y pregunta, una y otra vez, gritando: “¿Dónde esta pue’ tu arquerazo, dónde esta pue’ tu arquerazo?”.

Si señores; el partido de fulbito que los paisanos juegan en Huachipa, no termina en la cancha ubicada en la casa del ingeniero Bazán. Entre vasos y botellas también se disputan los goles y el partido continúa. No importa el monto de la apuesta, puede ser una caja de cerveza, una crush de a litro o una coca cola, por lo que la discusión comienza y sudan como en el campo.

El encargado de la “mesa”, como en la cancha, en el bar, esta pintado; en su presencia se aumentan y restan los goles como a cada quien convenga. La botella de cerveza que pasa de mano en mano, no es de la apuesta porque ningún equipo o jugador reconoce ser el perdedor y es aquí que viene el tira y afloje, la presión al derrotado, que, al fin, cansado, sufriendo y a regañadientes, paga la crush de a litro que el vencedor sorbe lentamente, saboreándola cachaciento, entre las risas y “candela” de todos los presentes.

- ¡El fútbol es de machos! – diría en voz alta y a todo pulmón un recalcitrante machista; pero, al instante, una corajuda mujer le respondería con el puño en alto: - ¡Y de nosotras también carajo!

Los Guchines, los Fishes, los Garabatos, los Pashelos, los Zorros, los Negros, los Carneros, los Patos y los Mininos, gritarían todos en coro:

- ¿Qué viva el gol y abajo el estrés, jijunagran…!





lunes, 18 de enero de 2010

El Entierro

Por: Palujo

Al amanecer el curandero los esperaba en la vereda de su casa junto a un caballo moro bien enjaezado. A lo lejos, sobre el cerro “Huashaj”, bajo arremolinadas nubes, fulguraban los relámpagos.


Los hermanos Carhuajulca llegaron puntuales a la cita. Del mayor había sido la idea. La madre llevaba varios meses postrada en cama, enferma, y ellos, desesperados, decidieron acudir a Yamoga. Esa misma noche fueron testigos de la “mesada” (1) que organizó el curandero de los brebajes y los conjuros.

—Le han hecho daño (2) —dijo—. A su madre le hicieron un entierro (3). Vuelvan al amanecer que le haré un rastreo (4) a su alma.

Así fue como, los hermanos Carhuajulca, llegaron a integrar esta rara y silenciosa comitiva.

Montado en su caballo, el curandero volteaba la cabeza de cuando en cuando. Los hermanos Carhuajulca no se quedaban atrás y avanzaban al son del ruido que producían al caminar los cascos herrados del caballo moro.

A la altura de Atumpuquio, donde se bifurcaban los caminos, se detuvieron. El curandero bajó de su caballo y, machete en mano, abrió camino para hacer más fácil el paso de sus acompañantes. Avanzaron hasta llegar a un pequeño descampado donde había una cruz clavada al revés en la tierra.

— Aquí, bajo esta cruz, está enterrada el alma de vuestra madre —habló el curandero luego de hacer tres veces, con el brazo izquierdo, la señal de la cruz, como si estaría cortando el aire. Con una pequeña pala, que sacó de la alforja que cargaba sobre el anca de su caballo, Yamoga escarbó en la tierra y, sin que le causara sorpresa alguna, encontró una muñeca de trapo que llevaba en el pecho la fotografía de doña Cristina, atravesada por cuatro alfileres. Luego preguntó: ¿qué hora es?

— Son las cinco de la mañana –respondió Alejando, el menor de los hermanos.

Sin esperar más tiempo el curandero arrancó los alfileres del pecho de la muñeca. El cerro Huashaj ya no se veía, pero los relámpagos continuaban. De pronto al silencio de la noche lo invadió un alarido que jamás se había escuchado. Los hermanos Carhuajulca se agarraron de las manos, tenían el rostro pálido y sudoroso.

— No se asusten —dijo el curandero—. Su madre ya no sufrirá más.

De regreso al pueblo, los hijos encontraron a familiares y vecinos a la puerta de la casa, llorando. El mayor de los hermanos preguntó:

— ¿A qué hora murió mi madre?

— A las cinco —contestó la hermana, que se había quedado en la casa, junto a la madre.

Los hermanos, miraron a los ojos del curandero. Luego uno de ellos le alcanzó un sobre cerrado.

Yamoga se retiró con el sobre en la mano. Detrás lo seguía el tintineo de los herrajes del caballo moro.

Glosario:

1. Mesada. Rituales que los brujos acostumbran hacer para curar enfermos o adivinar el futuro, Etc.

2. Daño. Es el mal o brujería que hacen los curanderos, chamanes o brujos por encargo de personas que sufren decepciones, envidia, celos, Etc.

3. Entierro. Sepultar alguna prenda íntima u otro objeto de la persona escogida, haciéndole brujería como, en este caso, hincándole agujas en su fotografía.

4. Rastreo. Buscar el espíritu de la persona enferma.




domingo, 3 de enero de 2010

El Moroco Panudo


Por Palujo:

A Napoleón Zegarra Salazar, a Nelson Alvares Zegarra, a Francisco Collantes Malaver y Roque Pérez Godoy; todos paisanos, excelentes miembros de la ex Benemérita Guardia Civil, hoy PNP; pero principalmente, hombres de noble corazón y amigos de una fidelidad a prueba de “bombas” y de “balas”


El Moroco Panudo

Luego de haber recibido su Diploma de Honor al Mérito, por ser uno de los principales autores de la detención, con riesgo de su vida, de la más sangrienta banda de asaltantes autodenominada “Los Destructores”, Federico sonrío para sus adentros, al recordar sus primeros meses en la Escuela de Guardias de la Policía Nacional. Dos segundos bastaron para que, de aquellos días, reviva un incidente que, lejos de amedrentarlo, le dio más fuerza para seguir adelante…


“…Como uno de los tantos Alumnos “Morocos” de la Escuela de Guardias, Federico salió de paseo, por primera vez uniformado, luego de tres meses de instrucción acuartelada. Como distintivo llevaba una Insignia a tres dedos del hombro izquierdo y un correaje blanco ceñido a la cintura.

Sucedió la mañana de un sábado, cuando orgulloso portaba uniforme. Caminando, con el pecho erguido, lo primero que se le metió a la cabeza fue ir a visitar a sus paisanos que, por Barrios Altos, los fines de semana, andaban desparramados. Federico ¡quería que lo vieran uniformado!; pero, para su mala suerte, ese día, a sus “paisas” se los tragó la tierra y por más que deambuló por toda la zona, incluyendo el cementerio, no encontró con quien “panearse”.

Desilusionado, decidió ir a la urbanización Las Flores de Lima, porque es allí donde vivía. Para pasar como Guardia antiguo, escondió el Correaje y subió, a la altura de los jirones Ancash y Maynas, al microbús morado de la línea cincuenta y dos. Los pasajeros ocupaban todos los asientos, siendo Federico el único parado. De pronto el microbús se detuvo, a pesar de la negativa del cobrador que intentaba impedir que suba un fornido negro de más o menos un metro ochenta de estatura y de una musculatura que era para correr a cualquiera.

- Jefe, jefe –díjole a Federico el cobrador preocupado–. Este señor nunca paga pasaje, que no suba por favor.

De un manotazo, el negro puso a un lado al boletero indefenso.

- Pero hombre –explicó Federico–, si el señor acaba de subir; cuando esté por bajar, te pagará su pasaje.

El microbús continuó su marcha. Los pasajeros miraban atentos y el negro, encorvándose un poco, se agarró de los pasamanos mostrando sus bíceps, desafiante.

El cobrador, con los ojos que clamaban auxilio, se acercó al gigante de piel oscura y le solicitó su pasaje.

El negro, introduciendo la mano al bolsillo derecho del pantalón, sacó una moneda y pagó su pasaje.

Al poco rato el gigantón vociferó, asustando a los viajeros.

- ¡Oye! –le gritó al cobrador–. ¿A qué hora me vas a dar mi vuelto?

- Pero si me pagaste los veinticinco intis que cuesta el pasaje –reclamó fastidiado el cobrador.

- ¡Tú me das mi vuelto y punto! –levantó la voz el negro, acercándose al boletero, enfurecido.

- Jefe, jefe, usted es testigo –el cobrador miró suplicante a Federico, y éste, tratando de mostrar la cara más seria y mala que pudo, habló con una seguridad que no se lo creía nadie:

- ¡Oiga no reclame vuelto! –dijo.

El negro, haciendo blanquear sus ojos, parecía no haber escuchado. Se comportaba como si mirase a un insecto que se atrevía a picarlo.

- ¡No reclame vuelto! –repitió Federico algo confuso.

Con su mirada, el gigantón, lo hizo sentir como si no existiera.

Sacando valor, no se sabe de dónde, Federico tomó del brazo al negro, tratando de empujarlo hasta la puerta.

- ¡Baja, baja! –le dijo más rogando que ordenando.

El negro, esta vez a parte de blanquear los ojos, le mostró sus también blancos dientes.

- ¡Baja, baja –insistió Federico.

- ¡Para el carro! –Federico ordenó valientemente al chofer, sin soltar del brazo al gigante de metro ochenta.

- ¿Vas a bajar o no? –preguntó Federico mirando más al público que al negro.

- ¡NO! –le respondió el negro casi mordisqueándole el oído.

- ¿A no bajas? –habló Federico, soltándole el brazo y arreglándose el Kepí–. Sí tú no bajas – le dijo–, entonces el que baja soy yo.

Y, para sorpresa de todos, Federico bajó del micro sin terminar la frase, mirando a sus espaldas, como si temiera ser perseguido por el negro.

Después, ya lejos del gigante, tomó otro microbús y permaneciendo alerta: "no vaya a subir otro negro, igual al gigantón de metro ochenta y ojos de toro bravo…”

Federico, con el diploma en la mano, dio media vuelta, levantó la pierna izquierda y con paso marcial se dirigió a donde se encontraban emplazados sus compañeros de armas. En su rostro, había desaparecido la sonrisa causada por el recuerdo, para dar paso al rostro serio de policía cuajado, seguro de sí mismo, orgullo de su familia, de su institución y, porque no decirlo, del Perú entero.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El Regreso

Por Palujo

Cogió su viejo maletín, compañero de infortunios, y bajó del ómnibus con paso lento; cansado. No era el largo viaje la causa de su agotamiento, sino la preocupación por su futuro y el qué dirán de las gentes.

Después de seis meses deambulando con el mismo traje, tocando puertas, pidiendo favores, regresaba de la gran Lima, derrotado. Sus familiares lo trataron bien; pero, Carlos Antonio, ya no quería ser carga para ellos y retornaba al lugar de donde había salido con la ilusión de conseguir trabajo.

Las luces del pueblo no se diferenciaban mucho de las de la capital; sólo faltaban los semáforos, el ir y venir apretujados de sus gentes y el pasar veloz de los vehículos con el alboroto enloquecedor de sus bocinas.

Los adornos multicolores en puertas y ventanas eran idénticos; indiferentes; e idénticas también eran las monótonas tonadillas de las canciones que bombardeaban los oídos como si de alegría se vestiría el mundo al escucharlas y no existiera por ello la tristeza o soledad en algún corazón humano.

El ómnibus que lo condujo había llegado casi a la media noche, por una falla mecánica que lo retrasó dos horas.

Carlos Antonio, trabajador desocupado, estaba en busca de oportunidades que no llegaban. Absorto en sus pensamientos, con su maletín al hombro, avanzaba por la calle “Simón Bolívar”. Sus hijos, pequeños e inocentes, esperanzados, no escucharán explicaciones y su llanto será interminable. Su esposa lo esperará con el beso comprensivo de siempre. Pero, ¿y después?, ¿qué les dará de comer? ¿Y ahora esta fiesta que dicen es de los niños, de los pobres y afligidos?, ¿acaso no se ha convertido en alegría de ricos, en negocio y blasfemia?, ¿dónde están la caridad y la paz que tanto pregonan?

Con la mirada larga, Carlos Antonio, traspasó las paredes de las casas y observó que en la suya se desplazaba la tristeza y soledad; quiso dar marcha atrás, huir; pero su corazón le dijo que no y continuó a paso lento; cabizbajo. Sus ojos húmedos estaban al borde del llanto. ¡Qué diferente hubiera sido si tuviera trabajo! Las bombardas y cohetecillos empezaron a sonar con más intensidad. Ya casi eran las doce.

Carlos Antonio dobló la esquina. Allí estaba su casa. ¿Qué habrá pasado se preguntó? En las casas vecinas reinaba un silencio absoluto pero en la suya había luz, mucha luz y además música. ¡Si era su casa! Reconoció a sus vecinos en ella y, al instante, un tropel de personas salió a su encuentro: eran su mujer, sus hijos, los vecinos y el señor alcalde.

— ¿Qué pasó don Carlos? Pensamos lo peor —habló el alcalde.
— Sí; pensamos que ya no vendría, lo estábamos esperando —dijeron los vecinos.
— ¿Ha pasado algo? —preguntó.
— No don Carlos, nada. ¿Acaso no se da cuenta? ¡Estamos en navidad!
— Carlos Antonio abrazó a sus hijos y esposa. No pudo contener el llanto.
— ¡No llores papá! —sus hijos gritaban felices.
— ¡Feliz navidad don Carlos… no se preocupe…nosotros comprendemos… verá que todo se arregla… sólo hay que tener fe, ya lo verá! ¡De ahora en adelante en nuestro pueblo todos los días serán navidad! —exclamó emocionado el alcalde.

Carlos Antonio ingresó a su casa. Un grupo de pastoras entonaban canciones y villancicos y en un rincón el Niño Dios descansaba en su pesebre. A su costado, sobre una pequeña mesa, había panetón y chocolate.

— ¡Feliz navidad! ¡feliz navidad!

Todos se abrazaron y sonaron las campanas de la iglesia. ¡Eran las doce de la noche! Carlos Antonio exclamó:

— ¡Gracias, muchas gracias! ¡Éste es mi pueblo! ¡Navidad es compartir! ¡Navidad es de los pobres, es de todos los de buen corazón! ¡Qué viva la navidad!

Los regalos, las bombardas y cohetecillos casi no le importaron. Carlos Antonio recobraba la fe y esperanza. El pueblo estaba cambiando.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Los Cipreses de mi alma...

Por Palujo
Hace ya más de cuatro décadas, año tras año, con pasmosa frialdad e indiferencia, teniendo como testigo al pueblo entero, nuestras autoridades, dejaron morir los cipreses de la plaza de armas. Un lugar que sin ser extraordinario, con su presencia, nos daba la bienvenida y saludaba con dignidad.
Bastó que la ociosa posadera de un insensible ocupara el sillón municipal, para que el resto de alcaldes, preocupados por mezquinos intereses, dejen de mantener esta área verde donde sobresalían hermosos cipreses en diferentes formas.

Hace tiempo, mucho tiempo, quería escribir al respecto. No recuerdo el día, ni el año, pero sucedió una mañana cuando, sentado en una de sus bancas, me vi saltando en el ciprés que tenía la forma de una canasta de enorme asa. Para mí esa era la plaza de armas más bella del mundo. No la puedo olvidar. Don Pepito Sancho tomaba fotos ya sea al costado de la canasta, de la llama, del escudo, de la cruz o del pato. Parecía que era el único que adivinaba que los íbamos a extrañar.

Algunos afirman que la vida se puede resumir en un momento, y que, a veces, un momento puede durar toda la vida. Por la plaza de armas de maternales cipreses de nuestro pueblo, han pasado momentos que aún no acaban, ni acabarán; maravillosos momentos.

Es verdad que el valor sentimental de las cosas no se puede medir, no es igual para todos. El trompo, el tira jebe, la cometa, el carrito de arcilla, etc. etc., todas estas cosas no tienen un gran valor económico, pero en cada una de ellas se encuentran los momentos más extraordinarios de nuestras vidas.

Se han construido pistas, se han colocado adornos en sus cuatro esquinas, existe nueva plazoleta, pero ¿por qué tanta indiferencia con la plaza de armas que hacía de nuestros días una eterna primavera?

Es verdad que la iglesia luce más hermosa y que algunas casas coquetean con balcones retocados; es verdad lo de la plazoleta nueva, pero ¿qué pasó con nuestra plaza principal?

La plaza de armas, sin los cipreses y el verdor organizado de sus jardines, nos muestra descorazonada dos quejumbrosas y maltratadas palmeras que se mueven cual gigantes avergonzados por no saber cómo ocultar su descubierta y desnuda intimidad. ¡Cuánto dolor y tristeza hay en ellas!

No era la plaza de armas de algún país rico, ni la última maravilla del mundo, pero allí esperaban los cipreses, en la cabecera del pueblo, perfumados y orgullosos de ver pasar alegre al carnaval, sufriendo estoicamente cada fiesta de mayo, recuperados ya para la primavera, y otra vez hermosos para la navidad.

Lenta y criminalmente han dejado sucumbir los cipreses de la plaza de armas de nuestro pueblo. Se fueron en silencio llevándose muchos recuerdos que las sobrevivientes palmeras no saben a quién contar. Ellas los echan de menos. A mí solo me queda guardarlos junto a los trompos y tirajebes de mi alma.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El Tío "Nevada"

Por Palujo

  I   Don Sergio
En los pueblos grandes o pequeños, de generación en generación, siempre han existido hombres que vivieron para hacer reír. Personajes que llegaron a este mundo bromeando y a los que así también les llegó la muerte, como dijeran los antiguos: ciprando las muelas.
Sucre no es la excepción. Uno de estos enviados, no se sabe si por Dios o el demonio, fue don Sergio, más conocido como el tío Nevada. En él, no hacían mella la fortuna ni la pobreza. Tampoco le importaba que su tentación permanente por bromear provenga de una fuerza maligna o divina: — Desciendo de raza Árabe Judía —proclamaba a los cuatro vientos y, quizás, esta haya sido la explicación que indirectamente trataba de dar a su especial idiosincrasia.
Terminó la educación primaria como uno de los mejores alumnos y no quiso continuar estudiando porque, según él, ya lo sabía todo; incluso, aseguraba, que el mundo nunca cambiaría, que seguiría igual de injusto, así vivas en la cumbre o en la miseria. Don Sergio prefirió permanecer en su pueblo ayudando a su familia en la crianza de ganado vacuno, la venta de leche y con su preocupación por hacer reír a la gente.
Calzando un par de botas de jebe, con la barba blanca y crecida, iba detrás de un borrico que sobre su lomo llevaba dos porongos de leche. Sabía infinidad de historias, muchos lo escuchaban y había que ser un tonto para dejar pasar la oportunidad de reír con los chasquidos del tío Nevada.
— ¡Hola pues sobrino! —para él todos los niños y jóvenes eran sus sobrinos—. ¡Goool de media cancha! —gritaba; esa era su expresión favorita que lo describía como ganador, en especial luego de que sus bromas le salieran redondas.
Llegaba preparado para cualquier ocasión, aparecía sonriente saboreando en su interior una broma que al ser contada o hecha realidad, hacía del lugar una fiesta donde resonaban las risotadas más estruendosas.
Cuentan que en cierta oportunidad el párroco del pueblo se vio obligado a hacerlo callar porque, a seis cuadras de la iglesia, hacía reír a un grupo de jóvenes tan estrepitosamente que impedían a los feligreses escuchar el santo sermón.
De igual modo los días que iba a la provincia de Celendín a vender leche en su porongo, los pasajeros del vehículo que los transportaba eran los premiados; parecían un grupo de divertidos adolescentes, excursionistas de alguna promoción de colegio. Armaba tal jolgorio que hasta daba la impresión que las ventanas del ómnibus aplaudían celebrando sus ocurrencias.

II   La noche es de los pobres
Una mañana, antes que saliera el sol, la rara denuncia que se asentó en el Puesto Policial, sacó del marasmo al pequeño distrito. El criador de ganado vacuno más conocido del lugar se presentó muy molesto para informar que había sufrido el hurto de leche de la propia ubre de tres de sus mejores vacas.
Al día siguiente otro ganadero hizo lo mismo. Cuando los guardias vieron llegar al tercer ganadero, no lo podían creer.
Desde esa fecha, el pueblo tuvo que soportar una serie de chismes y acusaciones. ¡Esos desgraciados, muertos de hambre, son los autores! Los ganaderos acusaban del hurto a los más humildes, estaban furiosos.
Se comentaba que el ladrón actuaba en las madrugadas. Los policías, que eran cinco y dormían temprano, tuvieron que despertarse para ir a patrullar por el campo, antes que cantaran los gallos y las chicharras.
Transcurrieron los días y la leche seguía desapareciendo de la ubre de las vacas. El escurridizo delincuente actuaba en la oscuridad y con sorpresa; unas veces lo hacía por las pampas del “Común”, otras por las del río el “Verde” y las demás por las de la carretera vieja.
Los ojos de la policía, que ya no sabían qué hacer, se detuvieron en el tío Nevada. ¿De dónde saca dinero para beber licor si sólo vende un porongo de leche a la semana?, se preguntaban. La acusación era directa y la casa de don Sergio fue visitada en varias oportunidades. ¡Estaba con orden de captura!
Hay quienes afirman que, como los guardias eran sus amigos, no lo querían detener y lo único que hacían era mirarlo de lejos y escuchar cuando gritaba: - ¡La noche es de los pobres! ¡La noche es de los pobres!
A la mañana siguiente lo detuvieron. Dicen que el guardia “Chaquilino” lo condujo con engaños, invitándole aguardiente. También indican que fue el propio tío Nevada el que voluntariamente se presentó; no lo sabemos, lo que sí podemos asegurar es que eran exactamente las doce horas de un día sábado cuando estalló el escándalo.
Los policías conversaban tranquilos. Para ellos el tío Nevada era el autor del hurto, y como ya dormía la mona en el calabozo, el caso estaba resuelto. Lejos estaban de presagiar lo que vendría.
Don Sergio no roncaba la mona. En silencio contemplaba las vigas y el eternit que cubrían las cuatro paredes de su pequeña “prisión”, como lo llamaría después. Todo lo tenía calculado y solo esperaba llegue la hora.
Cuando sonaron las doce campanadas en su reloj imaginario, el tío Nevada ya se encontraba sobre el techo del Puesto Policial, después de haber levantado algunos maderos y el eternit.
El primero que lo vio fue el señor Quisquiche que llegaba del Isco para realizar compras en el mercado. Al comienzo pensó que estaría reparando goteras, pero al escuchar las arengas de el tío Nevada, se dio cuenta de lo sucedía.
— ¡Pueblo de Sucre, ha llegado la hora de la redención! —don Sergio ya tenía el discurso en la cabeza y gritaba parado sobre el techo de la estación policial, agitando los brazos como un auténtico líder—. ¡He aquí al Mesías! —hablaba golpeándose el pecho con las dos manos.
Los guardias descubrieron que los gritos provenían del techo que los cubría, cuando los curiosos se aglomeraron frente a la dependencia policial.
De cinco a diez minutos duró el barullo de don Sergio.
El Jefe de policía, luego de la contundente respuesta que diera el tío Nevada de que su ganancia en la venta de leche era por el agüita que le aumentaba para venderla en Celendín, al no tener pruebas incriminatorias para detenerlo por más tiempo, lo tuvo que dejar en libertad.
Don Sergio salió repitiendo lo que el pueblo memorizó para siempre: — ¡La noche es de los pobres! ¡La noche es de los pobres!

III   Todos menos el cuy
Eran las bromas del tío Nevada interminables, tantísimas que no cabrían ni en el libro más grande que hasta ahora se haya visto en el mundo.
Lo que sigue sucedió en la fiesta del mes de mayo, no en las que ahora realizan con gran esfuerzo más de 300 personas, sino en aquellas en las que los mayordomos eran uno o dos pero de gruesa billetera, donde a las mesadas no acudía cualquier parroquiano porque parecían fiestas de reyes. El tío Nevada subía por la calle Próspero con los traguillos suficientes para mantener el cuerpo caliente por varias horas. Por coincidencia, al llegar a la plaza de armas, frente al municipio, se encontró con su gran amigo el Capitán que bajaba de su casa vestido con impecable terno color plomo rata.
— Hola pue’ mi Capitán —le dijo el tío Nevada—, parece que te irías a la gloria o a un desfile de querubines.
— No, mi nevadita —le habló el Capitán abrazándolo cariñosamente—, es hora de almuerzo y voy a la mesada que organiza don Shato.
— Uf, ahí solo van los de saco y corbata —dijo don Sergio.
— No te preocupes nevadita de eso me encargo yo; vamos a mi casa y ya verás…
Efectivamente, al poco rato, bajaban los amigos sonrientes. La gente miraba a don Sergio con sorpresa, nunca lo habían visto con camisa blanca bien planchada, y peor aún, sobando la corbata que colgaba de su cuello como si se tratara de una serpiente a la que había que dominar.
Cuando llegaron a la casa de don Shato los invitados ya degustaban un delicioso plato de cuy frito con papas, cebolla y rocoto picante. El anfitrión era el que daba la bienvenida a los invitados. En los primeros lugares, sin saber por dónde empezar a comer, se encontraban los profesores de nivel primario.
— Shatito, aquí he venido con mi Nevada —dijo el Capitán, sobándole el codo.
— Ya lo veo; esta tan lluspichau que ya parece el Capitán –contestó en voz alta don Shato.
Los profesores, cuando vieron ingresar al tío Nevada bien a la corbata y camisa planchadas, rieron de buena gana.
— Sí; él parece el Capitán –refirió el profesor Manuel B., al que le decían el rey de los apodos porque le había puesto uno, Pollo con escarpines, a su colega Jaimito Cruzado que era chiquito, narizón y usaba botas de cuero.
Los demás profesores, que se ubicaban a continuación de Manuel B., eran don Manuel M. y don One en cuyas caras no se podía adivinar si estaban serios o alegres, tenían los dientes tan grandes que daban la impresión de estar permanentemente riéndose; les decían Los trompudos.
De los que sí se escuchaban sus risas eran de los profesores Mariano y Octavio, a pesar que se encontraban al otro lado de la mesa.
El tío Nevada, adivinando lo que iba a suceder y para no ser objeto de burla, se puso en guardia sacándose la corbata y amarrándola en la muñeca de su mano derecha.
— Yo no soy el Capitán, soy el Coronel —dijo, dando un saltito al estilo de Cantinflas.
Aprovechando la manera de saludar del tío Nevada, el profesor Manuel B. quiso reír a sus costillas, agarrándolo de punto.
En la mesa de la comelona, se podían contar de doce a quince botellas de cerveza, sin tomar en cuenta las de sauternes y las de oportos.
— Nevadita —le dijo el profesor Manuel B., alargando los labios como capullo de azucena-. Si tuvieras la oportunidad de nacer convertido en animal, ¿cuál de los tantos que existen escogieras?
Los invitados habían interrumpido la comelona y aguardaban expectantes la respuesta.
— ¡Todos menos el cuy! —contestó don Sergio sin hacerse esperar.
— ¿Por qué? —preguntó el profesor Manuel B. sorprendido.
— Porque no quisiera estar en sus muelas de esos trompudos.

Dicen que los comensales rieron tanto que les era imposible seguir comiendo; platos, cucharas y cuchillos volaron por los aires. La casa del viejo Shato se había convertido en un loquerío: los invitados iban y venían por sus alares contorciéndose de risa y hubo un momento en que los cuyes parecían haber recobrado la vida, ya que saltaron por sobre la mesa, bajo las sillas, junto a los platos rotos que completaron el espectáculo.

IV   La muerte
Pero lo que hemos contado hasta ahora son pequeñeces que no llegan ni a los talones de las verdaderas bromas del tío Nevada. Para quedar todos satisfechos, vamos a relatar una más de ellas, donde continúan de protagonistas algunos de los anteriores personajes.
Eran las once y treinta de un día laborable, se escuchaba el murmullo de los estudiantes y la firme voz de algún profesor que dictaba clase en una de las aulas de las tres que había en el patio empedrado de la escuela ex 83, Andrés Mejía Zegarra. El profesor Manuel Bazán y One dialogaban en la puerta principal. Al costado de la escuela dos señoras vendían sus berenjenas y rosquetes.
A esa hora, por el cruce de las calles Próspero y Minopampa, regresaba muy alegre de la provincia el tío Nevada, cargando un porongo vacío sobre su poncho bayo que colgaba de su hombro.
Antes que llegue a la puerta de la escuela, el profesor Manuel Bazán, lo saludó cordialmente.
El tío Nevada se detuvo a la altura de los profesores y dijo señalando a don One: — Justo contigo quería hablar.
— Para que soy bueno Nevadita —contestó el profesor.
— Tú eres instruido, inteligente, como tú no hay otro; eres el único que puede responder a mi pregunta.
— Dime Nevadita.
— ¿Qué es la muerte? –preguntó sin más preámbulos.
— La muerte Nevadita… —don One habló cerrando los ojos, apretando un poco los labios y moviendo la cabeza de arriba abajo, lentamente—. Ya está –dijo-. La muerte, según el filósofo Sócrates, es la continuación de la vida.
— ¡Muy bien! –exclamó el tío Nevada—. Sabía que tú no me ibas a fallar —afirmó saludándolos con la mano en señal de despedida.
No avanzó ni cincuenta metros, cuando, intrigado, el profesor One lo llamó: — Nevadita, nevadita, un momentito por favor.
— Si One, ¿qué será? —preguntó el tío Nevada regresando al lado de los profesores.
— Y para ti, ¿qué es la muerte?
Imitando los gestos con los que, a la misma pregunta, acompañó su respuesta el profesor One, el tío Nevada afirmó:
— La muerte para mí es el sueño más profundo del que ningún jijuna gran puta se levanta.
Lo dijo moviendo vertical y firmemente el brazo derecho, como lo hace un verdadero director de orquesta.

Glosario:
Ciprando las muelas: Riendo.
Porongos: Recipientes de metal en los que se guarda y/o transporta leche.
Sauternes y oportos: Vino francés y de Portugal, respectivamente.
La mona: La Borrachera.
Mesadas: Banquetes que acostumbran realizar en los pueblos del interior del Perú, donde degustan exquisitos potajes, generalmente las autoridades y personajes.
Traguillos: Copas de licor (aguardiente).
Lluspichau: Bien peinado.
Trompudos: Que tienen los dientes notoriamente grandes.
Comelona: Comensales que participan de una mesada.

sábado, 7 de noviembre de 2009

La Casa Sola

Por Palujo

La casa de tejas y adobe que tiene el corral pequeño y el patio grande, ha quedado sola. La casa de tejas y adobe que tiene, entre sus dos puertas, un portón de madera, ha quedado dolorosamente sola. Y la casa de tejas y adobe que lucía sobre su puerta izquierda el Escudo peruano, en un latón pintado, ha comenzado a sufrir de soledad y quizás de abandono. Pero no sólo la casa de tejas y adobe de la calle Dardanelos signada con el número cuatrocientos tres ha quedado sola; en nuestro pueblo hay muchas, demasiadas casas solas. Casas de paredes aparentemente mudas, de habitaciones tristes y vacías.

Al caminar por las calles de nuestro Sucre, observamos que a las casas solas les falta poco para llorar. La grama crecida de sus corrales y veredas empedradas, los cimientos y paredes carcomidas por el tiempo, el polvo y las telarañas, configuran sus lágrimas que lo dicen todo.

- ¡Mírame como estoy! -gritan.
- ¡Soy el vientre donde creciste! -claman.

El vecino, es decir el auténtico sucreño, también se encuentra triste. Las casas solas lo miran pasar y envidian a las otras; a las que viven con sus fogones calientes, a las que miran con los ojos de sus cielos rasos o de sus carrizos, la alegría o tristeza de sus hijos, a aquellas de orgullosos techos que festejan las patadas de sus niños o que aún sienten el caminar cansado de sus viejos. Y las envidian realmente, no sólo por su falta de goteras y de sus puertas que se abren y se cierran, las envidian más cuando lucen pintadas o con reparaciones, todas modernas y coquetas para las fiestas.

En esos días de jolgorio, no las saludan al despertar por las mañanas; sólo conversan entre ellas, chismean bajito cuando las ven.

- ¿Y ésta qué se habrá creído? -se preguntan-. Sus hijos un día viajarán, no sabe lo que la espera.

Mientras tanto:

- ¡Ay, cuántas casas solas! -suspira la iglesia inflando sus altas y anchas paredes.

El Municipio, haciéndose el fuerte, la consuela:

- No te preocupes -le habla muy quedo- tienen que volver, aunque sea para mayo tienen que volver.

Las mujeres feas son como los jardines abandonados; donde, de pronto, entre enredaderas y malahierbas, te sorprende una delicada azucena o la perfección de una rosa. Las casas solas son igual, jardines abandonados, donde, no sólo nos sorprenden las azucenas y las rosas, sino también los recuerdos que saltan puros y dulces, como el del hermano menor que lloró en un rincón desesperado por un trompo; o como el recuerdo de aquel amigo que llamaba con conocidos toques o silbidos a tu puerta; o, mucho mejor, cuando a tus ojos se presenta la casa de ella, la del primer amor, y de pronto sientes que nada ha cambiado, que sigue todo incólume dentro de tí; ¡cómo regresa tu alma a vestir el uniforme de estudiante y goza y padece todo como si sucediera por vez primera.

La casa de tejas y adobe, que tiene el corral pequeño y el patio grande, está llorando su soledad. Hoy llora por sus tejas rotas, mañana por unas cuantas pajitas y después llorará por sus paredes desnudas.
La casa de tejas y adobe que tiene el corral pequeño y el patio grande, ¡señores!, como el pueblo entero, está llorando.

Dios y mi corazón lo saben.
 

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