Distrito de Sucre en todo el Perú y el mundo.

Buscar en este portal

miércoles, 31 de agosto de 2011

Leyenda: HISTORIA DE MIGUEL WAYAPA


 
Por José María Arguedas

El Inca, bañado en ella, recibió el bautismo mítico.

Y había un hombre llamado Miguel Wayapa. Este hombre tenía un corazón duro y perverso. Era muy acaudalado. Poseía ganado. Era dueño de grandes tierras de sembrío y de grandes trojes de alimentos. Este hombre era además usurero, un usurero implacable. A quienes le debían los hacía trabajar gratuitamente, so pretexto de réditos. A los miserables los desnudó; los despojó de todo bien por medio de la usura. Era pues el corazón más vil y perverso. Y así murió Y todo entero, en carne y hueso, cayó a los infiernos.

En el mismo pueblo, vivía otro hombre, padre de tres hijos, muy pobre, muy pobre. Y este hombre, un día en que había bebido mucho, en su ebriedad, aceptó ser alferado de una fiesta principal que demandaba gran derroche y dinero. Tal hombre fue en seguida donde su mujer y le dijo;

— ¡He aceptado el alferado de la gran fiesta! Entonces la mujer le reprochó:
—Así como aceptaste pasar semejante cargo, así tendrás que ir aunque sea hasta la casa del diablo a conseguir dinero.

Cuando oyó el reproché de su esposa, el hombre se echó a llorar amargamente. Y de este modo, con lágrimas en los ojos, hizo que alguna gente le ayudara a moler maíz para hacer harina. Y cargando los sacos de harina en una piara de llamas salió a viajar en compañía de sus tres hijos.

— ¡Sí; caminaré y buscaré; aunque tenga que llegar al mismo infierno!— había dicho antes de partir.

Vagó por los caminos sin rumbo filo, arreando sus llamas. Y anduvo y anduvo, durante cuatro días y cuatro noches. Hasta que se encontró con un señor; con un señor que venía montado en un caballo blanco. Y el señor le preguntó al hombre:

—Hijo mío, ¿adónde te encaminas?
—Por aquí ando mi señor —contestó el hombre—Acepté ser alférez de un día muy grande, de una fiesta 'imposible para mí. Y mi esposa me reprochó: "Tendrás que ir aunque sea hasta el infierno a conseguir dinero" — me dilo. Por eso voy trotando, anticipe tuviere que llegar a la casa del demonio. ¿Por dónde será el camino, mi señor?

Y entonces le contestó el señor:

—No, hijo mío. No llenarás a tal extremo. Ve a la ciudad que hay tras de estas montañas: el camino es aquél que se ve en la letanía. En tal ciudad tus sacos de harina Podrás convertirlos en centenares de monedas. Aquél es el camino hijo mío —y señaló la senda en la montaña —Ese camino es el que debes tomar, y no el otro, el que aparece cerca del primero; porque este último es el que llega hasta el infierno.

Y nula más le dijo el caballero. Dicen que era nuestro señor Santiago.

Pero el camino que debía escoger el viajero estaba aún muy lejos. Y así, llorando, los cuatro hombres se dirigieron a la montaña. Y cuando llegaron al camino que había señalado el señor, el padre preguntó a sus tres hijos:

¿—Cuál fue el camino por donde nos mandó ir el señor?

Como sus ojos habían anochecido a causa de las lágrimas, él no podía reconocer el camino.
El menor de los hijos le contestó:

—No nos dijo que entráramos a este camino, sino al otro—. Y conforme decía, orientó a su padre por la verdadera senda. Pero el mayor estaba errado y los perdió. Interrumpiendo a su hermano, dijo:

—No. No es ése el camino, sino éste.

Y así fue como todos entraron al camino extraviado, al camino del demonio.

De este modo llegaron a la cumbre, al anochecer. Allí amarraron a las llamas, descargaron los sacos de harina, y después se acostaron para pasar la noche.

Mientras dormían vino el demonio, arreó las llamas y se las robó; las condujo hasta su pueblo. Cuando despertó el hombre, buscó sus llamas; y como no las encontró, pensó que los ladrones se las habrían llevado. Entonces, en compañía de uno de sus hijos, se echó a buscarlas, dejando al menor para que cuidara las cargas de harina.

Siguiendo el rastro de las llamas, el hombre llegó hasta un cerro lejano. Allí encontró a Miguel Wayapa, a su fantasma. Cortaba leña de ró'ke, leña menuda, y la terciaba con una soga. Parecía una soga torcida de cuero, pero en verdad era una serpiente; sólo para los ojos del hombre común semejaba un lazo.

Era Wayapa, mas su vecino no lo reconoció; sólo vio en él al fantasma. En cambio Miguel Wayapa identificó al hombre de su pueblo; y le habló de este modo:

—Señor, ¿no me reconoces? Yo soy Miguel Wayapa. Por todas las lágrimas que hice derramar a los hombres, he aquí que nuestro Señor me atormenta y me aflige.

El hombre sólo dijo al fantasma:

—Mis llamas han venido hasta estos parajes; voy rastreándolas y sus huellas entran hasta aquí.
—Sí; es cierto. "El" las trajo. Tus llamas están ahora mirándose las caras, amarradas por el cuello en un círculo de sogas, en el centro de plaza del retozo.

Yo he de salvarme ahora contigo. ¡Yo he de enseñarte mucho! Y así le enseñó mucho diciéndole: "Entrarás ahora mismo, a carrera, a la plaza del retozo. Y arrancando las sogas del cuello de las llamas las arrojarás al suelo. Una vez que hayas arrojado las sogas blandirás tu cabestro de cuero torcido, y golpeando con él a tus llamas, las arrearás a todo vuelo. Entonces, una multitud de señores y de matronas tratarán de alcanzarte mostrándote platos y azafates con viandas y manjares, y vasos de chicha: "¡Come y bebe, mi señor!", te dirán, y luego te rogarán: "Descansa aún; véndenos tu ganado". Pero no les darás oído ni aceptarás sus propuestas. Entonces se lanzarán sobre ti unos perros feroces, ladrando y dando dentelladas. Pero tú los azotarás con tu soga de cuero, los espantarás, dispersándolos por toda la plaza, hasta arrojarlos a los rincones. Yo correré bajo los ruidos, en el desconcierto, y podré llegar hasta la orilla del camino que sale del pueblo. Allí te esperaré. De este modo podré saltar al centro de tu tropa de llamas. Y entonces, tú, blandiendo tu soga, corriendo y volando, alborotando, arrearás la tropa; y con las llamas me sacarás, me salvarás.

Así instruido, el hombre entró al pueblo. Corrió directamente hacia la tropa de llamas; y arrancando las sogas las arrojó a la tierra. Tan luego que hubo arrojado las sogas, miró el suelo, y vio que una turba de serpientes mutiladas se debatían y hervían en su propia sangre. Inmediatamente, el hombre arreó las llamas, a todo galope. En ese instante corrieron tras él, caballeros y matronas, llevando en las manos platos de comida y vasos de chicha, diciendo: "¡Descansa aún, mi señor! ¡Véndenos tus llamas!".

Pero él no aceptó las ofertas ni recibió ninguna cosa. Luego, una jauría de perros se lanzó sobre él ladrando y atropellándose; el hombre los azotó con el lazo de cuero, de tal manera, que los perros fueron arrojados a todos los rincones. Así logró arrear las llamas hasta las afueras del pueblo. Y como ofreció, en verdad, Miguel Wayapa estaba esperándolo allí junto al camino. Cuando vio aparecer la tropa de llamas, saltó sigilosamente entre las bestias. Trotó con las llamas como si fuera una de ellas. Y el hombre, agitando la soga de cuero, condujo la tropa por los caminos, las puso a salvo. Así fue como llegaron hasta el abra de una montaña. En el abra de esa montaña estaba sentado nuestro padre Santiago. Estaba armado con su espada. Se levantó y les dijo:

—Los demonios vienen a caballo para darles alcance. Ahora los haré retroceder, les cortaré y rajaré los cuer­nos. Seguid vosotros, y esperadme junto a las cargas de harina.

Cuando estuvieron ya muy lejos volvieron los ojos hacia el camino, y vieron que los demonios, en gran ca­balgata, galopaban hacia ellos. Pero en ese instante aparece nuestro señor Santiago y con golpes de su espada rompe los pies de los demonios, les cimbra las espaldas, y hace que su caballo los pisotee en la tierra.

Una vez que llegaron al sitio donde el hombre dejó sus cargas de harina, descansaron para esperar a nuestro padre Santiago. Allí encontraron al menor de los hijos, que esperaba a su padre llorando desoladamente en el silencio.

Llegó nuestro señor Santiago, y dirigiéndose a Wayapa le recriminó de todos los hechos de su vida diciéndole:

—Tú eras el que hacía llorar a los hombres; tú fuiste el ladrón; tú eras el asesino.
Y Wayapa  no encontró un sitio donde ocultar el rostro.

Nuestro padre Santiago continuó:

—Ahora vas a llegar a tu pueblo, pero no a tu casa. Derechamente irás al templo de la oración. No le dirigirás la palabra a nadie. No visitarás a tu esposa, ni a ninguna otra gente.

Y escribiendo una carta, encargó al hombre que la entregara al Sacerdote del templo de la oración. En la carta decía: "Ahí vuelve el gran pecador; ha de trocarse en bueno. Dirás una misa por su alma. Ya está resucitando. Ya no ha de ser un muerto. Tras del campo donde se entierra a los cadáveres mandarás levantar una casa para él. Pero no permitirás que viva con su mujer. Tres misas le tendrás que dedicar a ese pecador. Y cuando estés celebrando la segunda misa, la del centro, llegará un moscardón y le escurrirá su sangre en la frente; esa sangre se hundirá en los huesos de su frente. Tan luego muera el moscardón, el alma entrará al cuerpo de Wayapa, volverá a su ser. Hecho esto, vivirá en la casa que has de mandarle construir".

Luego, dirigiéndose al hombre, nuestro padre Santiago le ordenó:

—Vacía tus sacos de harina al suelo.

Pero el hombre se negó a obedecer.

—Cómo es ésto, Señor— le contestó— ¿Con qué he de llevar algo a mi casa? De todos modos tengo que ne­gociar mis sacos de harina.

El Señor insistió:

— ¡Vacíalos, te digo! Y anda a recoger esos trozos de cacharros.

E hizo que recogiera los tiestos que habían cerca del camino; y ordenando que golpeara los bordes, mandó que hiciera con ellos grandes trozos circulares. Luego dispuso que rellenara los costales de harina con los trozos de arcilla. Hizo que cosiera las cerraduras; mandó que cargara las llamas. Y le dijo:

—Ahora vete; ahora vuélvete. Pero no tratarás de escudriñar los costales, hasta llegar a tu casa.

El hombre emprendió la marcha, según la orden. Y arreaba sus llamas. Al principio las bestias caminaron muy ligero; pero después, las cargas se tornaron pesadas como el plomo. Asimismo, el hombre, en las primeras jornadas y en los parajes de descanso, levantaba las cargas y las bajaba fácilmente, como si pesaran poco; pero en las jornadas siguientes sintió que los sacos aumentaban de peso. Así, a duras penas, el hombre con la ayuda de sus tres hijos y de Wayapa, cargaba las llamas. Y ni las llamas ya podían con el peso; sus espaldas se cimbraban hacia el suelo. Es que los tiestos se habían convertido en plata. Sin embargo, ayudándose entre todos, bestias y hombres, pudieron llegar a la casa del viajero.

Y en llegando, descargaron los bultos, abrieron los costales y vieron que los trozos de arcilla se habían convertido en monedas. Entonces el hombre barrió minuciosamente uno de los rincones de su casa; allí vació el dinero hasta formar un montículo de plata. Cuando entró la mujer a la habitación, se colmó de alegría; y sahumó las monedas con perfumes. Así, jubilosa, encomió a su esposo y a sus hijos y los engalanó con sus elogios.

Ya faltaba menos de un año para la gran fiesta. El alferado y su familia empezaron a hacerse trajes nuevos. Todos estrenarían los más hermosos vestidos.

Muy pronto llegó el gran día. Y este hombre celebró la fiesta con una pompa y lustre que no se habían visto antes, ofreciendo lo que no ofrecieron otros, haciendo lo que los antepasados no hicieron. Y a pesar de todo el derroche y los gastos del gran día, todavía le sobró miles y miles de dinero. Se 'tornó en poderoso por haber celebrado la gran fecha del pueblo.

Luego que pasaron los días de fiesta, iba diariamente a visitar a Miguel Wayapa; la mujer de éste ve­neraba al hombre que salvando a su marido de la perdición y la condena, lo trajo nuevamente al pueblo. Por fin, el salvador llevó a la mujer de Wayapa donde su marido; porque habiendo recibido todas las ceremonias en el templo de la oración, Wayapa se tornó en un hom­bre nuevo, de alma hermosa y purificada. Así Wayapa renació al mundo del bien. Y esa misma mañana recibió a su mujer y le dijo:

—Por todas nuestras culpas he penado en el infierno. Luego le recriminó de todos los pecados de su vida, y continuó:

—Por haberme salvado, en nombre de mi resurrección, reparte algo de nuestras riquezas entre los huérfanos y los míseros.

La mujer obedeció de buen corazón; y no hubo beneficio que ella no ejerciera; hizo llegar su piedad no sólo a los huérfanos y abandonados, sino también a los pobres, a los que poseían pocos bienes.

Pero Wayapa ya no era de los que comen y beben. Y así vivió; su mujer en un lado y él en otro, ambos solos, separados para siempre.

Y todos estos sucesos ocurrieron hace ya mucho tiempo.

De Leyendas y cuentos peruanos.

1 comentario:

  1. Recuerdo que leí este cuento en un libro de mi abuelo de tapa marrón con rojo... una colección que no he vuelto a ver desde que tenía 10 años. Había, además, otros cuentos que estoy buscando: el amante de la culebra, Isicha Puitu, el joven que subió al cielo, etc. Gracias por colocar este cuento en su web. Voy a compartirlo con mis amigos.

    ResponderEliminar

 

©2009 Asociación Movimiento de Unidad Sucrense - "MUS" | Template Blue by TNB