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jueves, 26 de septiembre de 2013

Cuento: SIGILO


Escribe: Manuel Sánchez Aliaga.

Cualquiera hubiese dicho que Anselmo sólo trató de fugar de su mundo de congoja, arrastrada desde hacía años, cuando por primera vez se encontró de cara con inimaginable realidad jamás antes conocida.

Cualquiera hubiese dicho que Anselmo sólo trató de fugar de su mundo de congoja, o que evadió la locura cuando se lo vio ir tras yerbas, componiendo brebajes, echando conjuros y haciendo mil artilugios hasta que lo vimos transformado, irreconocible, vistiendo el disfraz de brujo que tanto prestigio le dio en diversos pueblos donde conoció al hombre en toda su infantil credulidad.


Cualquiera hubiese dicho que Anselmo sólo trató de fugar de su mundo de congoja o que ya se volvió loco cuando, como curandero eficaz, se enroló en la columna guerrillera que ayer nomás pasó por aquí, por nuestro pueblo, comandada por el temido camarada Miro.


Ahora hemos sabido que toda la columna subversiva había muerto sin disparo alguno y que tan sólo a su jefe se lo había encontrado morado y con la lengua afuera colgando de un árbol.

Aquella tarde, preludio de desgracia, una inmensa culebra gris atravesó veloz delante de Anselmo, desapareciendo entre la hojarasca de la orilla del camino tantas veces transitado y a cuya vera, más allá, media hora más allá, asomada a la puerta de la casa lo estaría esperando Rosalía, su «capulí» de crenchas ébano, junto a Carlitos que recién empezaba a balbucir pa-pa; pa-pa... El abrazo mudo, la caricia y el beso casi hosco, pero dulce y elocuente; y los mimos, el jugueteo infantil, el ansiado solaz de alzar entre sus vigorosos brazos al fruto de su amor, sucederían al encuentro, luego de periódicas ausencias obligadas como vendedor de baratijas.

Poco antes de cruzarse con la artera sierpe, anunciadora de mil desgracias hogareñas, en la posada donde acostumbraba pasar la noche para continuar de madrugada hacia el bohío que había levantado con sus propias manos, y ayudado por el callado amoroso aliento de su amada Rosalía, oyó cantar al búho y a la vieja gallina negra que, por vieja, no la destinó jamás a la olla la siempre ágil y habladora comadre que lo hospedaba.

Dolorosos presagios lo asaltaron anudando su corazón aquella noche. Y ahora, otra vez lo sintió palpitar punzante mientras desenvainaba en vano el machete compañero, inútil para deshacer el funesto sortilegio que se esfumó reptando hacia las concavidades del áspero y siempre desigual terreno, desigual como la vida, desigual como la suerte...

Aceleró la caminata hasta convertirla en desenfrenada carrera. ¡No!, ¡no!, ¡no!, ¡no era posible aquello! Su adorada «capulí» colgaba yerta del otro dulce capulí que, frondoso, se alzaba ante el hogar... Como sacudidos por violenta tempestad le rodaron gruesas gotas de dolor y se le dibujó crispada mueca de un larguísimo y ronco grito taladrando el espacio silencioso de aquel lejano paraje.

Al espanto, la angustia y el dolor sucedió aparente calma y despacio, muy despacio, casi sin hacer ruido, con pisadas de puma que hubo aprendido en sus incursiones nocturnas para atraparlo y evitar que diezmara su rebaño, se acercó al amado cuerpo que se balanceaba al compás del viento. Lo depositó suavemente, casi temiendo hacerla daño, en el poncho bayo con que lo obsequió Rosalía el día de la boda; y para ver más, los espasmos de dolor y el rugido de su rabia y desesperación se escucharon en el eco que desde la otra banda los devolvió en incansable lamento.

Desesperado corrió casa adentro. ¡Carlos!... ¡Carlos!... ¡Carlitos!...Gritó enloquecido, mas el inerte bulto envuelto en pequeña manta gris fue la única respuesta.

Llameante cruzó el recuerdo de Casimiro, indio altanero y prepotente que hacía mucho -antes de su matrimonio- quiso hacerla suya a la fuerza, ¡a su Rosalía!, y tan sólo su tenaz resistencia femenina y la filuda piedra que por siempre le dejara vejatoria cicatriz en su fiera mejilla, la salvaron del traidor atropello.

Casimiro se había marchado con una columna subversiva al poco tiempo y, de vez en vez, teníamos noticias de él cuando se sabía de incursiones y fugaces encuentros con la policía, de los que únicamente quedaban sangre, desolación, dolor, incertidumbre y muerte.


De la revista El Labrador, mayo 1997.

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