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martes, 28 de junio de 2011

Cuento: LA VIEJA ROSALÍA


El Señor Gregorio Díaz Izquierdo, nació en la ciudad de Sucre, el día 26 de Mayo, más de 50 años, sus primeros estudios los realizó en su ciudad natal, su secundaria en el Colegio "Javier Prado" - Celendín, culminando su secundaria en el Colegio "San Ramón" - Cajamarca", sus estudios superiores lo llevó a cabo en la Universidad de Trujillo. La mejor universidad ha sido y sigue siendo el amplio escenario de la vida. De su autoría presentamos el cuento a Vieja Rosalía.

LA VIEJA ROSALÍA

Primer puesto concurso convocado por el Concejo Provincial de Cajamarca.
Sesquicentenario de la creación política del departamento de Cajamarca.

Por Gregorio Díaz Izquierdo

Mi cartita, mi cartita, niño Porfirio, leyamusté, por diosito, leyamusté, mi cartita dese mi hijito que Dios me lo ha mandau pa mí consuelo de mi última vejez... y colgó su súplica en una sonrisa de angustia y esperanza, dulcificando el pergamino de su rostro que el tiempo ya se cansó de pincelar.

Yo con la verdad a punto, una verdad, ponzoñosa, agarrotada en la lengua, lista a despedazar mi fortaleza serrana y mi "hombría" endurecida en la Capital.

Sus ojos pequeñitos, casi sin pestañas, profundos como lagos diminutos. "Mi cartita, niño Porfirio, leyamusté mi cartita".

¿Cómo iba a leerte sí no tenía carta alguna? Y ¿cómo iba a decirle que no la tenía si con eso hacía que su esperanza se ahogara en sus propias lágrimas?, -¡maldita sea mi estampa!, - ¿cómo hacer eso con mi padre ahí en el quisio, aún con la maleta al hombro, mi chalina y mi radio en la mano como si fuera él el que ha llegado? con su suplica hecha de dolor y de piedra, anudada, seguramente, en la mitad de su garganta -¡maldita sea!, - ¿No te dije que tuvieras cuidado con la vieja Rosalía si no quieres acabarla de acabar?. Y la vieja Rosalía se prendió de mi pecho agrandando su ruego. Su boca seca, arrugaba, inocentemente entreabierta, suplicante.

- Mi cartita...
¡Qué coraje!, ni mi padre había podido cuando me abrazó con un abrazo de corazón a corazón, cuando sus ojos corrieron como ríos.

-           ¿Pero y la gente, papá?, te está mirando llorar,

-¿Y qué importa, muchacho?, en ocasiones como esta ¿pa qué aguantar las lágrimas si hasta son necesarias para endulzar más la alegría?

Ni el viejo había podido devolverme a la sierra que había madurado mi juventud, y la vieja Rosalía no sólo eso iba a lograr, sino que hasta estaba haciendo peligrar mi nuevo modo de pensar moldeado cuidadosamente en Lima, donde no hay tiempo pa llorar por cualquier cosa, y yo franco, franco, nunca he llorau así nomás, y esa vieja no iba a ser quien me haga llorar con su cara de oveja que ha perdido su cría. ¿No te digo?, hasta como cholo estaba pensando otra vez, como indio casi sentía que un par de lagrimas se me iban a escapar, pero con un buen apretón de párpados asunto arreglado. Mire señora Rosalía, como verá recién acabo de llegar.

- Eso mismo tanto estoy diciéndole, hijo, me apoyó mi padre, pues se dio cuenta que necesitaba de su ayuda, como él antes trató de comprometer la mía, no bien bajé del ómnibus, ni una palabra sobre el Leandro, hijo, no abras la boca ante la Rosalía.

-           De modo que será mejor te vuelvas en la nochecita, Rosalía, aura, nadie tiene tiempo, intervino mí padre.

-           ¿Me dirás por lo menos si lo dejaste biensito a tu Leandrito en la capital?, volvió a suplicar la vieja Rosalía, y otra vez mi padre.

-           Tu hijo está bien y también te ha mandau tu carta, pero tienes que tener paciencia, vuélvete en la nochecita y aunque sea yo mismo te la leo.

-           Entón pué en la nochecita vuelvo, y mirándome con su mirar más dulce que el sol de la madrugada, me dijo, mañana tempranito te vua traer tu cuísito andevos hijito por las buenas noticias que me has traído

A pesar de eso, y como yo no estaba para soportar otro abrazo, me hice el desentendido y
sólo le puse la mano en la espalda al llevarla hasta la puerta, no sé cuantas cosas le dije o si no abrí más la boca, el hecho es que la anciana se fue muy contenta, mientras mi padre ponía las cosas sobre la tarima.
- ¿Me puedes decir, papá, cómo es que la vieja Rosalía no se ha enterado que Leandro murió hace más de un año?, pregunté más o menos cortante y para suavizar la cosa le ofrecí un rubio y un encendedor que había comprado en Polvos Azules, hubieses visto como abrió los ojos el viejo, había que demostrarle que en vano no había vivido Lima, ¿No te parece? Y sobre todo que ya no era un cholito cualquiera.

- Bueno hijo, pa que no sigas mirándome de esa manera te vua contar diuna vez - como prender el tabaco - lo que está pasando en este pueblo de Dios. Es algo que parece de milagro, que si no juera que yo mismo he tomau parte no lo creyera.

-          ¿Milagro?
-          Espera que te entere, hijo y después juzgarás. Como sabes, la vieja Rosalía es como la mamá de todos los muchachos, casi a todos ustedes les ha ayudau a venir al mundo por eso cuando su hijo murió y vos escribiste esa carta, nadie se animó a darle la mala noticia, con una noticia así se nos la pobre vieja, y antes al contrario en vista de que no sabe leer, cada fin de mes le engañamos que su hijo ha escrito, leyéndolo una carta que yo me encargo de redactar, y entre todos nos cotamos pa juntar unos cincuenta soles y le entregamos diciéndole que es la propina que le manda su muchacho, y así la mantenemos contenta.

-          Pero eso no es justo, papá, ustedes están cometiendo una barbaridad, en primer lugar no tienen por qué mantener engañada a esa mujer, y en segundo lugar están sacrificándose sin tener porque.

-          No es un sacrificio, hijo, lo hacemos con cariño, motivados por la compasión, total ya no ha de demorar en morirse.

-          ¡Qué cariño ni compasión, papa!, ya no estamos en esos tiempos. Vas a ver como yo le aclaro la verdad.

-          ¿Tú crees que podrás, hijo?

-          Vas a ver, papá, esta misma noche.

Eso fue todo, y para mi suficiente, lo demás fuero: cosas de familia hasta que llegó la noche y con ella la vieja Rosalía.

- A ver papasito lindo, mi cartita, leyamusté mi cartita, desa mi priendita que el amito me lo ha mandu pa cuidar de mi vejez, a ver papasito ¿Cómo está ese mi, padrecito, biensito está?, a ver, a ver cholito...

Era puro amor esa mujer que había hecho de su hijo su todo, hasta su Dios. Cuando hablaba de él la felicidad le salía por los ojos en un llanto de alegría sublime. Y yo otra vez, ¡otra vez carajo!... Bueno, tres años de ausencia no son muchos, no al menos para cambiar a un hombre, ni para hacer que se olvide del cerro, de la pampa, del río; no para borrar el color inacabable del paisaje con su oveja, su buey, su chancho, el canto del zorzal, el vuelo del águila que con sus alas parece decir "adios" o "ya vuelvo", o del gorrión su calma y su paciencia. No para borrar nada de eso que se mete en la conciencia de uno desde que nace hasta que muere, alimentando sus horas más que el alimento mismo. No hay tiempo ni distancias capaces de hacer que el serrano deje de ser serrano, de hacer que su alma deje de cantar con los pájaros, con el río y con el viento, de borrar el arco iris de todos sus sentidos... No, no pude aguantar más y la emoción también a mi me salió por los ojos. Busqué en los bolsillos un papel que me pudiera servir.

- Aquí está la carta del Leandrito, hijo, denantes me la diste, era mi viejo desde la puerta interior. ¡Pucha, que lindo es mi viejo! Si, papá, que tonto soy, recibí el sobre, lo abrí y empecé a leer:

"Mi adorada mamacita..."

De la revista El Labrador, 2005.

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