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sábado, 13 de febrero de 2016

Cuento: EL COMPACTADO

 Por Gutemberg Aliaga Zegarra.
- ¡No importa pasar hambre, sufrir insolaciones y noches de desvelo! -soliloqueaba Víctor Tambo, un curtido ganadero josegalvino, a tiempo que con singular dulzura palmoteaba el anca de su mimada vaca baya...

- Con tal que el ternerito crezca sano y retozón, botaré los bofes cuidándolo -continúa el monólogo, mientras se enjugaba con un pañuelo a medias limpio el sudor que perlaba su ceñuda frente, a la vez que iba contemplando con paternal ternura el torete que, ajeno a tales sentimientos, cabriolaba alrededor de la tierna madre.

El retorno, desde las agrestes filas que colindan con Chuquibamba, iba a ser penoso. Había que descender hasta el caluroso valle de Huanabamba.

Desde donde el grupo se hallaba, se divisaba la lejana "banda", detrás de una neblina gris celeste.

- Esperemos a que mengüe el sol, a fin de que no se despeen los pobres -se dirigía Víctor a su compañero de viaje.

Instantes después se iniciaba el viaje de regreso. Lentamente, buscando afirmar las pisadas, soportando el calor que ya empezaba a sentirse fuerte, iban dejando atrás quengos tras quengos; de vez en cuando tomando los chaquiñanes, devorando poco a poco la distancia rumbo al monárquico Marañón, cuyas playas avistaron al caer la tarde. Poco después, la Oroya pendiente de sus seguros cables, seguía meciéndose en el espacio, ufana por haber ayudado a los viajeros que acababan de utilizarla para vadear el anchuroso río.

¡Alto! -Y el descanso fue breve pero animador, para arremeter la subida al paso cansino de los vacunos, que desafiaban la aplastante tortura del calor y la sed.

Caía la tarde lentamente, como un sudario dorado se insinuaban las primeras sombras precursoras de la noche cuando, al volver la vista, los hombres alcanzaron a divisar la espejeante llanura de Combayo, muy a la retaguardia.

De pronto descubren en las cercanías de la senda una choza solitaria, levantada casi al borde de un precipicio y como la noche se había tendido ocultando sus misterios, ven filtrarse por las rendijas de la destartalada puertucha el tenue rayo de una luz mortecina, que aumentaba el acento tétrico de la hora.

Se acercaron cautelosos, observando ávidos a través del intersticio y se sobresaltan al escuchar la pregunta surgida de las entrañas tenebrosas de la choza:

- ¿Quién va?
- ¡Posada, por favor, buen hombre! -responde Víctor Tambo.
- ¡Martes y viernes no recibo visitas ni doy posada a peregrinos! -replicó la voz.

Y la puerta, entre abierta hasta entonces, se cerró con violencia, quedando un olor extraño, como azufrado, y la imborrable figura de un hombre cincuentón de barba hirsuta, estrecha frente y mirar receloso.

Repuestos de la sorpresa y decepción sufridas, los caminantes se acomodaron lo mejor que pudieron para chacchar, mientras escuchaban intranquilos el gorgoteo del agua que caía por el costado de la choza desde un cercano carrizal.

Este, que al comienzo intranquilizó a los hombres, animó luego a Víctor a levantarse e ir a fisgar lo que sucedía en la rústica habitación.

Mientras avanza, llega a percibir un quejido casi inaudible y otras voces varoniles y altisonantes, procedentes del interior. Víctor, el husmeador, se llega hasta la puerta, mira cauteloso a través de una rendija y se queda pasmado y con los ojos enormemente abiertos al descubrir la bárbara escena que tenía lugar en el interior de la casa. Cinco chivos negros, armados de enorme cornamenta, se encontraban sentados en sendos bancos de maguey, mientras en medio del cuarto el dueño, el de la barba hirsuta, soportaba los ataques eróticos de un chivo mulato, de cuyos brillantes ojos surgía una luz infernal. Víctor Tambo creyó, por un momento fugaz, ser víctima de una pesadilla horrible; pero repuesto corrió al pie del zapote, donde, ajeno a lo que ocurría en la choza, caleaba en un estado de éxtasis budaica su compañero de viaje.

Tambo refirió a continuación, entre espasmos de terror y agitación, lo que acaba de descubrir, concluyendo los dos amigos en afirmar que el tal dueño de la choza tenía íntimo pacto con el diablo.

Santiguándose, tomaron coraje y los dos corrieron a forcejear la endeble puerta, momentos en que por lo alto del cerro escuchaban bajar un tropel de bestias que, cercanas ya, se descubrió que eran unas briosas mulas enjaezadas con muchos adornos que reflejaban destellos en medio de las tinieblas. Los jinetes eran algo parecido a policías, confundidos con la noche.

Víctor Tambo sacó fuerzas de flaqueza y, botando el "bolo", se puso a rezar en voz alta la ancestral "oración de las vacas."

No hay hombre como mi Dios,
ni mujer como María,
ni ángel como San Gabriel
ni luz como la del día.
Cuatro son las tres Marías,
cinco los diez elementos,
ocho las siete cabrillas,
nueve los diez mandamientos.

Qué alegre se va el demonio
al ver un alma perdida,
no llores Ángel Barón
le dijo la Virgen María,
que por los ruegos de mi hijo,
tu alma tendrá perdón.

En el cielo se ha formado
un hermoso regimiento
Cristo va de Coronel,
San Juan de Primer Sargento.

Quisiera pegar un vuelo
del coro al Altar Mayor
para ver aquel entierro
de Cristo, nuestro Señor.

Concluida la oración salvadora, por cierto rezada en voz casi a gritos, mulas y jinetes convirtiéronse, como por ensalmo, en enormes piedras que iban rodando al abismo, provocando una alucinante nube de chispas y candelas.

El ambiente retornaba a la calma; los espíritus de Víctor Tambo y su compadre volvieron a sus cuerpos.

Poco a poco, percibieron el cadencioso rumiar de la vaca madre, ahítos observaban la imagen casi sepulcral de la solitaria choza en aquel solar maldito de Choropampa. Mañana sería otro día y el Sol y los pajarillos del valle traerían nuevos mensajes y una nueva vida.


Del Libro El Sueño del Floripondio.





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