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martes, 3 de enero de 2012

Machu Picchu: EL DESCUBRIMIENTO

  
Por Hiram Bingham.
Se recordará que en julio de 1911 comencé la búsqueda de la última capital incaica. Acom­pañado por un querido amigo, el profesor Harry Ward Foote, de la Universidad de Yale, que era nuestro naturalista, y de mi compañero de clases el Dr. Wm. G. Erving, cirujano de la expedición, entré en el maravilloso cañón del Urubamba bajo la fortaleza incaica de Salapunco, cerca de Torontoy.

Aquí el río huye de la helada meseta abriéndose camino a través de gigantescos montes de granito. El sendero corre por una tierra de incomparable encanto. Tiene la majestad grandiosa de las Rocallosas canadienses, así como la sorprendente belleza del Nuuanu Pali, cerca de Honolulú, y la deliciosa vista del Koolau del Maui, mi tierra nativa. En la variedad de su hermosura y en el poder de su hechizo no conozco otro sitio en el mundo que se le pueda comparar. No sólo posee grandes picos nevados que asoman por encima de las nubes a más de dos millas de altura, precipicios gigantescos de granito multicolor que ascienden a miles de pies sobre la corriente espumante y rugiente, sino que también ofrece en sorprendente contraste orquídeas y barreras de árboles, la deleitosa belleza de una lujuriante vegetación y la misteriosa brujería de la selva. Uno se siente irresistiblemente atraído hacia adentro por las continuas sorpresas que se muestran en esta garganta profunda y tortuosa que girando y quebrándose en zigzagues pasa sobre despeñaderos colgantes de increíble altura.

Por sobre todo está la fascinación de encontrar aquí y allá, bajo lianas colgantes o prendidas en lo alto de salientes peñascos, las ásperas construcciones de una raza desaparecida y tratar de comprender la turbadora historia de los antiguos constructores que hace muchos años buscaron refugio en una región que parece haber sido expresamente dibujada por la naturaleza como un santuario para los perseguidos, un sitio en que pudieran con paciencia y sin miedo dar expresión a su pasión por los muros de perdurable belleza. El espacio no permite intentar describir en detalles el panorama que cambia constantemente, el exuberante follaje tropical, las incontables terrazas, los peñascos que semejan torres, los ventisqueros que atisban entre las nubes.

Se recordará que después de pasar por La Máquina, donde la maquinaria azucarera fue abandonada por ser imposible su acarreo junto a estos precipicios de granito, entramos en una pequeña planicie abierta llamada Mandar Pampa. Salvo en aquellos sitios en que la corriente pasa rugiendo, profundas quebradas la limitaban por todas partes.

Pasamos una choza de techo pajizo, muy deteriorada, torneamos el camino a través de un pequeño claro e hicimos nuestro campamento a la orilla de un río en una playa de arena. Frente a nosotros, más allá de los enormes peñascos de granito que detenían el avance del embravecido arroyo, la abrupta montaña estaba vestida de una espesa selva. Como nos hallábamos cerca del camino, protegidos, sin embargo, de la curiosidad del transeúnte, nos pareció que era el sitio más adecuado para un campamento. Nuestras labores despertaron no obstante las .sospechas del propietario de la choza, Melchor Arteaga, arrendatario de las tierras de Mandor Pampa. Estaba ansioso de saber por qué no ocupábamos su "taberna" del mismo modo que otros viajeros respetables. Afortunadamente, el prefecto del Cuzco, nuestro amigo J. J. Núñez, nos había proporcionado una escolta armada que hablaba quichua. Nuestro gendarme el sargento Carrasco pudo tranquilizar al tabernero. Tuvieron una larga conversación, en la cual Arteaga se enteró de que •estábamos preocupados por las ruinas arquitectónicas de los incas y buscábamos el palacio del último de ellos. Entonces Arteaga repuso que existían buenas ruinas en esta vecindad. ¡Desde luego, había unas excelentes en la ladera opuesta, llamada Huayna Picchu, y también en una cadena bautizada con el nombre de Machu Picchu!

El amanecer del 24 de julio fue de una helada llovizna. Arteaga tiritaba y se mostraba inclinado a permanecer en su choza. Le ofrecí remunerarle bien si me mostraba las ruinas, a lo cual objetó que era muy pesado el trayecto ascendente en un día tan húmedo. Pero cuando descubrió que yo estaba dispuesto a pagarle un sol, o sea, tres o cuatro veces el salario que se pagaba en las vecindades, consintió finalmente en ir. Cuando le preguntamos dónde estaban las ruinas, señaló rectamente hacia lo alto de la montaña. Nadie supuso que serían especialmente interesantes, ni tampoco alguno mostró interés en acompañarme. El naturalista dijo que había "¡más mariposas cerca del río!" y que tenía la, razonable certeza de poder coleccionar algunas nuevas variedades. El cirujano declaró que iba a lavar y a remendar su ropa. En todo caso, era mi trabajo investigar cualquier informe, sobre ruinas y tratar de encontrar la capital incaica
.
Por eso, acompañado del sargento Carrasco, dejé la tienda a las diez de la mañana. Arteaga nos llevó por alguna distancia corriente arriba. En el camino pasamos junto a una serpiente recién muerta. Dijo que la región era el recinto favorito de las víboras. Más tarde supimos que la víbora amarilla, comúnmente conocida como fer-de-lance, serpiente muy venenosa, capaz de dar saltos considerables cuando persigue a su víctima, es corriente en los alrededores.

Después de una caminata de tres cuartos de hora, Arteaga abandonó el camino principal y se internó en la selva hasta la ribera del río. Aquí había un puente primitivo que cruzaba la corriente rugidora en su parte más angosta, en donde el arroyo se veía obligado a deslizarse entre dos grandes peñascos. El puente estaba hecho de media docena de troncos muy débiles, algunos de los cuales no tenían longitud suficiente para abarcar la distancia entre los dos apoyos, ¡por lo cual habían sido calzados y unidos con lianas!

Arteaga y el sargento se sacaron los zapatos y se arrastraron cautamente empleando los dedos, hasta cierto punto aprehensibles, para evitar resbalarse. Nadie sobreviviría un instante en la gélida corriente, ya que se habría despedazado inmediatamente contra las rocas. Tengo la franqueza de confesar que me arrastré con pies y manos sin avanzar más de unas seis pulgadas cada vez. Aun después de haber llegado a la otra orilla no podía dejar de preguntarme qué sucedería con el puente si cayese un chubasco especialmente denso. Una ligera lluvia había mojado durante la noche, y con eso el río creció hasta el punto de que el puente se veía amenazado por la espumante corriente. No se necesitaba mucho más para arrasarlo del todo. Si esto hubiese acontecido en el curso de este día, habría sido muy embarazoso. Desde luego, sucedió poco después, y cuando los visitantes que nos siguieron trataron de cruzar el río en este punto, encontraron que sólo quedaba un débil tronco.

Dejando el arroyo, luchamos por abrirnos camino a través de una densa espesura, y a los pocos minutos llegamos hasta la base de una ladera muy abrupta. Durante una hora y veinte minutos tuvimos -una dificultosa ascensión, buena parte de la cual hubimos de hacerla a gatas y a veces sosteniéndonos con las uñas. Aquí y allá una escalera primitiva, hecha del áspero tronco nudoso de un pequeño árbol, estaba colocada en forma de ayudar a franquear lo que de otra manera habría sido un despeñadero invencible. En otros sitios la ladera aparecía cubierta de resbaloso pasto, en donde se hacía difícil encontrar sostén para manos o pies. Arteaga refunfuñó diciendo que había gran cantidad de serpientes por aquí. El sargento Carrasco guardó silencio, pero sentíase contento de llevar buenas botas militares. La humedad era grande. Estábamos dentro del circuito de la precipitación pluvial máxima del Perú oriental. El calor resultaba excesivo y yo no estaba acostumbrado a él. No había ruinas o andenes de ninguna clase a la vista. Comencé a pensar que mis compañeros eligieron el mejor camino al quedarse en el campamento.

Poco después de mediodía, cuando estábamos completamente agotados, llegamos a un pequeño cobertizo cubierto de nieve a dos mil pies sobre el río, en donde varios bondadosos indios, agradablemente sorprendidos con nuestro inesperado arribo, nos recibieron con goteantes calabazas llenas de agua fresca. En seguida nos sirvieron unos cuantos camotes cocinados. Parece que dos hacendados indios, Richarte y Álvarez, habían escogido recientemente estos nidos de águila para instalar sus reales. Encontraban aquí bastantes terrazas para sus cosechas. Admitieron riendo que disfrutaban al sentirse libres de visitas importunas, funcionarios que buscaban "voluntarios" para el ejército y cobradores de impuestos.

Richarte nos contó que habían estado viviendo aquí durante cuatro arios. Es probable que debido a su inaccesibilidad, el cañón estuviera deshabitado por varios siglos, pero con la terminación del nuevo camino los colonos comenzaron una vez más a ocupar esta región. Alguien trepó los precipicios y encontró en las laderas, a una elevación de nueve mil pies sobre el mar, abundancia de rico suelo convenientemente situado en terrazas artificiales y en un clima agradable. Aquí, finalmente, los indios limpiaron unas cuantas terrazas, plantando maíz, papas, camotes, caña de azúcar, fréjoles, pimientos, tomates y grosellas.

Nos hablaron de dos sendas hacia el mundo exterior, una de las cuales era la que ya habíamos recorrido; la otra, "todavía más difícil", consistía en un peligroso sendero hacia la ladera exterior de un rocoso precipicio, en el otro lado de la cadena. Eran las únicas vías de salida durante la época húmeda, en la que el primitivo puente sobre el cual cruzarnos nosotros no se podía transitar. No me sorprendió saber que salían de casa "sólo una vez al mes".

Por el sargento Carrasco me enteré de que las ruinas estaban "un poco más lejos". En este país nunca se puede saber cuándo un informe semejante es digno de crédito. "Puede haber estado mintiendo", es buena acotación posible de añadir a cualquier indicación que se oiga. No me sentí por eso demasiado entusiasmado ni tuve gran prisa por moverme. Seguía haciendo mucho calor; el agua del manantial de los indios era fresca y deliciosa, y el rústico banco de madera, hospitalariamente cubierto a raíz de mi llegada por un suave poncho de lana, resultaba de lo más cómodo. Fuera de esto, la vista sencillamente encantaba. Enormes quebradas verdes caían hasta los blancos rompientes del Urubamba. Justo al frente, por el lado Norte del valle, se veía un gran peñasco de granito que se levantaba hasta dos mil pies. A la izquierda se encontraba el solitario pico de Huayna Picchu rodeado por precipicios al parecer inaccesibles. Por todas partes nos circundaban despeñaderos rocosos. Más allá, las montañas, cubiertas de nieve y embozadas en nubes, se elevaban a miles de pies por sobre nuestras cabezas.

Continuamos 'gozando de la maravillosa vista del cañón, aunque todas las ruinas que podíamos divisar desde nuestro helado refugio eran unas cuantas terrazas.

Sin la más leve esperanza de encontrar algo más interesante que las ruinas de dos o tres casas tales como las que vimos en distintos sitios a lo largo del camino entre 011antaitambo y Torontoy, abandoné finalmente la fresca sombra de la choza y trepé hacia la cresta en torno a un pequeño promontorio. Melchor Arteaga había estado allí una vez antes, así es que decidió quedarse para descansar y chismorrear con Richarte y Álvarez. Conmigo fue un muchacho pequeño que me sirviera de. "guía". El sargento estaba obligado a seguirme, pero creo que debe haber sentido muy poca curiosidad por lo que había que ver.

Apenas abandonamos la cabaña y dimos vuelta al promontorio, nos encontramos con un inesperado espectáculo: un gran trecho escalonado de terrazas hermosamente cons­truidas con sostenes de piedra. Había quizá un ciento de ellas, cada una de unos cien pies de largo por diez de alto. Se veían recientemente rescatadas de la selva por los indios. Un verdadero bosque de grandes árboles que crecieron en las terrazas durante siglos fueron derribados y en parte quemados para despejarlas con propósitos agrícolas. La tarea resultó, demasiado grande para los dos indios, de modo que los .árboles quedaron corno habían caído y sólo se les pudo despojar de algunas ramas. Pero el antiguo suelo, cuidadosamente cultivado por los incas, era capaz todavía de producir ricas cosechas de maíz y de papas.

No existía, sin embargo, nada que pudiera entusiasmarnos. Conjuntos similares de terrazas bien construidas se pueden ver en la parte superior del valle del Urubamba en Pisac y en Ollantaitambo, como también en un sitio tan opuesto corno Torontoy. Por eso seguimos pacientemente al menudo guía a lo largo de una de las terrazas, más anchas, en la cual una vez hubo un pequeño conducto para el agua, y nos abrirnos camino al interior de una selva virgen que seguía inmediatamente. De pronto me encontré ante los muros de casas en ruinas construidas con el trabajo de piedra más fino que hicieran los incas. Era difícil verlas, porque estaban en parte cubiertas por árboles y musgo, crecimiento de siglos; pero en la densa sombra, escondidos entre espesuras de bambúes y llanas enredadas, aparecían aquí y allá muros de bloques de granito blanco cuidadosamente cortados y exquisitamente encajados. Nos arrastramos a través de la espesura trepando las paredes de las • terrazas y rompiendo los velos de los bambúes, en lo que nuestro guía se desempeñaba más fácilmente que yo. De repente, sin ninguna, advertencia, bajo una enorme saliente colgante, el muchacho me mostró una cueva forrada con la más fina piedra, que, sin duda, habría sido un mausoleo real. En lo alto de esta saliente se encontraba un edificio semicircular, cuya pared externa, en suave pendiente y ligeramente curva, mostraba un parecido sorprendente con el Templo del Sol en el Cuzco. Este podía ser otro. Seguía la curvatura natural de la roca y estaba empotrado en ella por uno de los más finos ejemplos de albañilería que yo hubiese visto. Además, amarraba en otra hermosa muralla • hecha de bloques muy cuidadosamente aparejados de puro granito blanco que habían sido 'escogidos por su fina apariencia. Era claramente labor de un maestro de su arte. La superficie interior del muro estaba interrumpida por nichos y clavijas de piedra. La exterior era perfectamente simple y sin adornos. Las hileras inferiores, de bloques particularmente grandes, daban al muro un aspecto de solidez. Las superiores, disminuyendo en tamaño conforme ascendían, prestaban gracia y delicadeza a la estructura. La belleza de las líneas, el arreglo simétrico de los bloques y la grada­ción de la magnitud de las hileras se combinaban para producir un efecto maravilloso, más suave y grato que aquel de los templos de mármol del Viejo Mundo. Debido a la ausencia de mezcla no quedaban huecos feos entre los blo­ques. Parecían haber crecido unidos. Par la belleza del blanco granito esta estructura sobrepasaba en atractivo a los mejores muros del Cuzco que habían maravillado a los viajeros durante cuatro siglos. Ofuscado todavía, comencé a darme cuenta de que este muro y el templo semicircular adyacente sobre la cueva eran tan finos como los más finos trabajos en piedra que se conocen en el mundo.

Realmente me quedé sin aliento. ¿Cuál podía ser este lugar? ¿Por qué nadie nos dio idea alguna de él? Hasta

Melchor Arteaga se mostró sólo moderadamente interesado y no apreció la importancia de las ruinas que Richarte y Álvarez habían adoptado como terreno para su hacienda. Quizá después de todo era un pequeño sitio aislado que no llamó la atención por ser inaccesible.

Luego el niño me urgió a trepar por una abrupta colina sobre la cual parecía haber una escalera de piedra. Una sorpresa seguía a la otra en aplastante panorama. Llegamos a una gran escalera compuesta de bloques de granito. Luego caminamos a lo largo de una senda hasta el claro en que los indios hablan plantado un pequeño jardín de verduras. De pronto nos encontramos frente a las ruinas de dos de las más hermosas e interesantes estructuras de la antigua América. Hechas de granito blanco, las paredes presentaban bloques de tamaño ciclópeo, más altos que un hombre. La vista de aquello me dejó hechizado.

Cada edificio contaba sólo con tres muros y se hallaba enteramente abierto en un lado. Las paredes del templo principal, de doce pies de altura, estaban perforadas por nichos 'exquisitamente labrados, cinco arriba en cada extremo y siete en la parte de atrás. Había también siete filas de bloques al término de los muros. Bajo las siete filas de nichos se encontraba un bloque rectangular de catorce pies de largo, posiblemente altar de sacrificio, pero más probablemente un trono para las momias de los Incas difuntos traídas para ser adoradas. El edificio no tenía el aspecto de haber sido jamás techado. La fila superior de los bloques bellamente pulidos no se suponía que fuera cubierta, de modo que el sol recibiera la bienvenida de los sacerdotes y de las momias. Apenas podía creer a mis ojos mientras exa­minaba los grandes bloques de la hilera inferior y calculaba que debían pesar de diez a quince toneladas cada uno. ¿Creerla alguien lo que yo había descubierto? Afortunadamente en esta tierra donde la acuciosidad por dar cuenta de lo que se ha visto no es una característica dominante entre los viajeros, yo tenía una buena cámara y el sol brillaba.

El templo principal mira al Sur, con una pequeña plaza o patio al frente. Por el lado oriental de ésta se encuentra otra sorprendente estructura: las ruinas de un templo que presenta tres grandes ventanas que miran sobre el cañón al sol levante. Como su vecina, es única entre las ruinas incaicas. Jamás se ha encontrado nada semejante a ellas en lo que toca a dibujo-y ejecución. Sus tres ventanas, notablemente grandes, demasiado para servir a ningún pro­pósito útil, eran de la más grande belleza en su diseño y habían sido, ejecutadas con gran cuidado y solidez. Se trataba, sin duda, de un edificio ceremonial de peculiar significación. En parte alguna del Perú, por lo que yo sé, hay una estructura similar notable por ser "un muro de albañilería con tres ventanas. Se recordará que Salcamayhua, el peruano que escribió un relato de las antigüedades del Perú en 1620, dijo que el primer Inca Manco el Grande ordenó "trabajos que se ejecutarían en el sitio de su nacimiento", consistentes en "un muro de albañilería con tres ventanas". ¿Era eso lo que descubrí? De ser así, no se trataba entonces de la capital de los últimos Incas, sino del lugar de nacimiento del primero. No se me ocurrió la posibilidad de que fuesen ambas cosas a la vez. En realidad, la región podía calzar con los requisitos de Tampu-tocco, lugar de refugio de la población civilizada que huyó de las tribus bárbaras del Sur después del combate de La Raya llevando consigo el cuerpo de su rey Pachacutec, que había sido muerto por una flecha. Quizá lo sepultaron en la cueva forrada de piedra bajo el templo semicircular.

Esta podía ser la "ciudad principal" de Manco y sus hijos, esa Vilcapampa en que estaba la Universidad de la Idolatría, a la cual Fray Marcos y Fray Diego trataron de llegar. Valía la pena investigar tanto como fuera posible.

Del Libro, La Ciudad Perdida de los Incas, Hiram Bingham.

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