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lunes, 26 de noviembre de 2012

Cuento: EL BASURERITO


 Segundo puesto en el Concurso Literario Nacional – Cuento y Poesía- Libro verde y garza blanca – Municipalidad de José Gálvez – Cajamarca. - Setiembre 2011.

Por Elmer Castillo Días. / Witoto.
Se aproximaba la hora de salida. Por fin, todos o casi todos sentían en la boca el saborcillo agradable del cafecito y el pan hecho en casa. El café, una combinación de granos: cebada, habas, arveja y por supuesto, el de café, que solían y suelen tostarlos en esos tiestos artesanales. El pan, el más rico manjar que Dios ha creado para disfrutarlo con todos nuestros sentidos. Todas las casas tienen su horno. El hacer "...el pan nuestro..." es tarea y responsabilidad de toda la familia; prender el horno, buscar la escoba de molle, amasar, calcular la temperatura del horno, traslado de latas y las obligadas quemaduras de dedos. Melesio en casa se ocupaba de todos estos menesteres, que viéndolo bien, son muy laboriosos, tanto así que al terminar el cansancio es evidente. Todos quedan impregnados de ese aroma característico, ese olorcillo a Sucre que nos autentica y nos da identidad, del cual nos enorgullece.

Cursaban el tercer año de Secundaria, maltoncitos. El profesor no había llegado y éstos esperaban ansiosos que la hora de salida llegase pronto. Tuvieron que pasarla de diferentes maneras; algunos se pusieron a pelotear, otros remoloneando en el anfiteatro en construcción, los chancones a terminar las tareas en sus carpetas, pocos haraganeaban y conversaban sus cuitas fumándose unos cigarrillos, ocultos del auxiliar que los podría pillar y sancionar. Un ingenioso y travieso colocó el basurerito verde encima de la puerta, recipiente pequeño de plástico, a la espera que algún compañero entrase al aula y le cayese en la cabeza.

Entraban, volvían a entrar y el maldito basurerito no acertaba el blanco. A lo mucho les caía en el brazo, la espalda o en el hombro. Como no pesaba, ni le prestaban atención, no había queja alguna.

Diez minutos para las cinco de la tarde. La campana del cole, muy cerca al salón, sonaba chillona e insistente avisando que las clases habían concluido. El aula estaba completamente vacía, pero alguien había dejado el arma del delito en la puerta.

¡A formar!, se escuchó la voz fina de don Mosquito... "¡Brigadieres!, ¿por qué tanto alboroto?, esos alumnos de quinto, como siempre, los que deben dar el ejemplo". De a pocos se iba imponiendo el silencio para dar paso a los cansados y reiterativos consejos de disciplina y moralidad por parte del auxiliar. Nadie, creo, le tomaba atención, sus mentes estaban en el cafecito y el pan que les esperaba en casa.

De pronto, todo el colegio rumiaba sus pensamientos y "atentos" escuchaban a don Álvaro, se aproximaba a nuestra sección don Quirino escoba en mano. ¿Qué demonios creía don Quiri que estaba haciendo?, no podía ser, tenía que pasar de largo, comenzar con el salón de primero. Don Quirino, hombre bonachón, excelente conversador, huacapampeño, sastre en sus tiempos libres, muy cordial y educado, se dirigía directamente a la puerta de nuestro salón a espaldas de don Álvaro.

Con esa parsimonia propia de, los hombres de edad y de buen comer, empujó la puerta entreabierta y comenzó a entrar. El basurero dio la vuelta en cámara lenta y empezó a caer directamente a su cabeza, un poco rala por los años. Y ¡embocó!, embocó el maldito basurerito.

Los más de doscientos alumnos en formación contemplaban absortos la proeza del baldecito verde al caer. Cualquier acto cómico circense ruso quedaba chico, era incontenible la hilaridad. Las damitas con esa carcajada chillona, los varones con ese carcajeo socarrón, el colegio entero era un verdadero delirio.

Don Alvarito molesto por tan falta de respeto, con la varilla en la mano, no lograba entender el comportamiento de los estudiantes. Los alumnos señalaban a espaldas suyas el origen del descalabro. Girando sobre si se encontró con el porqué, tampoco pudo soportar, tomándose el estómago, su ataque de risa fue incontenible.

Pero allí no quedó la palomillada, no podía quedar así, seguro que no. Don Quirino, persona mayor y buena gente. Una falta de respeto total, el agravio era de consideración. Por lo menos tenía que darse una fuerte llamada de atención. Se vio bajar al director apresurado del segundo piso, con la cara compungida.

Fue el único que mostró una sonrisa de desaprobación, el resto de profesores daban rienda suelta al jolgorio mirando la escena. Llegó apresurado a la puerta del aula, las risas iban disminuyendo dando paso a la reflexión, conversó con don Quirino y don Álvaro.

Habían pasado más de diez minutos y los estudiantes estaban a la espera de una solución. Se escuchaban algunos comentarios y uno que otro cosquilleo se percibía, contagiando a los más infantes. El auxiliar se puso nuevamente al frente del alumnado y con voz autoritaria, con una leve sonrisa en los labios, dijo: "Pueden desfilar los de quinto, cuarto, segundo y primero. Tercer año, pase a su aula".

Qué felicidad para los que se iban, con algunas sonrisitas cachacientas se alejaban. Algunos con el pulgar nos decían, "¡qué buena!", mientras nosotros pasábamos a la sección en silencio. Tras nuestro pasó el director, hombre correcto y de una férrea disciplina. Don Álvaro, renegón, tal vez por el trabajo de controlar tanto indisciplinado y don Quirino, a quien se le veía rojo de ira, con los cabellos desordenados por el esfuerzo de sacarse el basurero de la cabeza, por demás indignado.

Don Efraín, el director, se unió a la indignación del abochornado. El sermón que se vino fue toda una cátedra de virtudes morales. Todos se sentían culpables de tan atroz atentado, faltó poco para que alguno se echase a llorar. La mirada de don Efraín opacaba hasta al más pintado. Mandó a tomar asiento. Un silencio sepulcral se sentía en el ambiente.

Tomando el basurerito entre sus manos comenzó: "Del tercer año "A" he recibido muchas quejas, quejas que a las finales las he pasado por alto. Una de ellas me llamó la atención, pues, dos horas completas en el curso de Matemáticas se lo han pasado disertando los jóvenes filósofos, de que si el pelo largo contribuye o no a desarrollar la inteligencia. Estoy de acuerdo con el mozalbete que se aventuró a discrepar con la profesora. No existe ninguna estadística, ningún dato científico, de que el tener el pelo largo o corto nos dé más inteligencia, es algo que no va con las leyes de la naturaleza. Filósofos atenienses, los más grandes de la historia, tenían la cabellera crecidísima; Jesucristo, se lo idealiza y en muchas obras lo esbozan con el pelo y la barba larga. ¿Quién no ha visto una fotografía del creador de la Relatividad?, Albert Einstein quien pareciera que hubiese recibido una descarga eléctrica, porque aparte de tener la cabellera larga, la tenía alborotada... Pero mis estimados y queridos colegiales, el colegio tiene un Reglamento Interno, el cual, en uno de sus artículos dice a la letra, que el alumno debe concurrir a su centro de estudios correctamente uniformado y con el pelo corto".

Trasladándose de un lugar a otro, con el basurero a cuestas seguía su alegato cual fiscal defensor y acusador. Por ratos dejaba el objeto encima de la mesa del profesor para seguir, "...se puede ser incluso contemplativos con el uniforme, pues la situación económica (escucharé por siempre estas palabritas hasta el día de mi muerte) nos limita a todos. Pero en una reunión con los padres de familia, por unanimidad, hemos acordado ser drásticos con el corte de pelo. Los jóvenes, por su edad, son radiantes en energía, sus tiroides están trabajando a mil, vertiginosamente. Sus testosteronas están súper multiplicándose para que adquieran sus caracteres sexuales masculinos. A su edad se despierta el monstruo dormido del conocimiento hacía las cosas nuevas. La rebeldía es innata hacia los que tratamos de corregirlos, pareciéndoles todo consejo malo. Es normal, nosotros los educadores los comprendemos, no nos cansaremos de repetirlo, es para su bien. No por gusto hemos llegado a una edad, ya hemos pasado por las suyas y, si no lo saben, también hemos hecho una y mil travesuras".

Todo su esmirriado cuerpo parecía hablar. No se contoneaba como esos religiosos al momento de dar una charla, era todo un director. Al basurerito no lo dejaba por mucho tiempo, volvía a tomar el arma homicida alzándolo por encima de su cuerpo y eso nos tenía en vilo, aparte de su espontánea y versificada lavada de cabeza, continuó.

"Acá lo que ha sucedido tiene un nombre y se llama falta de respeto a una persona mayor", "No tan mayor don Efraín...”, (se escuchó bajo a don Quirino). "Una persona a la cual tengo un gran respeto y creo que también ustedes", "ídem", nuevamente don Quiri. Han ofendido a una persona que no entró al juego infantil tramado por alguno de ustedes. No me interesa si fue buena o mala suerte, no creo en la suerte. Lo único que deseo es que el causante se levante y como todo un hombrecito, que creo que son los del tercer año, pida disculpas, de lo contrario pensaré que no hay varoncitos, sino, niños malcriados...

Daban ganas de fumarse un cigarrillo escuchando a don Efraín, embobaba. Otros preocupados por sus vacas que no habían sido chiqueriadas (cambiadas de lugar para el heno). Si seguimos escuchándolo se hará oscurana, se decían los que vivían en la Conga de Urquía, a un buen trecho del colegio. Para los que no teníamos nada que hacer, también pasaban los minutos, más preocupados en el cafecito y el pan suave, para salir a vagar luego. Pero una cosa era cierta, tan cierta que aún queda ese vago temor al saludar a don Quirino.

Luego de tan aleccionador, educativo y largo sermón, todos nos sentíamos culpables. Creo que algunos aplaudimos al director, pero no era esa su intención y con un "¡Silencio!" volvimos a nuestro mutismo.

Tenía que darle paso al agraviado. Durante la compleja disertación, don Quirino daba muestras de contemplación con sus comentarios a voz baja. Se podía ver en su rostro esa afabilidad acostumbrada en él. Volvía a ser don Quiri, el de la sonrisa abierta, del amigo, del chochera. Se había arreglado los pocos pelos que le habían dado el aspecto terrible de hace unos quince minutos. El basurerito, encima del pupitre del profesor, parecía mirarnos con esos ojos invisibles llenos de reproche, le habían hecho quedar en ridículo frente a un buen hombre.

El bueno de don Quirino comenzó a pasearse por todo el salón, hablando de su niñez. También había sido palomilla y seguía siéndolo, cómo dudar de ello. Muy calmado nos refirió, "...que aunque les parezca extraño o mentira, aquí donde me ven, no tan sólo me dedico a este trabajito, también he adquirido conocimientos en las ciencias ocultas. Puedo saber por la mirada quién ha sido. Inclusive. Hace rato que lo sé. Pero como dijo don Efraín, también espero que el alumno sea todo un caballero y se ponga de píe. Francamente muchachos, ya pasó todo, una palomillada de este tipo es para su historia, todos somos parte de esa historia, si estas cosas no sucedieran, la vida sería aburrida...".

Siempre volvía al mismo sitio donde me encontraba con mi compañero de carpeta, Gustavito, mirándome hasta el alma. Tratando de intimidarme con su bondad y su sapiencia de brujo. Podía haber hecho muchas perradas, pero esta no era mía, ni tenía la menor idea de quién pudo haber sido el compañero que lo hizo, aunque si tenía la certeza de haberla iniciado. No sólo era la inquisidora mirada de los tres fiscales acusadores, también estaban las de mis compañeros que seguramente querían que me inculpara. Estaban bien huevones, no verían en mi la menor muestra de debilidad, cualquier otra cosa, menos esta. Acaso creían que era fácil decir, "Yo", sin serlo. Me imaginaba la comprobación de parte de don Álvaro de ser un pequeño delincuente, como solía tratarme. La difícil tarea que le quedaba a don Efraín de corregir a un alumno problema. Creo que eso lo podía soportar, pero la pérdida de la amistad y respeto por parte de don Quirino, no, eso era harina de otro costal, no lo podría soportar.

Gustavo después de haber escuchado con toda la atención posible que su excelente razonamiento e inteligencia le permitieron, no le quedó duda alguna de lo que tenía que hacer. Sus padres lo habían educado de una manera tan especial, como a todos sus hermanos, (salvo el terrible primo Julio), eran un modelo de corrección, en el vestir, en el hablar, en el aseo, en el estudio. Estudioso a más no pedir, primer puesto en aprovechamiento y conducta, haciéndole la pelea a Filadelfo y Edwin. Disciplinado cual alumno de colegio militar. Combinación de la dura disciplina de su padre, alto oficial de la Guardia civil, y su madre, maestra abnegada de la escuela antigua. No podía haber mejor mezcla en su personalidad, muchos teníamos envidia por el temple familiar. Ni que decir de los profesores, quienes le tenían una consideración muy alta. El sentarme a su lado me servía para poder copiar en los exámenes y salir aprobado en muchas materias, sólo en el deporte le aventajaba, aunque se defendía. Poniéndose de píe se le escuchó decir, "¡He sido yo don Quirino!

¿Qué estaba pasando carajo?, pensó todo el mundo, incluido el tribunas. ¿Qué se había fumado? ¿Se volvió loco?, ¿efectos del amor? Todas las conjeturas juntas no tocaban el trasfondo de la compleja naturaleza humana en ese auto autoculpamiento.

Cuando nadie quedaba en el salón, Gustavo había entrado a buscar su lapicero rojo que no lo encontraba por ningún lado, no podía hacer las tareas ni subrayar sus impecables cuadernos. Al momento de salir tomó el basurerito y lo dejó como había visto poner a sus compañeros. Nadie se percató de este proceder. Jamás se imaginó que iba a ser don Quirino la víctima de tan cruel broma, inclusive, se había olvidado.

Maldecía la hora en que no se puso de píe para culparse. No sabía porque Gustavito se echaba la culpa. Estaba seguro que al enterarse su familia lo iba a pasar mal. Dicen que los militares castigan muy feo, no le gustaría estar en su pellejo. De todas maneras, tenían que enterarse a fuerza de pueblo chico, infierno grande.

"Muy bien Gustavo, es usted todo un hombrecito pese a sus trece años, ha demostrado mucha entereza y personalidad. Digno hijo de sus progenitores quienes deban sentirse orgullosos de usted (lo trataban de usted, qué tal vaina), no se podía esperar menos. Quisiera que demos un fuerte voto de aplausos por tan valiente compañero y su tan difícil decisión...", se oyó decir a don Efraín emocionado hasta las lágrimas, cortando cualquier explicación que Gustavito quería dar con el rostro desencajado al tratar de disculparse.

Se oyó una fuerte ovación, palmadas en la espalda, lágrimas en los ojos. Se escuchó la voz de don Quirino sumándose a tan emotiva tarde. Cortando los aplausos, los gestos de felicitación y los llantos dijo, "...sabía que eras tú Gustavo, sólo esperaba tu decisión y una vez más, mis conocimientos no fallaron..." abrazando al susodicho. ¿Sería verdad eso de las ciencias ocultas?, en fin. Faltó poco para ser condecorado como todo un héroe.

Ni él se lo creyó, lo que quería era poner pies en polvorosa e ir lo más rápido posible a su casa a tomar su cafecito ya tibio, sus panes con harta manteca y harto huevo. Su triunfo fue apoteósico, la chica de sus sueños lo vio como todo un Caryl Chessman, todos lo subieron a un pedestal. Mientras que el mío estaba por los suelos. Gustavo le había quitado el liderazgo de la manera más estratégica, inteligente y estúpida. Tejida muy sutilmente en el momento que se presentó. Ya tendría la oportunidad de demostrar a la amada que lo de Gustavo fue pura chiripa.

Todos se olvidaron del causante real, el basurerito verde de plástico, de tan lejana historia. Seguramente ahora destruido por el paso del tiempo. Hecho jirones, enterrado en algún lugar, olvidado y triste. Ojalá al leer o escuchar esta historia sonría por haberlo recordado con tan singulares e imaginarios personajes.


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