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lunes, 25 de febrero de 2013

Arqueología y Paisaje: ATUÉN Y LA MORADA EN LA RUTA AMAZÓNICA CHUQUIBAMBA

Escribe Tito Zegarra Marín.

Petroglifos en Chuquibamba
En el mes de septiembre del 2004 realizamos la expedición más larga y fatigosa con destino a ese lejano y desconocido poblado de colonos denominado La Morada, ya al borde de la inmensidad de la selva. Lo hicimos siguiendo la ruta que utilizaron nuestros antepasados para penetrar a los páramos montañosos, la frondosidad de sus valles y la calidez de la ceja de selva. De ese casi ignorado villorrio ya sabíamos algo: prácticamente nuevo y único en su género, generador de esperanzas para muchas familias prestas a migrar, y poseedor a lo largo de su recorrido de una enorme riqueza natural e histórica. Hacia allí, después de algunos meses de espera, nos enrumbamos. Partimos de la ciudad de Celendín, pero fue Chuquibamba la localidad donde preparamos y nos aprovisionamos para la realización del esperado viaje.

Chuquibamba es un legendario pueblo andino de raíces prehispánicas, donde aún se percibe esa heredad cultural propia y donde las importantes reliquias arquitectónicas del pasado dan fe de esas raíces y de su inclusión a la cadena de pueblos integrantes de la cultura Chachapoyas. Son varios los sitios históricos que lo integraron, cuyos restos de edificaciones con características comunes aún perduran: La Joya, Achil, La Petaca, Diablowasi, Bóveda, Churo, Patrón Samana, Huepón, Cabildo Pata, Peña Calata, San Isidro, Runashayana y Chibul, entre otros. También hay que anotar que muy cerca a Chuquibamba, alrededor de 15 minutos a pie con dirección nororiental, en el sitio denominado Campanilla, se encuentran interesantes petroglifos esculpidos sobre enormes bloques de piedra, la mayoría de forma circular y evidentemente expresivos.

Los pueblos primitivos de Chuquibamba se acantonaron y desarrollaron estratégicamente en las cumbres de las cadenas andinas y se sabe que fueron valerosos y aptos para asumir acciones guerreras, por lo cual, deben haber participado en los duros encuentros que entablaron con las huestes incaicas, cuando éstas pisaron sus tierras tras su propósito expansionista. Precisamente, cuando ello sucede y como hemos indicado, en esas tierras, específicamente en Cochabamba, poblado cercano y perteneciente a Chuquibamba, los incas instalaron su sede principal.

Durante el coloniaje y ya convertida en encomienda y luego comunidad, Chuquibamba sufrió las consecuencias de esa etapa oscura, sin apertura y progreso, e increíblemente se enredó por siglos enteros en pleitos y juicios sobre posesión de tierras con las comunidades vecinas, algunos de ellos todavía pendientes. Actualmente, tiene la categoría de distrito adscrito a la provincia de Chachapoyas, cuya población en su gran mayoría se dedica a la pequeña agricultura y ganadería. Vive de ella y aún conserva ciertas prácticas comunales de manejo de tierras y cría de ganado heredados de la colonia. Pero lo más preocupante es que no oculta su rostro inequívoco de pobreza y lejanía (el año 2006 aún no tenía carretera). El adobe y teja predominantes en sus construcciones nos hablan de ese Pasado singular y añejo, pero también del encanto que condensan, y, que, hoy pocos pueblos conservan.

En esa legendaria localidad chuquibambina conocimos al alcalde de ese entonces: Lenin Portal Zavaleta, quien nos recibió y brindó importante apoyo; también conocimos y debemos agradecer a la familia Ocampo Zamora, cuyas muestras de cariño y apoyo fueron fundamentales para cumplir con el objetivo. Por último, allí finiquitamos lo necesario para el viaje: alquilamos acémilas y nos premunimos de pertrechos, e iniciamos la jornada rumbo a cumplir con el anhelado sueño de llegar a La Morada.

EL SITIO DE ATUÉN
La ruta que nos conduce con dirección a La Morada, partiendo de Chuquibamba, necesariamente nos permite llegar y pasar por Atuén, lugar histórico, poco conocido y tal vez lejano, pero dotado de enorme potencial natural y arqueológico y cuna de la laguna llamada La Sierpe, donde tiene su origen el reconocido río Utcubamba. En efecto, desde nuestro primer contacto con las cumbres montañosas que hacen de cabecera y caen sobre Atuén, tuvimos la certeza que en este lugar se desarrolló un importante asentamiento humano preinca integrado a la cultura Chachapoyas, y que las condiciones de biodiversidad y ecológicas eran, efectivamente, favorables.

Se encuentra ubicado a 3.420 msnm, sobre territorios de ambos costados de la laguna La Sierpe y del río que allí se inicia. Sus ondulados territorios forman parte de los ramales andinos que se desprenden, ya muy cercanos, desde la cima de la cordillera central, en dirección noreste. De clima bastante frío, provisto de mucha agua y dotado de importantes recursos naturales, a este lugar se puede llegar a pie o en acémila, en tiempo promedio de 4 horas por camino accesible a partir de Chuquibamba. También se puede ingresar por el distrito de Leymebamba siguiendo la ruta del río Utcubamba en tiempo aproximado de 6 horas.

No es difícil comprender que Atuén en la época prehispánica cumplió importante papel como centro productivo, religioso y de enlace con otros pueblos chachapoya y de la región selvática, pues a ambos lados de las montañas que los circundan existen tierras aptas para la agricultura y ganadería, restos de instalaciones de grupos aborígenes, y algunas evidencias de que los incas y su gente tuvieron especial preferencia por este lugar, donde también se asentaron y lo convirtieron en sitio ritual y de apoyo a sus proyectos expansionistas. La cercanía al centro inca de Cochabamba habría permitido mantener comunicación e influencia sobre esa pequeña llacta.

Actualmente, y después de más de 500 años que otros hombres pisaron sus tierras, se encuentra convertido en pequeño caserío adscrito al distrito de Chuquibamba, provincia de Chachapoyas. Allí viven alrededor de 25 grupos de familias en forma permanente, todas dedicadas a la agricultura y ganadería. El único servicio que cuenta es el educativo, cuya institución educativa unidocente de nivel primario estuvo, hasta ese entonces, a cargo de la profesora - directora Norkita Silva Díaz, en quien descubrimos verdadero apostolado docente, identificación plena con la comunidad y muchas muestras de amabilidad y atención con los visitantes. Nos brindó posada, cariño y aliento en nuestra difícil expedición.

RESTOS HISTÓRICOS EN ATUÉN
En ese acogedor lugar pudimos conocer en forma directa valiosos recursos naturales e ingentes restos arqueológicos de estilo chachapoya e inca. Nos llamó la atención la impresionante laguna denominada La Sierpe, el sistema de andenes en sus inmediaciones, pinturas rupestres en la parte alta y el marco ecológico exquisito y límpido que lo rodea.

Poco antes de descender al sitio central o principal de lo que hoy es Atuén, se atraviesa por el lugar denominado Cabildo Pata, donde se puede apreciar restos de importantes construcciones históricas: casas vivienda, tumbas, terrazas, caminos, muros, graderías y otros, edificados sobre la base de piedra caliza medianamente labrada, la mayoría de ellos deteriorados y descuidados. De ese lugar, fuimos informados que fue extraída la única momia que hoy forma parte de una colección de curiosidades que se encuentran en el colegio San Juan, de Chuquibamba y que correspondería a un niño preinca. Por lo demás en los alrededores de Cabildo Pata, que también muestra abandono y poca actividad productiva, da gusto observar a un grupo de simpáticas llamas y alpacas traídas del sur del país hace 10 años, fácilmente adaptadas, porque, como hace algunos siglos o en tiempo de los chachapoya, allí también fueron domesticadas y de utilidad familiar y comunal.

Estando ya en Atuén, donde gratamente pernoctamos, tuvimos la oportunidad de escalar la alta e inclinada montaña que hace de marco oriental del lugar y toma el nombre de Peña Calata (aunque de calata tiene poco), en cuyas faldas centrales existen restos de construcciones estilo chachapoya de especial valor, la mayoría de forma circular, edificados sobre la base de piedra caliza blanca y un tanto rojiza procedente de la misma montaña. Pero también encontramos algunos edificios de forma rectangular rodeados de ventanas y puertas de acceso de forma trapezoidal, con paredes en regular estado, aunque cubiertas de plantaciones y maleza (figura 19).

Casi al llegar a la cima del mencionado cerro, se yergue una imponente peña de forma perpendicular denominada Peña del Sol donde, a mediana altura, se observa vistosas pinturas rupestres de forma de arcos con puntos a cada lado, de color rojo ladrillo con fondo blanco. Presumimos que deben haber representado al Sol y la Luna. I. Schjellerup considera que son símbolos que anunciaban la entrada a la región selvática.

LAGUNA LA SIERPE      
En Atuén, a más de su rica arqueología, resalta e impresiona la llamativa laguna La Sierpe, que tiene esa nominación porque se asemeja a una colosal serpiente extendida por la parte central de la regular planicie, y suavemente bordeada de amplios humedales. A través de del recorrido de alrededor de un km de largo, la laguna se muestra apacible y bella, cuyas aguas cristalinas y frígidas, refulgen y brillan a la distancia. Es una especial laguna que tiene raíces históricas, pues hay claras evidencias de haber intervenido la mano de los antiguos pobladores para lograr represarla. Su utilidad es permanente para los moradores de la zona, y allí, como ya se ha indicado, nace el gran río Utcubamba. Sus aguas, probablemente provengan de la otra pintoresca laguna que se encuentra en la parte alta de una de las montañas que lo rodean poco antes de bordear la cordillera central, llamada Mishacocha, la cual se comunicaría a través de conexiones subterráneas. Todas las versiones que se conocen coinciden en lo señalado (figura 20).

 
La Sierpe es una vistosa y extendida laguna que muestra evidencias de tener origen artificial prehispánico. En efecto, no es difícil verificar que la mano del hombre es la gestora del compacto muro de piedra que se halla sólidamente acoplado a terrenos naturales y rocosos de ambos lados de la meseta, haciendo de dique de contención principal para el embalse del agua. Dicho dique se construyó aprovechando las condiciones físicas favorables y la existencia de alguna forma de aguas embalsadas previas, lo cual fue fundamental para la formación de esa gran laguna. De igual manera, es factible verificar restos de un sistema de canales subterráneos de conducción y salida del agua a otras fuentes, construidos de piedra ligeramente tallada.

En época de lluvias crece su caudal pero no pierde la forma caprichosa de una serpiente. Cientos de aves, especialmente patos silvestres y una especie de garza grande denominada "huachua", son los habitantes privilegiados de este hermoso recurso acuático. La Sierpe, tuvo y aún tiene fines utilitarios, y también rituales. Precisamente, con relación a lo último, la serpiente fue uno de los iconos Principales de adoración de los chachapoya, que, como se sabe, se encuentra inmortalizada en tantas expresiones líticas y jeroglíficos en toda la zona.

Por su parte la tradición oral cuenta que una aterradora serpiente surgió de la selva, de la parte baja oriental, para tragarse a la gente de Chachapoyas. La serpiente era seguida por sus crías, pero algunas de ellas se fueron quedando en el camino. Como a la serpiente no le gustaba el frío se fue a dormir al valle y, cuando estaba soñolienta las tribus de los alrededores la atacaron desde lo alto de las montañas con arcos y piedras. Después de un tiempo, solamente movía un poco la cola y la larga lengua se le salió de la boca hasta que no se movió más. La gente se fue a celebrar, pero poco después aparecieron nubes negras por la región selvática y temieron que vinieran otros dioses serpientes. El cielo se iluminó con las terribles luces de los relámpagos y el aire se llenó de electricidad mientras la tierra temblaba. La lluvia cesó al día siguiente y en el lugar que mataron a la serpiente brotó un lago donde los rayos del sol reflejaban la forma de ofidios.

PRESENCIA INCA EN ATUÉN
Los indicios de que los incas también se asentaron en este lugar se encuentran en los siguientes hechos: las dos tinas gemelas o pozas para baño ubicadas a 200 metros de la laguna aguas abajo, semejando fuentes hundidas y construidas con piedras ligeramente labradas acopladas por una forma de argamasa de arena y arcilla. La tina grande mide 2.30 m de ancho por 5.00 m de largo, y 1.40m de alto; y la tina chica mide 2.20m de ancho por 2.80m de largo, y 1.40 de alto. El agua utilizada proviene de la laguna a través de sistema de canales subterráneos que la conducen hasta el curso del río y a las propias fuentes. Por su estructura y forma se puede colegir que sirvieron para el aseo o baño personal de allegados al inca que radicaron allí o estuvieron de paso a otros pueblos.

Se debe señalar, sin embargo, que estos recintos no tienen las características ni el acabado que tienen las tinas del sitio de Cochabamba; son de menor calidad, aunque estuvieron orientadas a cumplir la misma función. Actualmente, por la abundante agua que disponen son utilizadas en el aseo personal y lavado de ropa, utensilios y otros. Los comuneros del lugar creen que el agua de las fuentes posee poderes curativos especialmente cuando el baño se toma muy de madrugada.

En la parte media de la montaña Peña Calata se registran interesantes restos de andenes, formas de terrazas y restos de muros de contención que deben haber sido construidos por influencia inca para mejorar el uso de las tierras y cultivos. El sistema de andenes, aunque no muy extendidos y en aparente mal estado, aun son observables en las partes bajas y medias de la montaña del otro extremo de la laguna. En ambos casos, ya no cumplen sus fines de cultivo de productos agrícolas alimenticios; el abundante ichu y plantaciones nativas, erosiones y deslizamientos, y el poco interés de los comuneros por conservarlas, son factores que han intervenido en su progresivo deterioro y desaparición. En las playas que circunda la laguna pareciera que hubiese existido una forma da camellones como mecanismo físico para mejorar el uso de la tierra.

También constituye testimonio de la presencia inca en Atuén los restos de los caminos reales o Cápac Ñan que partieron de allí o, atravesando el lugar, se dirigieron a la región selvática y lugares de interés; entre ellos, el camino prehispánico (uno de los más importantes) con dirección a la localidad de Raymipampa, hoy Leymebamba, que se extendía bordeando toda la cuenca del río Utcubamba, para luego continuar a las minas de sal natural de Yurumarca, ubicado al norte de la ciudad provincial de Chachapoyas. Otro camino es el que se dirige al distrito de Uchucmarca, provincia de Bolívar, bordeando la cordillera central por una de las abras de menor altura en la región y que se encuentra ubicada en el lugar denominado Las Quinuas.

CAMINO A LA SELVA Y LA MORADA
El camino de entrada a la selva a partir del hermoso sitio del Atuén, continúa por las gélidas y escarpadas montañas de la cordillera central, hasta pasar por el abra de menor altura en la zona denominada "Pasa Breve", conocida así, porque las frígidas y movidas condiciones climáticas nos obligan a traspasarlo a la brevedad. Se encuentra a una altura de 3.730 msnm, y su recorrido es de aproximadamente 120 m de largo. Luego de cruzarla, se inicia el descenso pausadamente hasta arribar al paraje natural denominado El Jardín, donde nos sorprendió encontrarnos frente a una inusual laguna, casi escondida entre grandes bosques, de color plateado brillante y abrumadoramente apacible y misteriosa, cuyas aguas van a alimentar al río Huabayacu, ya cercano a ese lugar. Se la conoce con el mismo nombre del lugar porque su estructura, entorno, color y demás propiedades enigmáticas y naturales, proyectan la imagen de un hechizado y bello jardín.

A partir de allí, se avanza bajo soportable calor, rodeados de exquisita y densa vegetación y en medio de un temido silencio que solo se rompe por ruidos y sonidos que provienen de la profundidad de las montañas, su fauna y las aguas movidas y chocantes del río que lo circunda. En esas circunstancias pudimos verificar que nuestro recorrido se hacía, de trecho en trecho, sobre las huellas de los antiguos caminos reales o Cápac Ñan, que habrían construido los antepasados para trasladarse por esa importante cuenca hacia la selva. En algunos casos, estos caminos tienen la forma de sólidos escalones de piedra fuertemente acoplada, aunque angostos y con pronunciadas subidas y bajadas, pero siempre siguiendo la ribera del río o alejándose moderadamente de él.

Esa ruta debe haber sido pues de mucha importancia utilizada por los grupos chachapoya y también los incas dentro de sus planes de ampliación de sus dominios, búsqueda de nuevas tierras para el cultivo e ingreso a la región amazónica. Pasada la conquista, colonia y casi toda la fase republicana, dicha ruta fue prácticamente olvidada y no frecuentada hasta la década de 1970 en que un aventurero, valiente y visionario poblador de la zona, don Benigno Añazco Silva, al lado de su familia, peones, ganado y herramientas, tomó la decisión de penetrar por la inexplorada cuenca del Huabayacu con fines de colonización y aprovechar la riqueza virginal.

En el año 1985, después de un largo y tormentoso viaje de cerca de 8 años, siguiendo algunas huellas del camino ancestral y desbrozando otras, la familia Añazco Silva llegó a instalarse sobre una regular, vistosa y apropiada meseta emplazada en las faldas de la montaña del lado derecho del río, muy cerca y a poca altura de él. Allí, poco tiempo después y al lado de más familiares y contados migrantes conocidos de la región, fundaría el pequeño pueblo al que denominó La Morada. Don Benigno Añazco murió en 1995 y tres de sus hijos se encargaron de continuar su proeza colonizadora: Zacarías se quedó en La Morada, David fundó el pequeño poblado de Cannán, y Fabián avanzó un poco más y organizó otra pequeña aldea de colonos, llamada Añazco Pueblo.

La ruta reabierta y reconstruida, aunque áspera y poco frecuentada permite, al recorrerla, ponerse en contacto no sólo con el sensacional manto ecológico y paisajista que rodea al río Huabayacu, que tiene su origen en la famosa laguna de Huayabamba, ubicada en las partes altas de la zona nororiental del distrito de Uchucmarca, sino con los valiosos y poco conocidos restos arqueológicos. En efecto, al avanzar por la ribera del mencionado río nos chocamos con algunos sitios de alto valor histórico, casi ignorados y poco estudiados, donde sobresalen los impresionantes mausoleos en medio de enormes peñas, tampus, jeroglíficos, pintura rupestre, restos de viviendas y otros, ubicados en los sitios conocidos como: El Tingo, Pulcarume, Incensio, Pakarumi, El Eje y Hornopampa, entre los más importantes.

También tuvimos la oportunidad de divisar una de las cumbres de las montañas que hacen de marco al río Huabayacu, a la altura del sitio denominado Orfedón, donde se encuentra la ciudadela de Cajamarquilla o también conocida como Gran Saposoa, la cual ha sido visitada y estudiada por Gene Savoy. La observamos desde las riberas del río y al parecer estábamos relativamente cerca de ella, pero por no contar con algunos recursos materiales sólo nos concretamos a identificar restos complementarios e integrantes de dicha ciudadela.

LA MORADA
Como se ha indicado, La Morada es un pueblo de colonos, prácticamente nuevo, enclavado en medio de las montañas amazónicas que caen a la selva, ya pasando territorios amazonenses, en la provincia del Huallaga (Saposoa), región de San Martín. Allí arribamos al caer la tarde del tercer día de viaje partiendo de Chuquibamba. Previamente escalamos una ligera y suave pendiente que lo separa del río Huabayacu, y no podemos negarlo, llegamos agotados y algo maltrechos, pero la pletórica belleza del paisaje recorrido, la exquisitez del escondido villorrio y la amabilidad de su gente y los pocos profesores que laboran en el lugar fueron una grata e inolvidable recompensa.

Actualmente viven en La Morada alrededor de 50 familias provenientes de los lugares de Chuquibamba, Uchucmarca, Bolívar, Leymebamba y Celendín. Todas ellas tienen la ventaja de disponer de tierras, entre 1 y 3 hectáreas, agua y clima apropiado, aptas para la producción agrícola con buenos resultados (hortícolas, frutales, cereales y algunos tubérculos), animales menores de excelente desarrollo y, en poca cantidad, ganado vacuno. Algunas familias nos decían "aquí producimos casi de todo, pero falta quien lo coma o compre". Creo que en mucho atestiguamos lo dicho, pero se siente la severa incomunicación y la carencia de auxilio material y de servicios.

La Morada, social y administrativamente se desenvuelve siguiendo pautas de carácter comunal y religioso, donde las asambleas participativas y acuerdos consensuados son fundamentales. Su población tiende a crecer por la alta tasa de reproducción familiar (5 hijos promedio por familia) y los nuevos colonos que llegan tras la codiciada tierra y esperanzas en una vida mejor. Estos últimos son sometidos a una severa calificación donde el factor religioso es fundamental. Si son aceptados reciben lotes de tierras para vivienda y uso agrícola en forma condicional a la permanencia definitiva en el lugar.

Lo preocupante es que en los últimos años, ante cierta presión migratoria, recurren a la quema y tala de bosques sin ninguna planificación y, a veces, en forma irracional como es el caso del desborde de laderas empinadas. En una reunión amplia con la comunidad y autoridades, hicimos esa observación y se dieron algunas orientaciones técnicas para disminuir el impacto de la tala indiscriminada.

Hay que destacar también que La Morada y todo su entorno físico por corresponder a zona de ceja de selva baja, se encuentran dotados de una enorme biodiversidad en flora y fauna. En la propia ruta de acceso se puede verificar la densa y crecida vegetación donde sobresalen: el cedro, tornillo, huayocón, pispa, ishpingo, vara negra, palo amarillo, barrilón, guabilla, entre otros. Y entre las especies de fauna se sabe del oso, picuro, mono, lobo de río, venado, tigrillo, choscas, tejón, carachupa, y diversidad de aves.

Entre los meses de junio y septiembre llegan a ese lejano pueblo algunas expediciones de otros países, en especial de EE.UU, para luego internarse en sectores algo accesibles de la selva con fines de estudio e investigación, aunque con resultados no siempre conocidos. También, los pocos estudiosos de la arqueología y ecología de la zona han visitado y pernoctado allí, en plan de descanso y de conseguir información para ahondar sus investigaciones. De este futurista lugar, don Benigno Añazco y uno de sus hijos, pocos años después e incansable en sus afanes colonizadores, avanzó algunos kilómetros más (alrededor de 20) con dirección oriental y bordeando siempre la cuenca del río Huabayacu, llegando a instalarse y fundar otra comunidad de colonos de nombre Cannán, muy pequeña todavía, cercana a la cuenca del mencionado río y dentro de la inmensidad amazónica.

A futuro, ojalá mediato, una de las variantes importantes de carretera de ingreso a la selva a partir de Pacasmayo y Cajamarca, será siguiendo la ruta mencionada hasta La Morada, y de allí directamente a Saposoa, de donde nos conectaremos a la carretera interoceánica del norte, que pasa por Tarapoto, Yurimaguas, Iquitos y Brasil. Cuando ello suceda, o lo que es lo mismo, cuando se reabra la ruta visionaria de nuestros antepasados, ese gran potencial económico, ecológico, histórico y turístico que posee, debe ser responsablemente aprovechado Y puesto al servicio del hombre.

Tomado de Celendín en la Cuenca del Marañón / Arqueología y Paisaje.

1 comentario:

  1. Que orgulloso me siento ser amazonense y nacer en en un manto verde entre las flores moradas de primavera que fueron motivo de inspiracion para el señor Benigno Añazco Silva. "ATTE. ACU . MORADINO DE CORAZON"

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