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sábado, 6 de abril de 2013

EL ÚLTIMO ADIOS DE RIBEYRO

Por: Hébert Reina Zegarra.


"Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a existencia sin sintonía y sin voz" J. R. Ribeyro.

Los peruanos de nuestra época, aprendimos amar la creación literaria de don Julio Ramón Ribeyro, no porque era un tanto exótica o extraña a la realidad del país, ni siquiera porque fuera un gesto existencialista o un barroquismo latinoamericano, peor aún si lo tildaríamos de un agnóstico sin límites. Sencillamente, el arte verdadero, no tiene rótulos, ni etiquetas como piensan un minúsculo grupo de críticos nacionales. Ha muerto un peruano universal, un maestro sin par del relato corto, el Antón Chejov peruano, valga el atrevimiento mío, una pluma genial, solamente comparable con otros escritores, ya fallecidos como es el caso de Juan Rulfo o el incomparable Julio Cortázar.

Se fue del Perú, cuando apenas era una persona poco notable o apenas se vislumbra como un escritor nacional o cuando su nombre recién se balbuceaba en el mundo literario limeño, cuando compartía la tertulia literaria con distinguidos hombres de letras de la llamada "generación del 50". Llegó a la ciudad luz, Francia, acaso a pretender bosquejar un destino para este "apátrida universal" a ganarse la vida haciendo cualquier oficio, que le permitiera vivir con algo de dignidad humana.

Hombre de un temperamento apacible y hasta cierto punto taciturno, bohemio como sabía ser, en sus horas de melancolía literaria, de extrañar y llevar al Perú a cuestas. No importa que una determinada prensa, autodeterminada izquierdista, no piense reconocer la validez internacional de su prosa, poética, de superfugios literarios, de su no vinculación a ningún partido, de no haber pertenecido a ninguna hermandad secreta. Julio R. Ribeyro, seguirá viviendo en todos y cada uno de los peruanos, en ese mundo inconmensurable de las letras. En esa legión infernal y bendita de los grandes genios de la literatura universal.

Artista del alma humana como era, no le gustaba los grandes homenajes, ni las fastuosas recepciones diplomáticas. Con ironía, siempre a flor de labios, se negaba sutilmente a asistir a esos actos cargados de petulancia y de fetidez académica.

Acaso, le pasó por su mente, un millón de veces, lo que ocurrió a Martín Adán (Rafael de la Fuente Benavides), que al momento de ingresar a un cenáculo literario, y a la misma Academia de la Lengua Peruana, este mismo hecho, no lo haría cambiar en nada, su existencia y vocación inquebrantable de morir escribiendo, donde su vida y sus últimas energías, solamente, a la literatura. Así lo confirma la última entrevista televisada, por una rara coincidencia del destino, parece darnos una respuesta a este acertijo, que fue su propia vida.

Sometido a numerosas operaciones quirúrgicas, no pudo cristalizar su deseo de viajar a México, a recibir el premio, el más cotizado a nivel latinoamericano, Juan Rulfo, méritos y personalidad no le faltaban. Quiso el aciago destino, arrebatarle este merecido triunfo, como Manuel Scorza, de no ver el esplendor de su gloria literaria. Como Edgar Allan Poe, fue una víctima de sus propios excesos.

No alcanzó a suicidarse como el maestro José María Arguedas, porque la muerte le sorprendió de perfil y fumando los últimos cigarrillos de su maltratada existencia. Como hombre de letras, compartió una gran amistad con Alfredo Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Ernesto Cardenal entre otros gigantes de la literatura hispanoamericana.

Con la temprana desaparición de Ribeyro, se nos ha privado para siempre del excelente escritor anecdótico, de aquel que aboga por una estética de recomposición de la realidad; del narrador que vive sustancialmente con el mundo de sus personajes; del creador que rechaza el barroquismo o la falta de sencillez verbal; por el demiurgo que se rige por el principio de la claridad del relato; por ese inventor de mundos verbales, que prefiere ser un escéptico y no un pesimista de la vida. Ya en sus Prosas Apátridas Ribeyro nos decía:

“(…) lo que he escrito ha sido un tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó con la elaboración de un inventario de enigmas; si alguna certeza adquirí fue que existen certezas, lo que es una buena definición del escepticismo" (P.180)

El poeta - crítico y maestro emérito de la Universidad de San Marcos, Washington Delgado, ha dicho una gran verdad:

“Lo más característico de Ribeyro es el tratamiento sicológico de los personajes, que aparecen en sus relatos como seres vivos, inmediatos e inolvidables. Con la habilidad del cuentista nato, en un par de líneas, con un solo trazo, Ribeyro nos presenta al hombre entero y viviente".

"La palabra del Mudo".
Julio Ribeyro, comprendió como algunos escritores rusos o americanos que llevan su país y tradición 'por dentro, que para entender mejor al Perú, era preferible el auto destierro, el ostracismo voluntario, para sentir, palpar y comprender mejor los múltiplos rostros de esta nación en formación, en continuo proceso de encontrarse a sí mismo.

La hora celeste y mágica, le había jugado una trampa mortal; las excrecencias del alba, ya no estaban para darle el último adiós; no pudo asistir para dar su conferencia genial, como lo hubiese hecho el "Profesor Suplente", de uno de sus cuentos memorables; no pudo ver y amar profundamente este verano, como el anciano personaje por las "Azoteas"; murió, porque la muerte quiso, a exigencias de una pulmonía y de una extirpación de un riñón canceroso. No asistirá, jamás a su "Ultimo Banquete", porque la barca del mitológico Creonte, no le permitirá regresar a la orilla de ese mar inconmensurable que es el mundo de las letras. No podrá saborear "La Botella de Chicha" para reírse, a su antojo, de la advenediza clase social que merodeaba a la Lima de los años cincuenta. Ya no podrá concurrir a esa "Aventura Nocturna", porque nadie lo esperará; ni siquiera irá a toda velocidad, con esa pesadilla de jovenzuelos atolondrados encabezados por Ludo Tótem de los "Geniecillos Dominicales", para ganarle en audacia y hombría, a los hombres de su generación. Los dictadores de turno, ya no le tendrán rencor eterno, por su cuestionamiento a la tiranía de Odría, en su "Cambio de Guardia"; los políticos, como los nuevos fariseos del Siglo XXI, concurrirán en actitud contrita ante sus funerales. Pero tú, peruano universal, les esperarás con la sonrisa de siempre, para seguirle narrando "La Confusión en la Prefectura", y volarás en las de la eternidad como el Ícaro inmortal.

Tomado de la Revista El Labrador, mayo 1995.

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