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domingo, 7 de septiembre de 2014

CHALÁN


-A mi nave que tocó el paraíso y volvió.

Escribe: Jorge Wilson Izquierdo

Más allá de la cumbre Catalina, al norte de Celendín, enclavada entre los altos cerros El Mirador, Surumayo y Uñigán, había una choza solitaria a veces, encapotada por la niebla que, como un airón de gasa, marchaba de este a oeste.

Era el año de 1901 en, que de Amancaes, Lima; había venido
un resabio de aquella caballería Colonial: un joven de aspecto altanero y sombrío, Muy casualmente, por innumerables persecuciones incógnitas. Habíase instalado en una casa donde se ocupaba en hacer herrajes y otros implementos para cabalgaduras. A veces asalariado como peón; se le veía abriendo surcos, con una yunta fatigada. Así transcurrieron días azarosos de angustia económica y lobreguez Solitaria en que llegó a sumar veinte primaveras rebosantes; perdidas en la cadencia de sus pensamientos y de sus recuerdos.

Por el año 1910, empezaron a esponjarse los entusiasmos de la celebración de las fiestas de Nuestra Señora del Carmen; en la capital de la provincia: corridas de toros, peleas de gallos, eran una costumbre ídem la exhibición de caballos de paso, en qué jinetes pintorescos ingresaban al coso taurino con los más espléndidos arneses. Se otorgaba premios a los mejores enjaezados y el oleaje de aplausos, le encumbraba frenético sobre los palcos y los eucaliptos.

Mariano, el joven que nos ocupa, competía en estos concursos y, por la finura y elegancia de caballos, había conquistado laureles honrosos. Su fama ascendía cada año; era uno de los mejores jinetes de ese tiempo. En su humilde habitación de talabartero, sobre toscas repisas, podía verse los trofeos ganados: mariposas con cintas peruanas, un caballo de plata, un león de presa, un cofrecillo, una testa de toro, etc. Era; en suma, el dueño dé todo esto un montador sin precedentes y que jamás tuvo rival hasta hoy.

Era Mariano tan Singular  y; apuesto que pronto ganó el apelativo de "EL CHALAN DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN", y de cuya Virgen llevaba ocultó un cárdeno escapulario. En cierta ocasión "El Chalán" no se presentó a la feria y la ansiedad fue grande. Sé preguntaban dónde estaría aquel de las riendas poderosas, de las pelloneras decoradas, del Caballo brioso y fino, ése que al compás ele la marinera bailaba y, al final, empinando el pecho robusto, levantaba las patas delanteras en una emocionante configuración. Dónde estaría ese hombre de pañuelo blanco al cuello y sombrero alón, de casaca negra y pantalón habano, con sus botas granaderas, donde ese de los mostachos enroscados y rubios, del cabello que ondulaba en las afueras del sombrero y caía en un mechón por su frente amplia y morena.

El premio se lo llevó otro: era una, efigie del Cid Campeador sobre su Babieca, modelada en bronce con cintas y flores. Mariano estaba penando, casi, en su ocaso, y a su lecho se amotinó la gente cuando lo supo. Algunos amigos velaban junto al foráneo como si se tratara de un hermano o un hijo que tal vez llevaba estirpe celendina.

II

1919. "Chalán" se presentó con, treintaicinco años sobre su corazón, agrietando su rostro las, primeras arrugas del sufrimiento. Su alazán, llamado "EL MEMORABLE", al ingresar, al, ruedo recibió uno salva de vivas y palmas. El entusiasmo explotó cuando el solípedo levanta la pata izquierda en señal de saludo, al, tiempo que Mariano, con .1a, siniestra batía su alón para lo propio. "El Memorable" desfiló escoltado por varios jinetes y en elegantes ademanes se encabritaba -teniendo piafidos ante el estampido de los cohetes. Sus cascos dorados y en el florón un dije de plata representando una pelea de gallos orlada de botones relucientes. La penca de la rienda terminaba en un par de cintas celestes. En los “tapaojos” iban las iniciales de Mariano Vásquez rodeadas por cabezas de águilas y perros de caza intercalados. En los estribos planchas de bronce simulaban huacos incas y alrededor habían figuras de llamas y escudillos del mismo material.

Al iniciarse la carrera, "El Memorable" batió el récord. A la demostración de pasos los hizo con tal estética y simetría que ninguno pudo igualar. En premio recibió El Chalán la efigie de Don Quijote y Sancho en miniatura, confeccionada en madera fina. Antes de retirarse El Chalán, desde su caballo, alcanzó la mano de una dama hermosa y poniéndola en la grupa partió velozmente hacia el campo. Fue perseguido, pero en la bajada de Llanguat burló a todos y regresaron tras una pesquisa infructuosa. De entonces, nunca se supo su paradero. Lo insólito de la aventura no se desprendía de los labios que siempre murmuraban cómo desapareció.

III

Y en aquella choza, invisible casi entre los contrafuertes de los Andes, vivía con Eloísa Solano, la bella dama que fuera arrebatada del seno de la multitud. En las mañanas diáfanas alzaba sus ojitos al ciclo y cruzada de brazos y friolenta, escuchaba el polifónico piar de las avecillas que, en rápido giro, revolaban de árbol en árbol, de matorral en matorral. Ella para él era, en el fondo de aquella soledad, el arpegio que en las albas primorosas cantaba yendo al campo a dejar los animales:

Dulce campiña amorosa
en esta hora matinal.
Bríndanos ya el Sol,
ilumina el manantial.

Y Mariano, con voz bien cimbrada sobre suelas y chavetas, lo hacía tenormente:

Tierna flor qué del árbol arranqué,
si no fueras tú en la hora azul:
Qué Sol, qué Luna ni qué estrellas
alumbraran mi enardecida fe...

El Chalán jamás pudo volver a Celendín, su cabeza está a precio: un plomo estaría listo para asesinarlo en cualquier parte. Por esto, Mariano, noble a pesar de todo, compró su arma de fuego en Bambamarca, lugar donde no era conocido, y allí también adquiría materiales para sus trabajos, los que allá también iba a negociar. La rapidez de sus caballos, eran centellas en las vueltas peligrosas y en las travesías del camino colorado.

IV

1926. Sus perseguidores dieron con él cerca a Pizón y los disparos especialmente del hermano de Eloísa, le volaron el sombrero, otro hirióle la pierna. Ya le iban a alcanzar, cuando su agotado caballo llegó a la choza y sacando Chalán su carabina, el tirador tendido fulminó a dos: los cuatro restantes se dieron a la fuga. Eloísa al ver muerto a su hermano, lloró amargamente. Recogieron los cadáveres dándoles sepultura a cincuenta metros de la choza.

V

Surge la voz de leyenda voz casi fantasma, inmensurable. Los hijos la oyeron de su padre cortarla a viva voz: Que una leona tuvo dos cachorritos y uno de ellos dábase ínfulas de valeroso, y habiendo oído a los pájaros y a los venados decir que el hombre lo era más, salió en su busca. Por la sofocante cuesta de Catalina, encontró a su rival cortando leña. Se desafiaron furiosamente tomando puestos para la lucha. El hombre sacó su carabina e hirió mortalmente al guapo leoncillo. Todo le pasó por desobedecer a su madre que, entre lágrimas, le había rogado que no vaya.

- ¿Quién fue ese hombre, papa? -preguntó el mayorcito.
- Alguien de estas vueltas, porque dicen que en estos cerros hay gente, pero deben estar lejos que muy poco los encuentro.

Se cuenta que al llegar Mariano a este lugar no había agua y que un ángel en sueños le reveló que su primer hijo moriría y que debía enterrarlo en el cerro Los Muñuños, para que las lágrimas del niño sean fuente inagotable e inmaculada. Y, ciertamente, en medio cerró brotan dos manantiales que por más que llueva nunca se ensucian, ni aumenta ni disminuye su caudal en ninguna estación. Antes se le llamaba "El Agua de Niño" y ahora sólo "El Agua Blanca", atribuyéndole efectos bienaventuradamente eróticos para los forasteros.

VI

Por los fugitivos pronto en Celendín se comentó el paraje -Chimuch entonces- del "Chalán de Nuestra Señora del Carmen", lo mismo que la desaparición de Fabián y Darío. Por ello, temerosa la policía no le molestó más... y fue motivo de congoja la trágica muerte de "El Memorable”, que se había apealado en una noche cualquiera.

1929 Los amigos de Mariano vieron a él, quien al verlos galopar, levantando una nube de polvo tras las baticolas a lo lejos, se había escondido con el cuidado de ser sus captores. Pero cuando reconoció las voces que llamaban, se lanzó a encontrarlos con indecible alegría. Allí vieron el ceño marchito y acentuadas las canas que orlaban su cabeza. Los hijos del paladín eran unos jovencitos trigueños, robustos y altos para su edad. Poco a poco a ese lugar de ingénita paz, se le conoció como el refugio de El Chalán y. cuando allí viajaban en procura de leña, maderas o venados, decían con espontáneo acento: -¡Vamos a Chalán!

Con el tiempo muchos empezaron a construir sus casas con paredes arcillosas y gruesos techos de paja, en una ladera pequeña con la simetría de un futuro pueblo promisor. A los pocos años murió Mariano, víctima de un cólico. Posteriormente, Eloísa murió de melancolía. Fueron inhumados junto a su primitiva vivienda, después de legar un hombre al rincón de su refugio y de su felicidad.

Hoy, puede aún verse aquella casita derruyéndose junto al comentario, abandonado, patética, triste, en su seno palpitando un germen de historia. Allí cerca moran el ignoto Mariano y Eloísa...

Chalán es, pues, en esta hora, un pueblecito del distrito Miguel Iglesias, provincia de Celendín, departamento Cajamarca, creado por Ley N" 9818 del 20 de setiembre de 1943, siendo presidente de la República el Dr. Manuel Prado Ugarteche.

Sus calles rectas y angostas, bien empedradas y limpias. Su plaza pequeña, simpática, acoge los juegos nocturnos de muchos niños que cantan y gritan a la opalescencia de la Luna; a los adultos que allí lidian sus gallos de pelea o conversan sobre lo que pasa en Lima y otros lugares, ya sentados en las ralas banquitas de madera o dando vueltas en el perímetro pequeño, equidistantes de una pileta reseca.

Su cielo luminoso en verano y encrespado en invierno, ha escuchado el tañer de aquellos toscos esquilones de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, a donde sábados y domingos van los pobladores a desenvolver el rosario con misticismo sincero. Los habitantes ampliamente generosos, siempre han estrechado el lazo que les une a la plenitud de su responsabilidad: parecen un solo corazón, una sola alma. La maldad es un desecho que desconocen. Quien escriba la historia de este pueblo no tendrá, aunque quisiere, móvil para ensombrecer sus líneas.

El río helado del puente, río Grande o río Chalán, da cotidianamente un bullicio a compás con el anhelo de esas almas que, ausentes o presentes, insurgen cuajadas de ideales, de entusiasmo por el progreso de su terruño.

Este Pueblo, como muchos otros del Perú, no debe ser olvidado. Sobre lo providencial debe esforzarse la Representación Nacional del momento para impulsarlo a romper su soledad y a salir del aislamiento de los demás pueblos.


Tomado de la Revista el Labrador, mayo 1996.

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