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lunes, 23 de marzo de 2020

DETESTO AL CORONAVIRUS



Tito Zegarra Marín
Por algunas circunstancias familiares y de salud viajé a la ciudad de Lima unos días antes que se decretara el aislamiento social y toque de queda. Casi de inmediato y sin sopesar bien sus efectos me sentí como si estaría recluido, encerrado en medio del calor intenso y extrañando la tranquilidad de mi tierra celendina y su distrito Sucre.

La maldita pandemia del coronavirus, su facilidad para replicarse y la inmovilidad social en marcha, me conminó a permanecer, no sé hasta cuándo, dentro de un pequeño espacio habitacional de esta Lima la horrible. Cuánto hubiese deseado no haber viajado y ver desde la lejanía el bombardeo incansable de noticias coronavirustas, los esfuerzos justificados para que la gente no salga de sus domicilios y los ajetreos desesperados de muchas familias pobres para hacer o vender algo y así ganar el pan de cada día.

En mi provincia, Celendín, por civismo y solidaridad habría acatado lo dispuesto por las normas respectivas y, lo más importante, en esa mi tierra mil veces estaría más seguro de no contagiarme que aquí, en esta superpoblada capital. Los pequeños pueblos de la sierra del país, por su saludable ambiente natural y la poca vinculación con las ciudades grandes o medianas, son menos propensos a infectarse de esa temida pandemia, a pesar de su precariedad socioeconómica.

Pero también, estando en esos mis pueblos hubiese preferido cumplir en parte con el aislamiento social recorriendo su geografía y solo contactando con sus garzas y sus maizales, con sus antiguos caminos y casas de adobe, con sus pequeñas lagunas: Shimnay, el Suro y Runducushma; y con sus altivos cerros: Jelig, Huashag y Huishquimuna; y por cierto saludando, de lejos o cerca, a campesinos en la chacra o pastando sus animales.

Lástima que estoy en Lima, donde se vive condenados a respirar aire contaminado, donde ya no puedes ni caminar ni tener tranquilidad y donde el coronavirus, al parecer, fabricado por poderosos intereses, seguirá acechando no obstante las restricciones para frenarlo. Así, en esta descomunal ciudad, solo queda respetar las disposiciones gubernamentales y acomodarse a las circunstancias domiciliarias.    

Nota. No comparto que a una familia campesina que estaba en “saca” de papas, se los haya desalojado policialmente. Qué poco criterio de las autoridades.




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