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sábado, 5 de febrero de 2011

Cuento: UNA MUERTE APACIBLE


Por Manuel Sánchez Aliaga.

Cayetano empezó a subir la cuesta hacia su casa y ahora, como en semanas anteriores, la sintió cada vez más pesada y difícil.

Se daba cuenta que con mayor frecuencia tenía que detenerse, pues el agotamiento era mucho más notorio. Y sus paradas forzosas no obedecían a la contemplación del verdor de los sembrados que se extendían interminables a los costados del camino Al principio de los últimos tiempos creía -se mentía a sí mismo- que era para gozar y deleitarse viendo crecer las sementeras, fruto del trabajo suyo y de los vecinos de esos alrededores, gente sencilla, dedicada al trabajo agrícola a la cría de animales indispensables para la ayuda en las faenas del campo, amén de las aves cuyes conejos que los domingos vendían en la ciudad para procurarse otro tipo de alimentos venidos de lejanas tierras y adquiridos a elevados precios en las bodegas y tiendas de la capital provinciana, asi como de ropa y demás menesteres, porque para las enfermedades recurrían a la magia de las plantas que aliviaban rápidamente los males y no tenían salvo en contadas ocasiones, necesidad de recurrir a los médicos y farmacias. Era, en realidad, gente sana, fornida, merced a la bondad del clima, del aire purísimo y del trabajo que era para ellos más bien solaz al que agregaban, como matiz ancestral, la dulzura de la coca, paliativo de cansancios.

Cierto que la última primavera Cayetano había cumplido los setenta años, pero aun sentía que sus fuerzas no lo habían abandonado hasta entonces, dada su envidiable reciedumbre campesina.

Cuando fue joven recordaba con nitidez y nostalgia que, era el mejor de la comarca. Diestro en amansar potros y burros salvajes hábil capando a machete gigantescos toros que luego servirían como yuntas sin parangón en las siembras, ducho quebrando por las noches y a salto de mata las aguas de regadío para poner lozanas las papas y el maíz tempranero, porque había que ser ladino algunas veces, ¡ah! y gran improvisador de coplas carnavaleras en las fiestas de Pascua de Resurrección.

¡Cuántas veces se habla liado a golpes!, que es como pelean los machos, con algún advenedizo majadero que pretendía romper la armonía de la comarca en locas pretensiones de arrebatar la doncellez de alguna buena moza y deseada hembra, que debía quedarse con alguno de ellos nomás, porque era sabida la fidelidad de las mujeres a sus hombres y su destreza en parir robustos hijos sin mayores aspavientos. Ese no fue su caso claro pues en sus fastuosas nupcias, recordadas todavía por sus contemporáneos, gozó de prudencial noviazgo nunca empañado por ningún desliz ni arrebatos de gozar virginidad solteril antes de pasar por el altar.

Sin embargo, dos semanas después de la septuagenaria celebración, al levantarse de madrugada para reiniciar las labores cotidianas, sintió algo así como una filuda lanza atravesándole el corazón, y desde entonces la fatiga ya no lo abandonó.

Para evitarle preocupaciones a Josefina, su mujer, no le comento nada y, por cuenta propia visitó, usando de suma cautela, a Isidro el curandero de la comunidad, que le preparó un macerado verde de yerbas por él conocidas, infalible para los males del corazón.

Aunque lo cierto de su decaimiento era que la complicación orgánica se debía a la nostalgia por la reciente partida de los hijos cuyas, ansias de nuevos horizontes y deseos de otro tipo de vida los llevó a ese gran centro que atraía a la juventud como poderoso imán, porque quienes iban a Lima iban a gozar fácilmente de dinero, a vestir como caballeros con corbata zapatos, adiós a los llanques, donde años después comprobarían su rotundo fracaso teniendo que retornar a la hermosa campiña natal de la cual jamás debieron salir.

La soledad de Cayetano contribuyó a su rápido envejecimiento pues le hacían falta esos cuatro brazos lejanos para mantener lozana la exuberante producción de sus chacras y para llenar el vacío del hogar. Por eso, esa tarde le parecía que al paso que daba, la cuesta se empinaba más. Los todavía hermosos ojos claros se le nublaron de repente y haciendo un esfuerzo sobrehumano logró trasponer lo poco que le faltaba para llegar a su vieja pero siempre reluciente mansión. Allí al lado de Josefina que lo esperaba amorosa y preocupada, porque no era ajena al dolor silencioso de su hombre, sintió un inaguantable temblor en las piernas y en todo el cuerpo, y que el filo de la lanza de irremediables fúnebres presagios le trituraba para siempre el dolido corazón. Sus ojos se abrieron enormes y por última vez recogió en todo su esplendor con plenitud y lucidez, la multicolor belleza del crepúsculo, el verdor de las simientes para finalmente ver los altos eucaliptos girando vertiginosamente mientras él se desplomaba sin vida a los pies de su fiel y amadísima compañera.

De la revista EL Labrador, 1994.

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