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sábado, 26 de enero de 2013

Anécdotas: SUCREÑO Y CAJACHO

Por Gutemberg Aliaga Zegarra.

De los celendinos, se dicen muchas virtudes: trabajador, negociante y honrado; como también divertidas y picantes anécdotas, algunas ciertas y otras como se dice "achacadas" o atribuidas.

En mi primer día de trabajo en el Instituto Superior Pedagógico Hno. Victorino Elorz Goicoechea de Cajamarca, donde he tenido la suerte de relacionarme con verdaderos y recordados amigos, me sucedió algo como para contar en velorio.

En uno de los recreos de mis primeras horas de clase, el recordado educador Carlitos Sánchez Espinoza — Que de Dios Goce y en Paz Descanse—, me presentó a un grupo de Colegas que muy alegres departían sus inquietudes en el anchuroso Patio de Honor. Cordialmente nos saludamos, Gutemberg es mi nombre y soy de Sucre, Celendín — sentencié. Al instante, el más pícaro y palomilla me inquirió la siguiente pregunta:

— Colega... ¿Es cierto que, cuando los norteamericanos llegaron a la luna, ya estaban allí los shilicos vendiendo sombreros y anilinas?

Las risas burlonas y mesuradas, debido a que recién me conocían, no se hicieron esperar. Pero mi reacción, a Dios gracias, fue casi instantánea.

— Es cierto — le dije—, pero también encontraron a un cajacho — añadí enérgicamente.

Del grupo de colegas surgió un murmullo de interrogantes. Uno de ellos, por supuesto, que no era de Cajamarca, me lanzó su inquietud:

— Disculpe, coleguita — me dijo inquisidoramente— y... ¿qué hacía el cajacho en la luna?
— ¡Pidiendo limosna! — le contesté burlonamente.

Risas, felicitaciones y casi aplausos no se hicieron esperar de los colegas que allí nos habíamos reunido, y, desde aquel instante, llegué a congraciarme, modestia aparte, y ganarme el cariño y la estima de todos los trabaja­dores de este recordado centro de formación magisterial cajamarquino.

Del libro Avatares… y relatos al paso.

viernes, 25 de enero de 2013

Personajes sucrenses: NEPTALÍ ZEGARRA SÁNCHEZ

  1928 - 1979
Por Olindo Aliaga Rojas y Gutemberg Aliaga Zegarra.

Queremos invitarlos a pasear por la vida del sucrense más humanitario, que hizo de la amistad un templo y del servicio social una oración. ¿Quién es él? Neptalí Zegarra Sánchez, nacido el 2 de abril de 1928, en una alegre mañana de invierno, bajo un cielo excepcionalmente celeste.


En Asia, Gandhi, el líder de la no violencia, luchaba con sus huelgas de hambre, exigiendo la unidad y la libertad de su país: India; en el Perú, gobernaba con mano férrea el dictador Augusto B. Leguía; y, en Sucre, el pueblo protestaba por la injusticia y abusos de las autoridades provinciales en contra de los trabajadores viales sucrenses. En este marco histórico, surgió la vida de quien más tarde sería conocido con el apodo dé El Tincho, procedente de una familia acomodada de negociantes.

Sus padres fueron don Neptalí Zegarra Aliaga y doña Pura Sánchez Silva ambos de Sucre. Por el lado paterno, sus abuelos fueron don Toribio Zegarra (emparentado con Andrés Mejía Zegarra) y Tomasa Aliaga; por la línea materna fueron don Pedro Sánchez y doña Petronila Silva.

Siendo niño, en edad escolar, es matriculado en la escuela N° 83, su maestro fue el profesor Wilfredo Merino Villar. Cursó los estudios secundarios en el Colegio San Ramón de Cajamarca de donde egresó con nota satisfactoria en diciembre de 1943.

En 1944 luego de un examen selectivo se matriculó en la Escuela de Medicina de la Universidad de Trujillo, después de dos años de estudios desertó de la carrera debido a imperativos familiares, a fin de que su hermano Napoleón, que estaba más adelantado estudiando la misma carrera, pudiese terminarla sin los contratiempos originados por la falta de dinero, a raíz del semi abandono de su padre; que tenía otro hogar en el pueblo de Calluán - Cajabamba.

El año de 1947, viaja a Lima con la intención de trabajar en la ciudad capital, alojándose en la casa de su tío materno Félix Sánchez, consigue trabajo de obrero en la fábrica de galletas Lugón, en donde permaneció dos años.

Tras esa enriquecedora experiencia obrera el ex estudiante de medicina regresa a Trujillo con el firme propósito de estudiar la carrera de educación, decisión adquirida en la fábrica de galletas al contacto de los obreros que por falta de instrucción algunos a penas garabateaban su nombre, siendo presa fácil de la explotación.

El 6 de julio de 1952, egresa de la Universidad con el Título de Profesor. En esa ciudad, durante su etapa de estudiante adquirió la enfermedad del asma que lo acompañaría toda su vida.

Empezó a trabajar en la escuela del distrito de José Gálvez, siendo docente de ese centro educativo durante dos años, período tras el cual fue trasladado a la escuela N° 83 de Sucre; cuya dirección la ejercía su ex maestro, el celendino Wilfredo Merino Villar.

La docencia fue, para el profesor Neptalí parte de su ser y la desempeñó con verdadero apostolado de maestro, por lo mismo que estudió una Maestría en Educación en la Universidad Mayor de San Marcos y era de aquellos que creyeron que el verdadero maestro es el que enseña no para hoy, ni para mañana; sino tal vez, para pasado mañana. Profundamente enamorado, en 1956 se casa con la señorita Dina Salazar Zegarra, una mujer simpática, tenaz y trabajadora, hija de la familia más notable y acaudalada del pueblo. Para la ceremonia de su matrimonio prefirió la sencillez y la humildad, antes que la pompa y la soberbia.

Su matrimonio estuvo salpicado de constantes distanciamientos y reconciliaciones, esto se debía, principalmente al amor posesivo de su madre, para quien el profesor tuvo inmenso cariño y prioritaria atención, aún con el riesgo de perderlo todo. De esa unión nacieron sus hijos: Ernestina, Pedro, Napoleón, Neptalí y Pura Zegarra Salazar, todos profesionales.

En 1964, el amigo popular, el confidente, el puntual servidor de todos los que requerían de sus servicios, especialmente de inyectables, trabajó, temporalmente y ad honorem, es decir, sin percibir un solo centavo en el Colegio San José. En ese centro de estudios entonces, de reciente fundación, dictó los cursos de Lengua y Literatura e Historia del Perú, materias por las que tuvo una especial predilección.

Otra de sus preferencias, tan fuertes como las anteriores fue el fútbol, en este deporte se desempeñó como defensa central y vistió por mucho tiempo la casaquilla del glorioso RAMBLER.

El ideólogo Felipe Nerí recuerda a su primo Tincho que participó en el R.U., un cuadro de figuras futbolísticas, integrado en su mayoría por los Zegarra; era común, dice el pensador socialista sucrense, escuchar la voz de un apasionado y escurridizo jugador que decía: ACÉNTRALO TINCHITO ACÉNTRALO.

El profesor Neptalí Zegarra, durante las vacaciones acostumbró viajar a Lima, tanto para visitar a sus familiares, corno para actualizarse profesionalmente.

El año de 1979, el profesor se encontraba en Lima, gozando de sus vacaciones, era el mes de febrero, cuando nada hacía presagiar, un fuerte dolor en el estómago lo obligó internarse de emergencia en el hospital Rebagliati, donde, a pesar de los esfuerzos denodados de los médicos el dolor no cedía, falleciendo el día 15 de febrero del mismo año. Sus restos fueron enterrados en el cementerio El Ángel de Lima.

Pero por coincidencia, los restos del hombre amigo, que estudió dos años de medicina, fue dos años obrero en una fábrica, trabajó dos años como docente en el distrito de José Gálvez, sólo reposaron dos años en el cementerio limeño, luego fueron trasladados al cementerio de Sucre por la acción de su afligida madre que, después de muerto quiso tenerlos cerca y quizás pensó que algún día dormiría su muerte junto a su amado hijo; más el destino que está lleno de ironías la llevó a Cajamarca, en donde falleció y sus restos fueron enterrados en el cementerio de dicha ciudad.

Finalmente, su fiel esposa, doña Dina Salazar, al comprobar que en la tumba había humedad decidió depositar a los restos de su esposo en el mausoleo de la familia Salazar Zegarra, de esta manera el sucrense a quien le somos deudores de una deuda de gratitud encontraron descanso definitivo.

Del libro Personajes de la Historia Sucrense

miércoles, 23 de enero de 2013

CONDOLENCIAS



Los integrantes del Consejo Directivo de la Asociación Movimiento de Unidad Sucrense – “MUS” y asociados en general, lamentamos profundamente el fallecimiento  de la Señora:
 
          Ernestina Mariñas Carrera.


La tristeza ocupa el corazón y la mente de quienes tuvimos la dicha de conocerla y compartir con ella la vida.


Doña Netita, que así se la llamaba con cariño fue, en vida, madre del Sr. Noel Delgado Mariñas, actual Presidente del Consejo Directivo MUS.


Hacemos llegar nuestro más sincero pésame a la familia doliente.


                                                   Concejo Directivo MUS.

viernes, 18 de enero de 2013

Difusión cultural: FESTIVAL DE PASTORAS MUS 2013


La alegría de la fiesta:
El día domingo 06 de enero del presente año, en el local institucional MUS, se dieron cita muchos de nuestros paisanos, familiares y amigos, algunos venidos desde tierras lejanas, tal es el caso del Sr. Lasister Zegarra Calla y esposa, quienes llegaron desde Trujillo; a vibrar y deleitarse con la presentación de dos grupos pastoriles, uno de ellos, representando al distrito vecino y hermano de José Gálvez y el otro, el grupo de pastoras del MUS.

Llegada la hora de dar inicio a tan excelso evento, los dos grupos pastoriles hicieron su presentación juntos en la pista de baile, emocionando más al público asistente; después del saludo protocolar y la venia al niño Jesús, se dio inicio al festival con la presentación del grupo de pastoras de José Gálvez, el mismo que estuvo integrado por niñas llenas de emoción, sencillez e inocencia y muy bien ataviadas, le brindaron con mucho cariño, sus canticos y bailes al niño Jesús.

Luego les llegó el turno a las pastoritas de casa, mujeres maduritas, también con mucha emoción, alegría, entusiasmo y en especial gran devoción. Ellas, que día a día, sacrificando muchas labores diarias, se reunían para los ensayos y de esta manera, también, rendir homenaje al niño Jesús cantando y bailando.
Terminada la presentación de las pastoras, los presentes, que así lo desearon, y que fueron muchos, tomados de la mano bailaron con las pastoritas y con los mayordomos, en un ambiente de alegría, calidez y júbilo.

Esta impresionante presentación llena de alegría, provocó recuerdos, vivencias y nostalgia en quienes en su niñez y juventud, tuvieron la ventura de haberla vivido en nuestro querido pueblo de Sucre.

La benevolencia:
Se dio paso a la realización de la rifa de una canasta. Para tal efecto, los números de tickets de ingreso se utilizaron para el sorteo; la ganadora de la canasta fue la señora Zaida Verástegui Rojas, quien muy feliz, acompañada de su hija, prometió volver al año siguiente.

El compartir:
Se compartió, con todos los asistentes, el tradicional chocolate con leche acompañado de una tajada de sabroso panetón.

La transparencia:
Con el dinero recaudado, se cubrieron los gastos de transporte de las pastoras visitantes, se preparó el compartir, se compraron los productos de la canasta que se sorteó, y como siempre, el saldo del mismo, se destinó a la continución de los trabajos de construcción, mejoramiento y enlucido del local del MUS, y así brindar el mejor confort a los asociados, a nuestros paisanos, familiares y amigos, y a quienes tengan la buena voluntad de visitarnos.

Los Músicos:
  • Sr. Ranulfo Mariñas Aliaga.
  • Sr. Noel Delgado Mariñas.

Los mayordomos para el próximo año 2014:
  • Sr. Lasister Zegarra Calla.
  • Sra. Rosa Gallardo Zavaleta.
  • Sr. Mario Zegarra Mariñas.
  • Sr. Eladio A. Loayza Pozo.
  • Sra. Yolita Horna Vda. de Zegarra.
  • Sr. Goyito Marín. 
Presentación y saludo de pastoras:

Pastoras de José Gálvez:

Pastoras del MUS:

A continuación, algunas fotografías que detallan más el evento:


















Lima: LOS PRIMEROS AÑOS COLONIALES


Por Aurelio Miro Quesada S.
El trazo de la Lima de Pizarro, con calles tiradas a cordel, orientación de acuerdo con el viento y manzanas cuadradas, comprendía nueve calles de largo por trece de ancho; o sea un total de 117 "islas" o manzanas, divididas en cuatro solares cada una. Vista de lo alto, o en el dibujo del plano primitivo, en el que parece que intervino el propio Pizarro, tenía la forma típica, de abolengo romano y mediterráneo, de la ciudad trazada como "las casas del ajedrez". Allí se fueron levantando las primeras construcciones españolas. Edificios de adobe "de ruin fábrica" —como diría después Cobo—, cubiertos de "esteras tejidas de carrizos y madera tosca de mangles, y con poca majestad y primor en las portadas, aunque muy grandes y capaces". A pesar de la sencillez y la pobreza de los primeros tiempos, los conquistadores demostraron cierto empeñoso fervor en multiplicar sus construcciones; y ningún ejemplo mejor que el del Marqués Don Francisco Pizarro, de quien se cuenta que vigilaba las fábricas nacientes, que plantó en los jardines de su casa —más tarde Palacio de Gobierno— los primeros naranjos y la primera higuera, y aun ayudó a fundir la primera campana.

Ciertas o idealizadas las actividades urbanistas que se nos refieren de Pizarro, lo que se encuentra fuera de toda duda es su cariño intenso por la ciudad que había fundado. No es así sólo el Conquistador, que recorre y domina el territorio con la fuerza tajante de su espada; no es sólo el Marqués Gobernador, que dicta normas y que obliga a cumplirlas; es también el Fundador, que se asienta en el valle, sueña con la grandeza futura de la población por él trazada en la ribera sur del Rímac, y suaviza los últimos años y los últimos fieros combates de su vida con el amor apacible y en cierta manera paternal por la nueva y dilecta criatura que por él había brotado en el mundo. Pizarro para Lima no es así el soldado que pasa, sino el hombre de sentido hogareño que se afirma; no es el que corta frutos, sino el que siembra y confía en el futuro; y para culminar la unión entre ambos, el 26 de junio de 1541 caía asesinado en su palacio, a la vera del Rímac, como la más egregia víctima de las guerras civiles, trazando con su sangre una cruz en el suelo, y dando su alma a Dios y su cuerpo a la tierra limeña, que tanto quiso en vida.

Los alborotos de los conquistadores y las contiendas sangrientas entre ellos no permitieron, por un tiempo, que la ciudad continuara creciendo como Pizarro había esperado, Las construcciones seguían siendo pobres, aunque su modestia se hallaba grata y amenamente compensada por el gusto muy extendido por las huertas. "Las cuadras que se edificaban cercábanlas de tapias y hacían en ellas huertas —relata el Padre Cobo—. "Desde fuera —confirma Fray Reginaldo de Lizárraga— no parece ciudad, sino un bosque, por las muchas huertas que la cercan, y no ha muchos años que casi todas las casas tenían sus huertas con naranjos, parras grandes y otros árboles frutales de la tierra, por las acequias que por las cuadras pasan". Y Cieza de León —que es testigo de vista de mediados del siglo XVI, o sea de los primeros años de la alabada Ciudad de Los Reyes—dice que "en ella hay muy buenas casas, y algunas muy galanas con sus torres y cerrados, y la plaza es grande y las calles anchas, y por todas las más de las casas pasan acequias, que es no poco contento; del agua de ellas se sirven y riegan sus huertos y jardines, que son muchos, frescos y deleitosos".

Por algo el poeta Don Luis de Góngora, con los oídos siempre abiertos a las solicitaciones coloristas, recogía en un romancillo de 1587 el elogio escuchado:

y a las damiselas
más graves y ricas
costosos regalos,
joyas peregrinas;
porque para ellas
trae cuanto de Indias
guardan en sus senos
Lisboa y Sevilla;
tráeles de las huertas
regalos de Lima ...

Las primeras casas, como era de esperarse, fueron edificándose en los alrededores de la plaza y en la cercanía propicia del Rímac. Aunque su gala principal se hallaba en la amplitud de los solares y en el cuidado de los jardines y los huertos, es natural pensar que el enriquecimiento de algunos de los vecinos, después de terminadas las contiendas civiles y de establecido el Virreinato, hiciera que fueran alcanzando cierta gracia, a pesar de las deficiencias de las iniciales industrias de ornato y de la pobreza y las imperfecciones del adobe. Ya Cieza de León —en su testimonio de mediados del siglo— pudo decir que en Lima había "muy buenas casas, y algunas muy galanas"; pero su fábrica no ha de haber sido en verdad muy hermosa, porque Fray Reginaldo de Lizárraga, que describió la ciudad, con puntualidad, mu­cho más tarde, sólo hace mención de elementos externos como las azoteas y las huertas, y en cambio concentra su interés en los edificios de iglesias y conventos.

En realidad, la preponderancia indiscutible de la arquitectura religiosa no sólo revelaba la fe intensa y el espíritu de cooperación de los vecinos, o la influencia de las congregaciones que habían empezado a desarrollar su cristiana labor en el Perú, sino constituía el reconocimiento de la importancia, política y religiosa al mismo tiempo, de la doctrina y los usos católicos. Enriquecer un templo o extender un convento no representaban, por lo tanto, un simple afán de adorno o una suave y tranquila decisión. Eran por lo contrario un rotundo quehacer, una manera eficacísima de afianzarse en la tierra, un modo excelente de cumplir con la misión, realizada o soñada, de incorporar, por el espíritu, al dominado Imperio de los Incas en la órbita de la cultura grecoromano-cristiana de Occidente. La justificación esencial de la conquista de buena parte del mundo por España (habían dicho los mejores teóricos, en un debate que la conquista tardía del Perú encontró en parte relegado, pero en parte latente) estaba basada en el deber de la evangelización de los infieles. Si a ella se unían, desde luego, otras razones materiales, había que buscar que los misioneros acompañaran siempre a los soldados o los hombres de empresa, para suavizar asperezas con los indios, conseguir una infiltración pacífica, aclarar las conciencias, y aun, desde el punto de vista práctico, para no propender a una simple riqueza extractiva y transitoria, sino enseñar oficios, difundir el idioma de Castilla, conocer bien la tierra, trazar cartas y mapas, efectuar investigaciones de orden social, económico, etnológico, histórico.

Los conventos del siglo XVI tenían así un carácter mucho más amplio que el de una mera concentración de religiosos. Por eso, organizados por la Iglesia, estimulados por la Corona, y apoyados por la entusiasta cooperación de los iniciales pobladores, se fueron levantando en las calles de Lima, se distribuyeron por diversos lugares y señalaron con su presencia la dirección de los inmediatos crecimientos que iba a alcanzar la Ciudad de Los Reyes. Mercedarios, franciscanos, dominicos, y luego agustinos y jesuitas, levantaron sus templos y fabricaron sus claustradas residencias, compitiendo en el culto del Señor, como eran motivos más humanos los que los hacían competir en la magnificencia y en el arte. Algunas de esas edificaciones eran tan vastas, que abarcaban más de una manzana; y con el transcurso de los años fueron acrecentándose y completándose de tal modo, que el convento de San Francisco, por ejemplo, con su sucesión de claustros y de patios, llegó a ser considerado —avanzado el período virreinal— no como una simple residencia, sino como un ejemplo de ciudad conventual. A las órdenes de varones se añadieron a poco los monasterios de religiosas; y así, en el mismo siglo XVI, se erigieron: el de la Encarnación, fundado por doña Leonor Portocarrero y la infortunada viuda del rebelde Hernández Girón, doña Mencía de Sosa, llamada un tiempo la "Reina del Perú"; el de la Concepción, establecido por doña Inés Muñoz, viuda primero del hermano materno de Pizarro, Francisco Martín de Alcántara, y luego de Antonio de Rivera; el de la Trinidad fundado por la esposa y la hija de Juan de Rivas; y el de Santa Clara, que aunque iniciado en aquellos años sólo vino a poblarse en realidad al comenzar el siglo siguiente, casi al mismo tiempo que el Monasterio de San José de las Monjas Descalzas.

Junto a los templos y conventos se erigieron también —desempeñando una función no sólo de generosa caridad, sino de deber social— los hospitales. El primer Obispo y Arzobispo de Lima, el dominico Jerónimo de Loayza, estableció el Hospital de Santa Ana para indios, que con el Real de españoles, bajo la advocación de San Andrés (cuyo primitivo asiento estuvo en los solares asignados por el Cabildo en las vecindades de Santo Domingo, el 16 de marzo de 1538), fueron las dos primeras casas de asistencia de enfermos que se levantaron en la ciudad. A ellos se unieron en el mismo siglo el Hospital de San Cosme y San Damián, con las hermanas de la Caridad, para mujeres; el del Espíritu Santo, para marineros y navegantes; el de San Lázaro, para la atención de los leprosos; el de San Diego, de los hermanos de San Juan de Dios, como retiro de convalecientes; el de San Pedro, para clérigos pobres, y el de Nuestra Señora de Atocha, de niños huérfanos y expósitos.

A la religión y la piedad se añadieron al mismo tiempo, para gala de Lima, los destellos de títulos y honores. El Obispado de Los Reyes alcanzó el rango de Metropolitano desde 1545; y el Arzobispo de Lima tuvo primacía sobre las diócesis episcopales del Cuzco, San Francisco de Quito, Popayán, Castilla del Oro en Tierra-Firme, León de Nicaragua y sus numerosas iglesias sufragáneas. El 12 de mayo de 1551 se creó, por Real Cédula, la Universidad, que iba a tomar el nombre de San Marcos e iba a ser, con los siglos, la de más larga tradición en América. Virreinato el Perú desde 1543, y sede Lima de una Real Au­diencia desde la misma fecha, la jurisdicción política y jurídica que tenía su centro en Los Reyes alcanzaba a límites casi tan lejanos como los de su jerarquía religiosa y su vasto prestigio de docencia. No había transcurrido medio siglo desde su fundación por Francisco Pizarro, y ya Lima se erigía ante el mundo como capital y como símbolo de casi toda la América del Sur.

La característica más reveladora en el desarrollo cultural de aquellos años fue que en él no sólo intervinieron los directamente venidos de España, sino los de la primera generación de los nacidos en el nuevo y prestante Virreinato. En La Galatea de Miguel de Cervantes, cuya edición inicial es de 1585 pero que se hallaba terminada uno o dos años antes, las estrofas del "Canto de Calíope" prodigan sus elogios, junto a los escritores peninsulares, a los primeros poetas de América. Allí aparecen, por ejemplo, como encabezando una galería de criollos, Juan Dávalos de Ribera y Sancho de Ribera Bravo de Lagunas, hijos de los dos Nicolás de Ribera (el "Viejo" y el "Mozo") fundadores de Lima. Allí figura también Alonso Picado, hijo de Antonio Picado, secretario del Marqués Don Francisco Pizarro. Y para que no falte la presencia de Lima —que aún no había cumplido el medio siglo de fundada—, Cervantes se imagina a Sancho de Ribera, contento con su "dulce patria" y al borde del Rímac

las puras aguas de Lima gozando,
la famosa ribera, el fresco viento
con sus divinos versos alegrando.

A la obra de cronistas y poetas, y a los estudios de la Universidad, se unió también el establecimiento de la primera imprenta de toda la América del Sur, que, dirigida por Antonio Ricardo (italiano que ya había hecho impresiones en México), empezó a funcionar en 1584, con la publicación de la Doctrina cristiana y la Pragmática de los días del año. En 1563 se había ya iniciado la actividad teatral, con la representación de un Auto de la Gula en la fes­tividad de Corpus Christi; y pocos años después eran dos Alcaldes —y limeños—, Sancho de Ribera y Juan de Uroz Navarro, quienes componían piezas dramáticas sacramentales, como lo ha puesto de relieve Guillermo Lohman en recientes estudios. Si no eran así escasos los limeños que entonces escribían, mucho mayor era desde luego el número de quienes sólo gozaban y apreciaban las obras que leían; y son muchos los documentos que manifiestan un copioso comercio de libros, con librerías algunas tan famosas como la que Juan de Sarria y Miguel Méndez tenían en la calle de las Mantas, en una esquina de la Plaza Mayor.

Tan resonante actividad era tal vez un vivo estímulo para que los Virreyes —asegurada ya la calma política en la tierra— se empeñaran en reforzar con avances materiales la aureola espiritual de la ciudad. Don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, "el Limosnero", construyó un puente de cal y ladrillos para reemplazar al antiguo de madera. El Conde de Nieva —que perdiendo la vida, hizo ganar la primera anécdota sangrienta a la historia galante de Lima— inició la edificación de los portales en la Plaza Mayor. Don Francisco de Toledo, el organizador frío y magnífico, terminó los portales e hizo labrar una fuente de piedra donde antes se había levantado la picota. Dos nuevos barrios, el de San Lázaro y el Cercado, brotaron al norte y al este de la ciudad; el primero al otro lado del río, entre el Rímac y el cerro San Cristóbal, y el segundo para residencia de indígenas, rodeado de un alto muro o cerco, que fue lo que le dio el nombre. Y extremando el avance y la importancia, desde el puerto de Lima, el. Callao, partieron las expediciones de Álvaro de Mendaña, que, al descubrir las islas Salomón y Marquesas, no sólo ganó posesiones para España, sino ensanchó el mapa del mundo conocido hasta entonces.

"Para mí tengo por indicio justo —pudo decir por eso el Padre Cobo— que Dios Nuestro Señor ponía su mano con especial favor en esta fundación" (la de la Ciudad de Los Reyes, o Lima).

Del libro Lima, Tierra y Mar.

jueves, 17 de enero de 2013

Lima: LA CIUDAD DE LOS REYES



Escribe: Aurelio Miro Quesada S.

Pero, de pronto, sobre las tierras extendidas del curaca del Rímac aparecieron unos hombres extraños. Iban en unos animales vibrantes, los caballos, y avanzaban con brío, luciendo sus largas barbas negras, sus armaduras relumbrantes y sus fuertes espadas. Los primeros en llegar a la región estuvieron simplemente de paso. Eran Hernando Pizarro y sus contados compañeros, que, en enero de 1533, se dirigieron desde Cajamarca cabalgando por sierras y por llanos hasta el santuario tradicional de Pachacámac, para allegar tesoros y activar el rescate de Atahualpa, el Inca Emperador que había sido aprehendido por el conquistador Don Francisco Pizarro. El año siguiente transitaron por el valle limeño nuevas gentes: Rodrigo de Mazuelas y Francisco Martín de Alcántara, que se encaminaban hacia el Cuzco; Miguel de Rojas y Diego de Vega, que llevaban noticias de la expedición de Pedro de Alvarado; Nicolás de Ribera, el "Viejo", que se hallaba de paso a San Gallón. Los habitantes del lugar vieron de tiempo en tiempo semejantes rostros barbados y los mismos corceles arrogantes. Y sobre todo se les fue haciendo familiar la estampa de tres caballeros que, en los primeros días de un verano trascendental, recorrieron de extremo a extremo la región, siendo luego seguidos por un nutrido grupo de hombres blancos, que ya no sólo transitaron, sino que se establecieron definitivamente entre los indios.

En efecto, después de haber vencido y dado muerte a Atahualpa, último jefe del Tahuantinsuyo, el capitán Don Francisco Pizarro continuó por el largo camino de la sierra hasta llegar al Cuzco, capital del Imperio de los Incas. Allí fundó una ciudad española, distribuyó solares, e hizo crecer las nuevas construcciones sobre las pétreas sillerías incaicas. Pero aunque la ciudad imperial fue para él entonces —y siguió siéndolo oficialmente varios años— "cabeza de los Reinos y Provincias del Perú" conquistados por las armas de España, su sentido político le hizo buscar, como nueva y efectiva capital, una ciudad equidistante entre el Cuzco y el lago sagrado de Titicaca por el sur y Cajamarca y San Miguel de Piura por el norte, en una zona rica y de fácil defensa, y discretamente apartada de los antiguos centros tradicionales de los Incas.

Para ello pensó al principio en Jauja, en la sierra central. Pero luego, por uno de esos movi­mientos tan comunes en los primeros asientos españoles, que resultaban a la postre tan andariegos como sus fundadores cambió de idea y decidió buscar un sitio junto al mar. Las razones que en su apoyo alegaron los vecinos no nos parecen hoy muy valederas. Se decía que la tierra primitivamente escogida era fría, de muchas nieves y de muy poca leña, con pobres condiciones de defensa en el caso posible de una rebeldía de los indios, y tan desfa­vorecida por el clima que no se podía "criar puercos, ni yeguas, ni aves, por razón de las muchas frialdades y esterilidad de la tierra". (Pasadas las conveniencias del momento, a Jauja se le ha considerado después, por lo contrario, como un lugar de clima admirable y en el centro de un valle feracísimo, hasta el punto de dar nacimiento a la leyenda del ideal y feliz "país de Jauja".)

Los conquistadores españoles no se quedaron fijos, sin embargo, al llegar a la costa. Detenidos un tiempo en San Gallán, Pizarro volvió a sentir a poco la urgencia íntima de buscar un lugar más favorable. Se diría que, sin él suponerlo, era la voz del oráculo del Rímac la que lo estaba envolviendo en su llamado. Llegado a Pachacámac comisionó a tres de los suyos para que partieran a ver por "vista de ojos" la zona propicia de la costa donde la nueva ciudad podría fundarse, sugiriendo la comarca de Lima, que se halla "en comedio de la tierra", y que debió de haber apreciado y conocido en fecha indeterminada pero cierta. Acicateando sus cabalgaduras fueron Ruy Díaz, Juan Tello y Alonso Martín de Don Benito quienes salieron en exploración por la comarca, y opinaron a favor del "asiento del cacique de Lima", en un sitio llano y extendido, "con muy buena agua e con leña, e tierra para sementeras, cerca del puerto de la mar, e asyento ayroso, e claro, e desconbrado". El propio Pizarro, para cerciorarse, recorrió varias veces, acuciosamente, la región. Y obtenido el acuerdo general de los iniciales pobladores, se- fundó la ciudad, solemnemente, el lunes 18 de enero de 1535, firmando el acta, junto con el Gobernador Don Francisco Pizarro, el tesorero Alonso Riquelme, el veedor García de Salcedo, el comisionado especial del Cabildo Rodrigo de Mazuelas, los testigos Ruy Díaz y Juan Tello, y el escribano Domingo de la Presa.

El acta, que revela una firme y orgullosa con­fianza en la perduración de la nueva ciudad, decía textualmente (aunque no se mantenga en esta copia la ortografía de la época):

" Y después de esto, en el dicho pueblo de Lima, lunes 18 días de enero del dicho año, el señor Gobernador, en presencia de mí el dicho escribano y testigos y uso escritos, dijo que por cuanto, visto el dicho pedimento a él hecho por la Justicia y Regimiento y vecinos de la dicha ciudad de Jauja, él proveyó a los dichos Ruy Díaz y Juan Tello y Alonso Martín de Don Benito, para que viniesen, como vinieron, a ver el dicho asiento y pasear el dicho cacique de Lima, cerca de lo cual dijeron sus pareceres según que todo de suso se contiene, y que ahora él ha venido juntamente con los señores oficiales de Su Majestad, Alonso Riquelme, tesorero, y García de Salcedo, veedor, y Rodrigo Mazuelas, que fue nombrado juntamente con el dicho veedor por el dicho Regimiento para hacer lo susodicho, y ha visto y paseado ciertas veces la tierra del dicho cacique de Lima y examinado el mejor sitio; les parecen y han parecido que el dicho asiento del dicho cacique es el mejor, y junto al río de él, y contiene en sí las calidades susodichas que se requieren tener los pueblos y ciudades para que se pueblen y ennoblezcan y se perpetúen y estén bien sitiados, y porque conviene al servicio de Su Majestad y bien y sustentación y población de estos dichos sus Reinos, y conservación y conversión de los caciques e indios de ellos, y para que mejor y más presto sean industriados y reducidos al conocimiento de las cosas de nuestra santa fe católica. Por lo cual, en nombre de Sus Majestades, como su Gobernador y Capitán General de estos dichos Reinos, después de haber hallado el dicho sitio, con acuerdo y parecer de los dichos señores oficiales de Su Majestad que presentes se hallaron y del dicho Rodrigo Mazuelas, mandaba y mandó que el dicho pueblo de Jauja, y asimismo el de San Gallán, porque no está en asiento conve­niente, se pasasen al dicho asiento y sitio; por cuanto cuando el dicho pueblo de Jauja se fundó él sabía que la tierra no estaba vista, para que el dicho pueblo estuviese mejor fundado él hizo la dicha fundación de él con aditamento y condición que se pudiese mudar en otro lugar que mejor le pareciese. Y porque ahora, como dicho es, conviene que de los dichos pueblos se haga nueva fundación, acordó y determinó de-fenecer y hacer y fundar el dicho pueblo, al cual mandaba y mandó que se llame desde ahora para siempre jamás la ciudad de Los Reyes; el cual hizo en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios, sin el cual, que es principio y creador de todas las cosas y hacedor de ellas, ninguna cosa que buena sea se puede hacer ni principiar ni acabar ni permanecer; y porque el principio de cualquier pueblo o ciudad ha de ser en Dios y por Dios y en su nombre, como dicho es, conviene principiarlo en su iglesia, comenzó la fundación y traza de la dicha ciudad y de la que puso por nombre Nuestra Señora de la Asunción, cuya advocación será. En la cual, como Gobernador y Capitán General de Su Majestad de estos dichos Reinos, después de señalado plan hizo y edificó la dicha iglesia, y puso por su mano la primera piedra y los primeros maderos de ella; y en señal y tornamiento de la posesión, ven casi, que Sus Majestades tienen tomadas en estos dichos Reinos, así de la mar como de la tierra, descubierto y por descubrir. Y luego repartió los solares a los vecinos del dicho pueblo, según parecerá por la traza que de la dicha ciudad se hizo; la cual espera en Nuestro Señor y en su bendita Madre que será tan grande y tan próspera cuanto conviene, y la conservará y aumentará perpetuamente de su mano, pues es hecha y edificada para su santo servicio y para que nuestra santa fe católica sea ensalzada, aumentada y sembrada entre estas gentes bárbaras que hasta ahora han estado desviadas de su conocimiento y verdadera doc­trina y servicio, para que la guarde y conserva y libre de los peligros de sus enemigos y de los que mal y daño la quisiesen hacer. Y confío en la grandeza de Su Majestad, que, siendo informado de la funda­ción de la dicha ciudad, confirmará y aprobará la dicha población por mí y en su real nombre hecho, y le hará muchas mercedes por que sea ennoblecida y se conserve en su servicio. Y los dichos señores Gobernador y oficiales de Su Majestad lo firmaron de sus nombres, y asimismo el dicho Rodrigo Mazuelas. Testigos que fueron presentes: Ruy Díaz y Juan Tello, y Domingo de la Presa, escribano de Su Majestad. Estando en el dicho asiento y cacique de Lima.

Francisco Pizarro. — Alonso Riquelme. — García de Salcedo — Rodrigo de Mazuelas".
Se realizaron de tal modo, de acuerdo con el acta, las ceremonias rituales y acostumbradas de las fundaciones: trazo de la ciudad; elección del lugar para la plaza y en ella los asientos de la casa del Gobierno, el Cabildo y —ante todo— la Iglesia; reparto de solares entre los primeros fundadores, no por sorteo, como se estipulaba teóricamente, sino más cerca o más lejos de la plaza según el mérito o las circunstancias de cada uno; denominación de la nue­va ciudad, como para culminar la fundación y realizar en el vivo organismo que nacía la ceremonia cristiana del bautismo. Año y medio después, por carta fechada en Valladolid el 3 de noviembre de 1536, Carlos V y la Reina madre, Doña Juana, confirmaron el establecimiento así efectuado. Y el 7 de diciembre de 1537 el Emperador concedió armas a la nueva ciudad, con un "escudo en campo azul con tres coronas de oro de Reyes puestas en triángulo, y encima de ellas una estrella de oro la cual cada una de las tres puntas de la dicha estrella toque a las tres coronas, y por orla unas letras de oro que digan Upe Signum Vere Regum Est en campo colorado, y por timbre y divisa dos águilas negras de corona de oro de Reyes que se miran la una a la otra, y abracen una I y una K, que son las primeras letras de nuestros nombres propios, y encima de estas dichas letras una estrella".

¿Por qué se le puso el nombre de Ciudad de Los Reyes? Los historiadores no han podido todavía ponerse de acuerdo en tal respecto. Unos afirman que fue por los Reyes Carlos y Juana, cuyas iniciales aparecen precisamente en el escudo. Otros sostie­nen, con más razones, que por los Reyes Magos, insinuando que fue en la Epifanía, el día 6 de enero, cuando se decidió el definitivo lugar de la ciudad, recordando que hasta la Independencia el estandar­te de Lima se paseaba, con toda solemnidad, el 6de enero (o la víspera en la tarde), y poniendo tam­bién como ejemplo el escudo, en el que lucen tres coronas reales y por encima de todo una estrella, que sólo puede ser la de Belén.

Aceptemos por la emoción y por la lógica esta segunda y bella hipótesis. Al nacimiento de Lima acudieron así con sus ricos presentes los tres Reyes, que llegaron, guiados por la luz misteriosa de una estrella, para tender ante las plantas de la ciudad recién nacida el oro, la mirra y el incienso de las preseas materiales. Manteniendo su destino de síntesis, en la iniciación de la Lima española se unieron de tal modo lo celestial y lo terreno, como Melchor. Gaspar y Baltasar (el Rey blanco, el Rey "cholo" y el Rey negro) iban a ser también el símbolo del encuentro armonioso de tres razas.

De libro Lima, Tierra y Mar.

Anécdotas: EL DOCTOR Y LA MUELA


Por Gutemberg Aliaga Zegarra.
Dicen que el dolor de muela, es el más horrible de los dolores y que por las noches se agudiza con más tesón.

Anocheció Horacio Rojas con un simple dolor de una de las tantas muelas cariadas que su inocente boca albergaba. M transcurrir de las horas, el dolor se hacía insoportable, prorrumpiendo en desesperadas interjecciones de rabia.

Por unos minutos concilió el sueño y al abrir los ojos, ya había amanecido.
Tomó sus provisiones y se marchó a la provincia para que el mejor odontólogo le extrajera la "maldita" muela.

Ya en el consultorio, como por embrujo, el insoportable dolor había desaparecido.
A la pregunta indiscutible del dentista: ¿cuál de los dientes le duele?, Horacio no sabía a cuál de ellas acusar; sólo atinó a decir: ¡ésa doctorcito!, ¡ésa!

Al observar el doctor más de tres muelas enfermas, puso la anestesia y extrajo una al azar.
Canceló el servicio y retornó a Sucre.

LA cara le parecía de algodón, creía que esa noche iba a dormir como muchacho "bañao". Sin embargo, al despedirse el sol por los encrespados cerros, empezaron los hincones que lo hacían saltar y gritar como un chivato. Entre grito y grito amaneció, como se dice, "en vela".

Corrió al espejo, abrió la bocota y exclamó: ¡Allí estáaa!, ¡mamáaaa!... ¡allí está la maldiciada! ¡Hoy lo mato a ese doctor!, la muela buena lo ha sacao, la enferma está allí. ¡Hoy lo mato carajo! — gritaba por todo el corredor de la amplia casona.

Horas después, mal a su pesar, sentado en la humilde silla del "Pola", "muelero" del pueblo, vio a su carcomida muela en la palma de su mano y escuchó en tono zumbón:

—No soy Odontólogo Colegiado, pero... ¿ya ves?, te calmaré el dolor. Ahora coge tu muela y dirígete a tu casa, busca un agujero en tu pared y pídele al ratoncito que te dé una muela de oro para adornar tu tremenda trompaza.

Tomado de Avatares… y relatos al paso.

miércoles, 16 de enero de 2013

Huellas: LIMA PREHISPANICA


Por Aurelio Miro quesada S.

Pachacamac
Es muy poco, en verdad, lo que se conoce con certeza de los difusos viejos tiempos de Lima. Los relatos escritos de los conquistadores nos dan a saber, escuetamente, que era una zona extensa de agrupación de indios, especializados en faenas agrícolas, y seguramente dedicados, en las horas amables del reposo, al labrado —útil y bello al mismo tiempo— de diferente objetos de barro. Los principales productos cultivados eran el maíz, los pallares, frutos como guayabas y pacaes, y una rústica clase de algodón. Los caminos, anchos y cuidados, se hallaban sombreados por árboles, que revelaban no sólo un criterio de eficacia y de comodidad, sino un esfuerzo constante del hombre, ya que —como en la costa del Perú puede decirse que no llueve— tenían que ser regados, por medio de canales, uno a uno. "Viven de riego", decía por eso Hernando Pizarro en su comunicación a la Audiencia de Santo Domingo, suavizando sola­mente su asombro con la referencia a los ríos que bajan de la sierra.

En cuanto a los edificios, el asombro era inverso. La blandura del clima, la falta de lluvia y de tormentas, no parecían justificar unas construcciones tan sencillas. Los primeros cronistas españoles hablan de casas leves, con paredes de caña o barro, simples techos de ramas, y en general —con feliz expresión—"de poco ruido". Aunque el valle del río, de tierra fértil, y extendido en una vasta planicie hacia el mar, permitía una amplia concentración de poblado­res, el aspecto en conjunto era semirrústico. Casas desparramadas, terrenos de cultivo circundados por tapias o muros de adobe, y de trecho en trecho, poniendo una nota blanca y seca en la extensión dorada y feraz de los maizales, las moles severas de unas "huacas".

Lima tenía así un carácter campesino y, por las "huacas", un carácter místico. Construidas como cerros artificiales con pequeños adobes verticales al estilo asirio, niveladas en forma de terrazas en lo alto, a veces con muros enlucidos, y ornamentadas otras veces con dibujos geométricos como en la graciosa habitación que tanto tiempo ha durado en Maranga, las "huacas" y las edificaciones a ellas anexas tenían un sentido de santuario, de adoratorio, de lugar de enterramiento, de punto de reunión y aun, por su fortaleza, de defensa. Abatidas por el transcurso de los años, descuidadas u olvidadas por los hombres, las "huacas" eran tan comunes y se habían multiplicado tanto en el área de Lima que es ahora cuando, paradójicamente, nos venimos a dar más cuenta de ellas. Cada nuevo avance de la ciudad llega a una "huaca". Cada nueva urbanización las contornea o las incluye con deleite en su trazo.

Pero ¿quiénes eran los pobladores del asiento y del valle de Lima antes que su descubrimiento por España y su fundación como ciudad la incorporaran en el mapa de la cultura occidental? Los investigadores no nos ofrecen datos muy precisos; pero, por fortuna, no nos hacen tampoco perdernos en el difícil laberinto de unas hipótesis copiosas. Podríamos decir que desde el primer instante Lima se nos ofrece como inclinada al orden y —lo que es más simbólico, — a la síntesis.

Escalera de Piedra
en el cerro Pan de Azúcar
Valle del río Lurín
Los primeros habitantes de la región parecen haber sido pescadores, que nos han dejado su huella en las playas, en hacinamientos de conchas y cenizas, utensilios toscos, vasos negros; y sobre todo en los problemas de su conexión con países lejanos. Después vendría una etapa ya más sedentaria, con ellos mismos convertidos en agricultores, o con influencias venidas de los Andes o de las dos fuertes y remotas culturas costeñas: las llamadas por Uhle proto-Chimú y proto-Nazca (una al norte y otra al sur), de las que Lima es prácticamente equidistante. El matiz limeño en la ornamentación lo constituyen ciertos dibujos geométricos; pero entonces, y en la evolución posterior, su arte y su vida se hallan girando entre las órbitas de los dos grandes centros de cultura de la costa. Su lengua parece haber sido la mochica, y en su cerámica se unen las representaciones escultóricas características del norte y el lujo decorativo y colorista de la alfarería nazqueña del sur. Así lo revelan los muchos vasos encontrados entre las ruinas de Cajamarquilla (centro presunto de la región), que manifiestan además una imprecisa pero cierta influencia de la cultura andina de Chavín.

En Cajamarquilla (conocida también como Nievería por el nombre de la hacienda en que se halla, a unos kilómetros al este de Lima) hay así un enlace significativo de influencias. La más extraña es, sin embargo, una que viene desde tierras lejanas: de la valiosa región de Tiahuanaco, en la altiplanicie del Collao y en las cercanías del lago Titicaca. Los arqueólogos, y aun los simples observadores, reconocen rasgos inconfundibles, que algunos asignan a un estilo epigonal de Tiahuanaco, y otros denominan, con más vaguedad, "tiahuanacoides", para no asegurar derivación, sino solamente indicar relaciones.

Camino Inca en el valle del río Lurín
Esa vinculación con el remoto y creador Imperio del altiplano, por lo tanto con la raza aimara, ha dejado huellas concretas en Lima. Hay aimarismos en los toponímicos; algunos tan exactos como Chucuito, Huancané, Copacabana, y aun el nombre del puerto limeño: Callao. En las serranías de Lima hay un lugar llamado Tupe, en Yauyos, donde todavía se mantienen, aunque imperfectamente, rezagos de un idioma, el "kauki" o "ákaro", que se acostumbra considerar como un dialecto aimara, si no es más seguro interpretarlo como un arcaico protoaimara. Los investigadores no nos dicen fechas, pero nos hablan de tres inmigraciones de pueblos remotos: los collas, los huanchos y los huallas. Los primeros vendrían por los altos y ásperos senderos de Canta o de Huarochirí, y los ecos difusos de su paso podrían ser los nombres de Collata, Chaclla, Colla, Coilique, Callao. Los huanchos entrarían por la quebrada propicia del Rímac, y los lugares que a ellos aluden serían: San Mateo de Hanan-huancho, Hurin-huancho (ahora Lurigancho), Huanchipa (o Huachipa). Por último, los huallas descenderían un poco más al norte, por la quebrada de Carabayllo; y entre los hitos de su avance podríamos considerar el propio Carabayllo (o Cara-hualla), Maranca y Huadca-hualla (más tarde Huadca o Huática). Todavía, como un topónimo que vincula a dos de tales pueblos, podemos encontrar a Huancho-huallas (hoy Anchihuailas) en los terrenos de la actual hacienda Santa Clara.

¿Basta con esta vinculación de la costa y Tiahuanaco, o sea los dos grandes centros culturales de la antigua América del Sur? El destino de Lima es ser de síntesis, y para que la relación sea completa es necesario que tenga al mismo tiempo un entronque remoto con el Cuzco. Pues bien, don Carlos A. Romero sugiere que los huallas fueron los mismos que constituyeron una de las primitivas tribus cuzqueñas, expulsadas de su solar cuando Manco Cápac y sus descendientes empezaron a forjar allí el vigoroso Imperio de los Incas.

Poco a poco los asientos formados en el valle fueron creciendo y se multiplicaron. En las dos márgenes del río y en la planicie que se extiende hacia el mar se levantaron caseríos que, sin tener la continuidad y la trabazón de un centro urbano, llegaron a contar —dispersa pero laboriosa— una población de bastante importancia. Un viejo documento colonial, basado en las informaciones que proporcionaron los mismos aborígenes, llega a señalar los nombres de 22 pueblos, entre grandes y pequeños; uno de los cuales era Lima. Había además dos pesque­rías (una en el Callao y la otra por la actual playa de Chorrillos), y cuatro "tambos" o lugares de posada, entre los que se hallaban Limatambo (donde se levanta el moderno aeropuerto) y Armatambo o Irmatambo, que debía probablemente su nombre a Irma, la divinidad creadora que fue reemplazada por Pachacámac. El régulo principal no vivía en lo que es ahora la Lima propiamente dicha, sino en Chayacalca (por la actual Magdalena); y así como antes el centro de gravitación de la región se había hallado en Cajamarquilla, así entonces el punto de hegemonía, y lo que puede llamarse la sede religiosa, estuvo a unos 20 kilómetros al sur, en el santuario ceremonial de Pachacámac.

Si allí se hallaba su centro oficial, y era indudable su preponderancia espiritual sobre una vasta zona de la costa, en el valle de Lima se agrupaban poblados y cultivos, y casi una al lado de otra se levantaban las "huacas" rituales. Allí estaban —allí siguen estando en muchos casos— esos montículos, que vistos desde lejos parecen colinas naturales; y que algunas veces, como en la "huaca" Juliana o Pugliana, se extienden por trescientos metros, se elevan varias veces la altura de un hombre, y han requerido movilizar en un trabajo duro y sostenido, varios cientos de miles de metros cúbicos de tierra. Las "huacas" eran numerosas (no se sabe bien si semejantes y amigas, o rivales) y se distribuían por los cuatro puntos cardinales del valle. Pero había una especialísima, erigida en un sitio que no se ha podido precisar (Limatambo, Maranga, Huadca, o, con mayor razón, cerca del río), tal vez modesta desde el punto de vista externo y material, pero de una trascendencia espiritual extraordinaria. Era el promontorio en el que se hallaba el principal de los oráculos; el lugar donde se acudía a consultar la voz favorable o adversa del Destino; el santuario que tendía sobre este punto sencillo de la costa una especie de manto ultraterreno, de misterio y leyenda.

La voz prodigiosa del oráculo llegó, al comenzar el siglo XV, hasta los oídos atentos de un pueblo que, iniciado como núcleos políticos en el Cuzco, había alcanzado, por la decisión y la eficacia de sus Emperadores, a extenderse por una de las partes más valiosas del occidente de América del Sur. El Inca Garcilaso, el inigualable cronista cuzqueño, ha relatado cómo cuando el ejército de los Incas llegó a la costa y dominó al curaca Chuquismancu, señor de los valles del Runahuánac, Huarcu, Malla y Chilca sólo detuvo momentáneamente sus arrestos ante otro curaca que gobernaba un poco más al norte: el sereno Cuismancu, señor de Pachacámac, Rímac, Chancay y Huaman. Las fuerzas enviadas por el Inca Pachacútec, encabezadas por Cápac Yupanqui (hermano del Emperador) y por Inca Yupanqui (el hijo que debía sucederle en el Imperio), hubieran podido fácilmente vencer a Cuismancu. Tenían más armas, más recursos, una organización social más avanzada, un ímpetu vital de sin par arrogancia. Y, sin embargo, los Incas, que no se detenían ni ante el empuje de los enemigos ni ante las trabas cotidianas de una naturaleza abrupta y brava, se resolvieron a celebrar, con el indefenso curaca del Rímac, la única capitulación que se conoce en toda la historia del Tahuantinsuyo.

La palabra del Inca Garcilaso tiene, en la narración de tal suceso, una significación emocionante. El cronista nos cuenta, en una página expresiva de sus Comentarios Reales, cómo los Incas se sorprendieron ante el avance espiritual que había alcanzado, desde quién sabe qué tiempos imprecisos, el señorío de la región de Lima, que entonces se hallaba en las manos de Cuismancu. Por eso le proponen, no una rendición, sino solemne acuerdo. Cuismancu —vienen a decir— tiene debilidades materiales; y por ello los Incas, al incorporarlo dentro de su Imperio, lo educarán en las artes de su Estado, lo adiestrarán en sus leyes y costumbres, más avanzadas y más útiles. Pero en cambio los Incas le reconocen su alto valor espiritual; le refrendan el uso de recibir tributos de las zonas vecinas; se comprometen a considerar como suyo a Pachacámac, que al lado del Sol —el dios visible— es el dios invisible, creador o "hacedor del Universo"; y como un último y cordial homenaje ofrecen venerar al oráculo del Rímac y consultar su voz, hasta el punto de no emprender nuevas conquistas si antes no han recibido del oráculo una respuesta favorable.

Esta es la hermosa versión del Inca Garcilaso. Descartando lo que pueda haber en ella de imaginación y fantasía (muchos investigadores niegan la existencia de Cuismancu, y hasta se dice que el verdadero régulo del valle de Lima cuando la llegada de los Incas era el curaca Cassa-Pajsi, o según otros, Tauri-Chumpi), habrá que recordar siempre el relato como un símbolo de la armoniosa unión de la costa y de la sierra, de las civilizaciones preincaicas con el robusto Imperio de los Incas, y de la tradición espiritual, que hunde desde tan viejos tiempos sus raíces en Lima, con el desarrollo material y los nuevos conceptos sociales y políticos que desde entonces han podido venirle de fuera. En todo caso, es la singular proyección de este episodio lo que justifica, con mayor altura y con más gala, el nombre a un tiempo sugerente y eufónico de Lima. Lima es la castellanización de Rímac (pronunciándolo a la manera indígena, no con "rr" fuerte, sino con "r" débil). Y Rímac, a su vez, es el participio presente activo del verbo quechua "rímay", que significa "hablar".

Por su oráculo noble y prestigioso por el sonido cargado de misterio de su vieja voz espiritual, a Lima hay que traducirla, por lo tanto, como la ciudad "que habla".

Del libro Lima, tierra y mar.

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AURELIO MIRO QUESADA S.

Nacido en Lima, en 1907, Aurelio Miró Quesada se ha destacado en la investigación histórica y literaria, y también como cronista de viajes. Desde la cátedra universitaria y las páginas de El Comercio, diario del cual es Sub-director, este fino ensayista ha estudiado la realidad peruana a través de algunos de sus símbolos más característicos y trascendentales. Una de sus preocupaciones ha sido, como este libro lo demuestra, el ayer y el mañana de Lima, cabeza y síntesis del país.

A Miró Quesada S. se le deben libros importantes como América en el Teatro de Lope (1935), Vuelta al Mundo (1936), Costa, sierra y montaña (1938­1940), El Inca Garcilaso (1945), Lima, Ciudad de los Reyes (1946), Cervantes, Tirso y el Perú y Notas de tierra y mar (1951), obras todas de indispensable consulta para el conocimiento de nuestra patria. Aurelio Miró Quesada S. fue Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y es miembro de la Academia Peruana de la Lengua.
 
 

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